UNA CUESTIÓN DE PELOTAS, O LA PELOTA…EN EL TEJADO
Hay días en los que el subrayado de este pacto de silencio que nos hemos dado tácitamente por aquí arriba, a la hora de tratar ciertos temas (posiblemente porque para muchos de nosotros ni siquiera es ya un aprendizaje tal cosa, pues que ya en nuestra juventud nos tocó vivir entre elipsis y circunloquios), cobra especial significado, haciéndose más elocuente esa mordaza conversacional tan paralizante. Hoy, debo confesar, es uno de esos días.
Pero a estas alturas de mi vida, mientras espero con estoicismo el fatal y horripilante crecimiento de las cejas que dejarán prácticamente invisibles mis menguantes ojos, mientras llega el alargamiento ineluctable de mis pabellones auditivos para poder albergar más cómodamente el sonotone, mientras aguardo con inquietud el proceso de hipertrofia prostática que hará de mis “bajos” una vía para la zozobra permanente; y mientras, en fin, compruebo cómo día a día la curvatura de la zona dorsal de mi columna me acerca cada vez más a los cuadrúpedos; y todo esto ocurriendo, digo, que es como decir perifrásticamente que esperas a y te preparas para la vejez, esa actitud en público, tan silente, llega a ser con toda seguridad, creedme, la expresión de un auténtico manual de supervivencia en medio de una sociedad tan yerta de convicciones.
Nos queda (y lo volveré a repetir) un poco de lucidez, si acaso, y el refugio en la lectura de los clásicos, a la hora de encontrar el camino que nos conduzca a la verdad.
Dicho lo cual, he de confesaros que no llegué a ver La Pelota Vasca. Y ello, por dos razones: una, porque, como cine de ficción, el español no ocupa un lugar preferente en mis gustos, y dos, porque, en cuanto a los documentales, o al cine testimonial, que traten una parcela tan cruda como la que nos está tocando vivir, necesito la propia percepción de la realidad evitando en lo posible la contaminación inductiva.
Por tanto no voy a hablar o escribir por boca de ganso. Aunque entiendo que, tras la lectura de la nota, no se precisa haber visto previamente la película para hacer cualquier comentario sobre este escrito que a manera de llamada de socorro hace el cineasta vasco, Julio Medem [leer].
He tenido la ocasión de escuchar voces y “leer plumas” de uno y otro signo, en un sentido u otro, con más o menos elocuencia. sobre este tema que nos distrae. Particulares, asociaciones, partidos, sistemas…, han tenido ocasión de emitir ya su veredicto, agilizando una moderada polvareda en un horizonte ya de por sí excesivamente embarrado. Pero sobre todo, he leído el escrito del realizador que a manera de documento adjunto acompaña a ésta mi carta
Por ello, y a modo de resumen grosero, se trata de que un cineasta realiza un documental sobre un tema hartamente controvertido; por utilizar uno de los muchos eufemismos tan en boga, el Conflicto vasco. Y resulta que, como sucede en las corridas de toros, pero también en cualquier acción u orden en la vida con proyección o trascendencia social, ello provoca división de opiniones (y nunca tantas como). Todo tan normal, tratándose España de un país convencionalmente democrático en el que se puede criticar casi todo lo habido y por haber. El listado del “casi”, vosotros y yo sabemos, y sabe mucha gente, la tabla que lo ocupa.
Pero, por desmenuzar un poco la carta, hay en ella una parte en la que Medem dice sentirse sorprendentemente agredido por la AVT(Asociación de Víctimas del Terrorismo). Él y su película.
Una segunda referida a la gente del cine y sus posicionamientos ideológicos sobre cuestiones de rabiosa actualidad, y un último punto que el autor escribe a modo de epílogo, y que tal vez sea el más revelador.
