BLOG DE VEIGA DO CANTO

A RUMBO DE COLISIÓN

Archive for the month “septiembre, 2004”

LO INVERTEBRADO

 

Cuando estéis hartos del diario reproche de la compañía (él, ella, lo ); cuando os canséis de la habitual e incisiva advertencia de los hijos, que, ya mayores, han terminado por anidar definitivamente en vuestra casa; cuando os resulten casi insoportables las continuas correcciones que os hagan vuestros padres, ignorando que ya sois algo maduritos. O pura y simplemente, cuando no podáis escuchar ni un minuto más las vacuidades del vecindaje cada vez que os encontráis con la fauna en la escalera…

Pues que eso; que rescatéis un par de horas de ocio, como dos o tres días a la semana, y os larguéis a caminar por el campo, a buen ritmo, con cierta ligereza.

Notaréis cómo el ejercicio físico aligera de espesura el pensamiento haciéndolo extraordinariamente fluido; cómo exploráis así vuestro disco duro con una gran profundidad de campo; cómo de esta manera se esquematiza volitivamente vuestro intelecto. Cómo ello os permite acercaros con nitidez y de forma inmejorable a la resolución de vuestros problemas, o dar certeza a vuestras vacilaciones. Y cómo además de todo ello os podéis permitir el lujazo de contemplar el entorno, sin que esta simultaneidad os deje obtusa la mente; más al contrario, que os ayudará a blanqueárosla proporcionándoos una agradable sensación de relax.

Una vez fuera de casa, y ya en esta época, adelantas más que presientes cierta frescura en la nona del tardoestío, deseando ya la llegada del otoño con sus tonalidades cálidas y decadentes; sus oblicuas luces de somnolencia y sus colores de madura languidez, y percibes ya con alivio, al iniciar el camino, una cierta ralentización en la fenomenología urbana y una menor estridencia en el bestiario general.

Mientras te vas llenando de campo, de naturaleza, descubres de repente una sintonía crepuscular que los colores van adquiriendo en este tiempo. Cerca de la costa, grises medios, tan serenos, que la mar hurta a la claridad ya casi otoñal, armonizan en el litoral con los tonos suaves y atemperados que cubren la campiña. En pleno receso ya los ardores de la canícula, caminas sin agobios huido de la mordedura del asfalto, jalonado entre la pincelada púrpura de la zarzamora y los ocres dulzones y sugerentes de las madreselvas; entre la salpicadura violácea de los brezales y el gualda cantarino del tojal. Te asomas luego al balcón cortante de la punta Galea. Recibes entonces la agradable invasión de salitre y algas envuelta en el rumor del oleaje.

Ves cómo van regresando ya algunos pesqueros en el inminente ocaso, pesqueros del día que abren espuma en festones sobre la roda, mientras enfilan la ya parpadeante baliza de Santurce, agobiados por un bando de voraces gaviotas suspendidas sobre el borboteo del codaste en plana marcha. Y ves también un velero hinchado de trapo hendiendo los rizos del agua, presto a rendir tal vez una de las últimas singladuras del año, mientras vislumbra la quietud estacional de los pantalanes deportivos de Getxo…

Regodeo de jarcias y velamen en el rumbo seguro a puerto…

Y puestos a pensar, por qué detener lo que espaciosamente me llega sobre este viejo país por el que lucharon y hasta murieron no hace tanto tiempo mis antepasados, y los de algunos de vosotros, y al que ya casi no sabes si perteneces porque de tanto ser innombrable pues como que ya se piensa que no existe . O sí existe pero no se nombra. Elipsis ramplona cuando ya ni sabes dónde estás, adonde perteneces…Aunque crees pertenecer aún a lo innombrable, o a la innombrable.

