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Se ha puesto ahora, digamos, como de moda, y siempre por ese designio atávico de imitarse unos a otros que tienen los primates, el que los abuelos salgan a pasear a los nietos con sus cochecitos en las horas en que los hijos cumplen con sus obligaciones laborales.

Cada día que pasa vas viendo más viejos por los paseos de las ciudades con esos carricoches infantiles de ahora que hasta llevan servodirección y frenos shimano, y vienen a ser, más que la simbología de lo futurible que pretenden, el muestrario rodante y paradójico de auge y decadencia, de flujo ilusorio y melancolía.

¿O tal vez no?

Es una labor ésta para los mayores (palabreja que, junto con la inexpresiva de tercera edad, es uno de los eufemismos del politiqués que sustituye a la mucho más ajustada, aunque socialmente repudiable de anciano) que tiene un carácter obligacional: Hoy en día tienen que trabajar los dos, y además, como según cierto piafar mediático, se está invirtiendo la tendencia progenitora, pues que resulta que hay que tener ahora “más de dos y menos de cinco”, que si no el sistema no se sostiene y la seguridad social quiebra y tú no cobrarás la pensión…; y toda esa suerte de frases que me niego a calificar, porque para eso, que lo haga cada uno y tal.

Queda pues, como muy bien, trabajar ambos, ya digo, y encima pues tener hijos. Entonces, un suponer, vamos y recurrimos al jubileta, que por su condición y edad ha descendido en el organigrama y ocupa ahora un puesto auxiliar: “no te preocupes, hija, que para los niños ya estamos nosotros, faltaría más; que tu padre es lo que tiene que hacer…total sólo hace estorbar en casa; pues que salga…”

Puesto auxiliar, repito, auxiliar de hogar, medio estorbo ocupacional, deambulante asíncrono y sin rumbo, y visitador inerrante de obras urbanas en ejecución.

No es como los de antes, en pleno patriarcado de familia cristiana y todo eso, donde el hombre no perdía categoría hasta su muerte, y no tenía necesidad de ocuparse de nada, sólo de matar el tiempo con el periódico y las interminables partidas de cartas o dominó.

¡Ay, los hombres de antes, los viejos de antes! Ganaban mucho menos y vivían mucho mejor. Eran viejos de oro; en la autoridad, en la veneración, en la tranquilidad y en la servidumbre.

Ahora la jubilación es una dura travesía del desierto, un banderín de enganche para el cobro de la pensión y una fábrica de bultos informes para la ruptura del equilibrio en el hogar.

Pero cuando los hijos tienen descendencia, esta especie de abuelaje integral como que nos redime de esa condición infame (que eso nos creemos, vaya), nos rescata del papel de meros agentes de recaudación pasiva, y nos devuelve a una dignísima posición de conductores del futuro generacional.

Pero, ¡ay!, es como que, no sé, que no terminan de creerse la cosa; que lo de pasar de descolgar el teléfono y dar órdenes a todo dios, a la cuasirreconocida socialmente aunque íntimamente degradante de conductor de jané, como que no termina de encajarles.

Por eso los ves con la ambivalencia en el semblante, y cuando te cruzas con ellos, que los conociste mandando en el despacho, pues que demudan el semblante y hasta humillan con esa resignación que sólo la edad impone.

¡Ay, el contrato social, la dictadura familiar, la infelicidad al final!

Pero, claro, y repito, la niña tiene que tener hijos. De hecho los tiene; y llega y te los muestra, muy henchida ella de todo, que así queda el asunto como una cordada de generaciones que te hace trascendente, eterno; y tú a su vez le concedes la categoría de madre después de haberlo sido. Son esas miradas de complicidad, ese lenguaje gestual, esa tiesura y ese meleneo, que te están también indicando que ella ya ha cumplido contigo; aunque en realidad con quien ha cumplido sin saberlo es con los genes.

Luego, tras la dictadura genética, el contrato social marca que se le muestre el producto al vecindaje; que así el conjunto adquiere relevancia, que tú adquieres relevancia y proyección social en el último tercio de tu vida…

Lo que haría falta saber es para qué hay que tener “más de tres y menos de cinco”. O, sin más, para qué hay que tener tan siquiera uno.

Yo me lo pregunté hace tiempo.

Recuerdo, cuando inicias el vórtice de los treinta, que en el hombre de mi generación era la plenitud, el auténtico Rubicón de la vida, los parámetros vitales sólidos y la caza furtiva a tope, que llegaba el momento en que ya no estabas con tus padres, y buscabas, sin reflexionar demasiado, más que un sitio donde vivir, un modo de vivir; cuando ibas recibiendo a la vez que los estímulos de la urgencia sexual, cierta necesidad de compañía entre la sancionadora mirada del gentío.

No había (¿hay?) planteamiento serio sobre los hijos. Porque no puede haberlo. Porque la Naturaleza te coloca el instinto para el apareo y una suerte de rara sensación de belleza creadora…sin más…

Es que…con lo bonitos que son…

Acabas de firmar un cheque contra tu propio bienestar y a favor del desarrollo insostenible.