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Tras mencionar el “no puedo más”, el realizador vasco dice en el siguiente punto: “Deliberadamente preferí no responder por escrito a la tormenta de puñales que cayó sobre mí, especialmente desde los medios de comunicación de la derecha, y me recluí frotándome el ánimo con la innumerable cantidad de mensajes de apoyo, en su mayoría privados (comprendo perfectamente tal y como pintan los tiempos, lo comprometido de apoyarme públicamente)…”
Dejando a un lado lo de “los medios de comunicación de la derecha”, frase que entiendo se comenta sola por lo que en sí misma encierra, me gustaría conocer cuál es el riesgo que se corre hoy en día por apoyar públicamente a Medem…
Supongo que es un riesgo parejo al arrostrado por toda la gente que se pronunció con el “NO A LA GUERRA” o con el “NUNCA MAIS”. No obstante el papel siempre lo aguantó todo, y la perversión del lenguaje resulta una vez más gratuita.
En el punto siguiente, Medem reconoce a las “personas que aceptaron mi planteamiento de película polifónica, con una puesta en escena destinada a invitar al diálogo…”
Intuyendo lo que el cineasta quiere expresar con lo de “película polifónica”, cabe reflexionar aquí sobre lo sorprendente que resulta el hecho de que un autor confunda sus propias pretensiones al realizar su obra, con los resultados obtenidos, los cuales siempre estarán, si no al arbitrio, sí al dictamen de espectadores y crítica. Y esto es importante resaltarlo, porque pone de manifiesto uno de los vicios más enquistados en la condición humana, que no es otro que el ejercicio incontrolado de la propia vanidad.
En cualquier caso, ¿no es obligado, no ya pensar, sino aceptar, que haya otras personas entre las víctimas, que consideren que no es precisamente el diálogo lo aplicable al caso?
Y más sobre lo mismo, en el primer punto de la página 2, cuando se dice: “…Es decir, que los miembros de AVT no son las únicas víctimas, aunque sí me parecen las más enfadadas y las más politizadas, y las que se creen con el real derecho a identificar y dar el marchamo de autenticidad al resto de las víctimas. En mi documental las hay incluso de sus mismos colores, y de otros, pero son, me atrevo a suponer, políticamente más independientes. No sé lo que pensarán los miembros de AVT, por ejemplo, de Marixabel Lasa, que tiene varios agravantes para formar parte de su coro. Por ejemplo, es la viuda de un socialista que luchó hasta su muerte por el diálogo político como vía para resolver el conflicto vasco. ¡Qué tiempos son estos en los que “DIÁLOGO” se ha convertido en una palabra maldita!…”
¿Qué se está entendiendo realmente por dialogar? ¿Todo, absolutamente todo, se arregla con el diálogo, o quizá más bien los humanos, desde una consideración empírica, arreglamos con él bien poquitas cosas de ésas en las que se pone en juego el poder, la supervivencia lato sensu , o el propio egoísmo…? ¿No se está más bien expresando algo como si fuera una verdad universal, cuando en realidad se trata de una opinión?
Recuerdo en este punto las negociaciones de Oslo de 1992 entre palestinos e israelíes.
¿Qué queda de todo aquello…?. Queda la miseria de la condición humana, queda una simple nota necrológica en el tiempo de un proceso periclitado para la historia.
En los tres puntos siguientes, Medem presenta su reconocimiento a algunas de las víctimas de los atentados de ETA, con unas “perlas” que me tomo la libertad de apuntar:
En el que se está refiriendo a Eduardo Madina, dice :”…Madina es un auténtico deportista del alma, precioso montañero de la buena fe que yo quiero poner aquí como ejemplo contra tanta atrocidad político-mediática…”
En el siguiente, y refiriéndose a Daniel Múgica, dice: “…ya que es hijo de un concejal de Unión del Pueblo Navarro. Partido que hace las veces del PP en Navarra pero que, por fortuna para mi película, está fuera de la disciplina central y, libremente, aceptó estar en la película. Recuerdo aquí que el Partido Popular se negó, yo diría que, airadamente, a que ninguno de sus miembros fueran entrevistados para el documental.”
