EL CORTAFUEGOS
De todos los elogios que ha recibido el Rey por parte de los medios, tras su discurso del día de Nochebuena, quiero referirme a uno por su especial significación: el del panegírico envuelto en editorial publicado por el diario El Mundo el pasado día 26 bajo el título El Rey avala la “reacción” contra la conducta “irregular” de Urdangarín.
Ya desborda entusiasmo el inicio: “La valentía del Rey de utilizar su mensaje de Nochebuena a los españoles para fijar su postura en relación al comportamiento de su yerno Iñaki Urdangarin ha sido muy bien acogida por los ciudadanos” , propio de quien es capaz de pulsar en veinticuatro horas el sentir laudatorio de la calle a favor del Monarca.
Y se mantiene más adelante resaltando lo que para el diario de Pedrojota “puede ser la frase más valiosa de su discurso[el del Rey]”: “Cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o a la ética es natural que la sociedad reaccione” ; palabras que El Mundo recibía en este sentido como espaldarazo a la línea de opinión desplegada en sus páginas desde el inicio del escándalo.
Para apuntalar más si cabe la figura del actual Jefe del Estado en medio de esta barahúnda, el editorialista carga sin contemplaciones contra los representantes de los principales partidos, quienes[ por lo visto ] a pesar de su reconocimiento a las palabras de don Juan Carlos, no han querido hacer de las mismas un examen de conciencia sobre los comportamientos habidos en sus organizaciones ante las graves irregularidades que deben afrontar en estos momentos algunos de sus miembros.
Para que no resultase excesiva la dosis de almibaración, un poco de acíbar no viene mal en el compuesto para dar el tono agridulce preciso al editorial:
“Es verdad que se pueden poner peros a las palabras de Don Juan Carlos. Tal y como hemos publicado, la Casa del Rey supo en su día de las actividades de Urdangarin y se limitó a pedirle que se apartara de ese tipo de negocios y a recomendarle que se alejara de España.[…]”
Mas, sin pasarse mucho, volviendo rápidamente a lo melifluo en una subordinada adversativa con la que vuelve a hacer de su propia opinión el sentir general de la gente, continúa el editorial:
“Pero la sensación mayoritaria tanto en la calle como en internet es que el Rey ha pasado el examen y se aplaude su coraje de dar la cara. Su referencia a la conducta ejemplar del Príncipe como garante del papel de la Corona fue un acierto realizado por la vía del contraste.[…]”
Este mismo periódico publicaba el pasado 18 de diciembre y bajo el título “La Casa Real pone aún más en evidencia a Urdangarin”, un editorial con párrafos tan contundentes como el que sigue:
“Zarzuela no ha explicado por qué cuando supo de las andanzas de Urdangarin se limitó a pedirle que abandonara España sin tan siquiera instarle a devolver el dinero público desviado a su bolsillo. El anterior jefe de la Casa del Rey, Alberto Aza, debería aclarar públicamente su proceder de entonces. Y hay otras decisiones más recientes que tampoco se entienden. Por ejemplo, la felicitación de Navidad colgada en la web en la que Iñaki Urdangarin aparece junto a la Infanta Cristina y sus hijos en las escaleras de La Zarzuela. Es posible que se trate de un error, pero tampoco sería improbable que estos pasos hacia adelante y hacia atrás -separamos al duque de la Casa, pero no mucho- se deban a las discrepancias de criterio de los distintos miembros de la Familia Real para hacer frente al caso”
La dulcificación posterior en la línea editorial parece responder a lo que ya ese mismo día 18 apuntaba el articulista Carlos Segovia en el suplemento “MERCADOS”: crear las condiciones para que alrededor de la Corona se estableciera una especie de cortafuegos que dejase a salvo a la Institución. Tras la condena moral a Urdangarín por parte del Jefe de la Casa del Rey, las mas atinadas plumas de la opinión así se apresuraron a definir la acción del Monarca, tanto con su discurso navideño como con el que dirigió a los parlamentarios españoles en el acto solemne de apertura de la X legislatura en el viejo palacio de las Cortes : un “cortafuegos”. Es decir, poner a salvo a la Institución que encarna Juan Carlos de Borbón, incluido el Príncipe heredero, dejando al yernísimo a los pies de los caballos. A tal empresa se han apresurado a sumarse todos los que parecían haberse retirado en los últimos tiempos de la obra de apuntalamiento a la Monarquía, con la Izquierda a la cabeza, y han corrido prestos con mangueras de agua a enfriar el terreno sobre el que ya llevaba lloviendo treinta años.
Tristemente, todo hay que decirlo, el mejor cortafuegos del Rey es la ensoñación de la Segunda República por parte de los que tanto tratan de escenificar lo que sólo fue el preludio del horror – si no el horror mismo- y que ha calado en el imaginario español como simbología de lo irrepetible. El antídoto contra la falta de libertades que supuso aquel régimen es la imagen de Cayo Lara envuelto en su enseña tricolor vindicando el advenimiento de la Tercera aunque invocando a la Segunda en su simbología, y suponemos que en algo más. Por si ello fuera poco, y sin que sea necesario entrar en los detalles que dejo a la reflexión del lector, hace tiempo ya que los españoles renunciaron a su soberanía, y encontraron en el armiño del Rey el cobijo ideal para el olvido de su desistimiento. Un pueblo así difícilmente puede asumir un sistema de responsabilidad como la República, aunque ello le viniese a reportar la plenitud en sus libertades políticas. Es una suerte de “Servidumbre Voluntaria” en la que los españoles viven “acomodados” sin ningún tipo de compromiso.
