Viejo país perseguido por una suerte de fatalidad histórica; viejo y cansado país, agotado en desastres desde Lepanto, “aquélla, la más alta ocasión que vieron los siglos”…

Viejo país, perdiendo siempre con heroísmo en las grandes citas posteriores a la derrota del turco; “honra sin barcos” en Trafalgar; aunque ni honra ni barcos en “La Invencible”. Acogotado tras su imperio, y humillado en Marruecos; debilitado entre la arrogancia del norte transpirenaico, y la inquietante rivalidad del sur, y sin otra cobertura, como casi siempre, que la de su propio pueblo…”Qué buen vasallo si hubiese buen señor”…

Viejo país, cuyo papel activo en Europa se había acabado con las guerras napoleónicas. Los antecedentes y resultados de tales guerras dejaron en el ánimo de su pueblo un surco profundo de amargura y rencor. Del imperio francés, este viejo país recibió la criminal agresión contra su independencia. Siguió una guerra atroz que lo dejó sumido en la pobreza y la anarquía por medio siglo. Más tarde la Francia legitimista hizo en él la intervención de 1823 para restaurar el despotismo. El sentimiento liberal, agraviado por la política de Chateaubriand y el patriotismo, inflamado por el recuerdo de las depredaciones napoleónicas, coincidieron en mantener durante todo el siglo XIX la significación antifrancesa de la fiesta del dos de mayo (insurrección de Madrid contra Murat)…”

Queda ese dos de mayo mismo en el recuerdo; queda todo, al norte y al sur, subsumido en terciadas alianzas y abrazos de aparcería. Queda, en la claudicación la afrenta y la melancolía; pues que al fin, aún seguimos vivos, vida mía…

No sé muy bien ahora el destino que le aguarda a este viejo país de nombre, como digo, proscrito hace tiempo ya en el vocabulario coloquial y oficial, cuya sociedad busca, sin encontrarlo, desde hace casi siglo y medio- como bien decía el Presidente Azaña, al reflexionar sobre las causas que dieron origen a nuestra última guerra fratricida- el asentamiento durable de sus instituciones. Es la manifestación aguda- y cito textualmente-, muy dolorosa de una enfermedad crónica del cuerpo español. Las guerras civiles, pronunciamientos, destronamientos y restauraciones, reveladores de un desequilibrio interno, enseñan que los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado dentro del cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo.

Tengo presente, asimismo, con parecido diagnóstico el discurso de renuncia del rey Amadeo I ante las Cortes:

Dos años largos hace que ciño la Corona de España, y España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el

primero en combatirlos, pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetran los males de la nación, son españoles. Todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.

Lo he buscado ávidamente dentro de la ley, y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla.

Estas son, señores diputados, las razones que me mueven a devolver a la nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo renuncia de ella por mí, por mis hijos y sucesores.

Palacio de Madrid, 11 de febrero de 1873

Merced al apoyo del sector progresista de las Cortes, Amadeo I fue elegido rey el 16 de noviembre de 1870, y aceptada por él formalmente la Corona, juró la Constitución en Madrid el 2 de enero de 1871.La subida del nuevo rey al trono coincidió con el asesinato de Juan Prim, su principal valedor. A partir de entonces, Amadeo, tuvo que enfrentarse a situaciones difíciles, con una vida política española que carecía de estabilidad; con conspiraciones republicanas y borbónicas; levantamientos carlistas; separatismo en Cuba; disputas dentro de un mismo partido; fugaces gobiernos; atentados…

Sólo contó con el apoyo del partido progresista, cuyos jefes se sucedieron en el gobierno y obtuvieron la mayoría parlamentaria gracias al fraude electoral. Los progresistas se escindieron en constitucionales y radicales, con lo que la inestabilidad aumentó, y en 1872 las actuaciones violentas llegaron al límite. Los carlistas se levantaron en las regiones del norte y catalana, y a partir de ese momento las insurrecciones republicanas tuvieron lugar sucesivamente en varias ciudades.

Ante la imposibilidad de seguir gobernando sin ningún tipo de apoyo, decidió dimitir, anunciando su abdicación a la Corona española en

El detonante que puso fin a la dinastía Saboyana fue el verse obligado a firmar la disolución del cuerpo de artillero. Así, y después de haber vivido un reinado de muchas tensiones, el rey firmaba su acta de abdicación el 11 de febrero de 1873. Ese mismo día, sobre las diez de la noche, se proclamó la república y Amadeo I se dirigió por última vez a las Cortes españolas en donde calificó a los españoles de ingobernables.

 

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