A continuación, y en relación con Mireia Lluch: “Quiero añadir aquí el caso de otra víctima del terrorismo de ETA que participa en la película, aunque no prestando su opinión sino como coproductora. Me refiero a Mireia Lluch, que es hija de Ernest Lluch, socialista asesinado por ETA que, como Juan María Jáuregui, se declaró abiertamente a favor del diálogo…”
Bien. Es en efecto encomiable la actitud de determinadas personas que practican, en temas cruciales de su vida, el controvertido valor cristiano del “perdón”, sobre todo cuando se ejercita desde experiencias tan traumáticas.
Pero cuando el autor introduce en su escrito un testimonio favorable a sus opiniones o a sus intereses, sensu contrario, un mínimo de elegancia parece obligado para encajar con cintura los criterios no convergentes, haciéndolos resaltar tan expresa y prolijamente como los anteriores.
Hay un punto, el que hace el nº 8, que es abundamiento de lo que acabo de decir, cuando el autor se está refiriendo a Gotzone Mora e Iñaki Ezkerra. Y con un poco de perspicacia lo entenderéis. Pero además, cuando dice que se han cebado contra su persona [las víctimas], contaminando su imagen, para luego decir que “…mi dignidad me ha hecho establecer un código de respeto a favor de ellos, que dice que mientras una persona esté amenazada de muerte por pensar de una determinada manera, y, aunque piense de forma radicalmente distinta, no me siento capacitado éticamente para criticarle.”
¿En qué quedamos? ¿Es que no les está ya criticando a lo largo de todo su escrito realmente? Y además, ¿cómo deberíamos calificar en este contexto el hecho de omitir la condición de víctima de Gotzone Mora, por ejemplo?
En el punto 11 Julio Medem dice entre otras cosas lo siguiente:
“…alguien que les quiera de verdad debería ocuparse de ir rebajándoles las llamas del odio y el resentimiento, para evitar que su almas, corazones y mentes se perviertan irreversiblemente. Pero me temo que la gente que les rodea, o está ya muy envenenada, o son los auténticos marcadores y guardianes de esas consignas unionistas, patrióticas con las que esta España refranquista se vuelve a sentir Grande.
Vuelve el autor del escrito, yo creo que en un ejercicio incontrolado de preterición, a cargar contra las víctimas de forma, una vez más insultante; contra todas ellas y contra más gente, al referirse a la “España refranquista”. El subconsciente parece volver a traicionar una vez más al realizador, y el ejercicio de una pluma quizá demasiado ansiosa y apresurada siempre termina por delatarnos, sin que la harina logre enmascarar aquello que por todos los medios pretendimos ocultar.
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La parte que el autor de la carta S.O.S. dedica en realidad a determinados comentarios sobre el mundo del cine en España y su postura no sé si únicamente testimonial sobre cuestiones de índole corporativamente ideológicas, merecerían de una acotación mucho más extensa. Pero citaré un detalle de Pío Moa, a modo de muestra, por si a lo mejor, y en otro momento, comentamos algo jugoso. Por supuesto que lo hago mío:
“Yo, cuando hay una película española [le habla a Pío Moa un taxista], no voy a verla. ¿Y sabe usted por qué? Porque casi siempre es lo mismo: puterío barato con un argumento idiota. Hace algún tiempo oí a Alfredo Landa decir que en el cine español que se hace ahora no hay talento, y, oiga, tiene toda la razón. Si quiero ver pornografía, veo pornografía, pero si encima la pornografía te viene con pretensiones de no sé qué, sociales, ya sabe, toda esa mierda, pues ya me dirá usted”.
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Alguien ha dicho que “La Pelota” era un remedo de “La batalla de Argel” (1966).
Vi la película en Bilbao allá por el 79 o el 80. Y leí sobre ella que las aclamaciones en los cines tras la proyección se debían a la habilidad de Pontecorvo para atemperar, para equilibrar las posturas encontradas en el conflicto: “le cambio mi bolsa de explosivos por sus cañones”, le dice el capturado jefe activista del FLN al general francés. Parábola inmisericorde de la guerra, la subversión y el terror, en desgarradora mesura.
Pero esa armonía, en un cine de estas características, sólo viene acompañada de la genialidad. Y es entonces cuando una película se convierte en intemporal porque su mensaje reverdece con el tiempo, transformándose así en obra maestra.
Y tratándose de cine comprometido, dos apuntes obligados:
Uno, el referido a las vicisitudes, o más bien el calvario, de la directora de cine ya desaparecida, Pilar Miró, al rodar en 1979 “El crimen de Cuenca”. Y recordar su valentía para abordar un proyecto tan arriesgado, por el tema en el que entraba: un falso testimonio por el que unos hombres son acusados de un crimen que nunca se cometió, centrándose sobre todo en lo que la Guardia Civil hace para lograr la confesión de estos dos hombres, incluyendo unas escenas de torturas de lo más violento que jamás se halla rodado en nuestro cine.
Y constatar después la entereza, y por qué no decirlo, hasta la elegancia (¿dónde estás?), de las que hizo gala la cineasta madrileña, a la hora de hacer frente a los problemas en los que se vio inmersa su película ya durante su rodaje y antes de su estreno: desde la crítica, al enfrentamiento con la Guardia Civil; desde broncas en el Parlamento, hasta el procesamiento militar de su directora.
Entiendo (corregidme si me equivoco) que no es éste precisamente el caso de Julio Medem, en verdad, filmando, estrenando y escribiendo, dígase lo que se diga, desde una confortable retaguardia. Los riesgos entonces eran otros. O para ser más exactos, había riesgos. Los riesgos en este caso que nos ocupa se miden por alguna o muchas columnas en los medios que lo desaprueban y por algunas pancartas o pegatinas antes de la entrega de los Goya, siempre, y en todo caso, en el terreno de la palabra y el testimonio.
Pilar Miró, sin embargo, creo que habló poco, escribió menos, y posteriormente la historia la juzgó con alturas y la ungió con la excelencia, quizá porque allí había talento.
Dos, siguiendo con cine comprometido, mención especial asimismo a “Senderos de gloria” (1957), paradigma del cine antibelicista por antonomasia, en una Europa (con la “libérrima” Francia a la cabeza, donde no se estrenó hasta 1972) que en su momento la proscribió:
«Naturalmente, tendrán que morir muchos (…). Es un precio terrible, pero toda Francia depende de usted», le dice el general francés al coronel Dax (Kirk Douglas) en su visita a la trinchera. «No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista (…) El patriotismo es el último refugio de los canallas».
¿Necesita Kubrick de algún manifiesto para explicar qué pretendía con su película? ¿Hubo algún reproche públicamente manifestado por el veto de Francia, y demás, a su película? ¿Hubo quizá algún escrito voluntarioso de su autor para explicar al gran público cuál era la síntesis ideológica de la película?
No he leído ninguno de él, de Pontecorvo, de Trumbo (“Johny cogió su fusil”), por referirme a las más significativas en cuanto a los temas causantes de controversias en su tiempo.
El creador cinematográfico deja esta retórica para otros. Él dispone ya de guión y cámara como vehículos para la estética, la remoción de los sentimientos y el movimiento a la reflexión.
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Por último, y ya para terminar, la carta termina con un punto en el que Medem se lamenta por haber sido ya condenado [por la AVT], y se recrea en la ovación recibida en el último Festival de Cine de San Sebastián y en el abrazo de Daniel Múgica.
No es la autocomplacencia una buena consejera para la superación en la vida, ni es el refugio en el halago compañero idóneo de viaje para alguien que quiere hacer del arte su proyecto de vida. Más bien convendremos que resultan siempre necesarias grandes dosis de autocrítica, cantidades importantes de humildad y buenas medidas de largueza.
¿Qué nos queda?

