EL CUERVO Y LA ZORRA
El anunciado viaje de Aznar al antiguo Sahara español, adonde nunca llegó a ir mientras fue Presidente del Gobierno, no es más que el rumiar de un fracaso político por no haber logrado salir airoso en la faena de su retirada, cuando, si hubiese sabido- o querido- por un lado administrar fielmente el contrato con sus electores, a los que defraudó al prometerles una regeneración de la vida política española tras catorce años de felipismo, y por otro, hacer la pedagogía necesaria ante la pretendida bondad de sus trascendentales decisiones en política exterior, habría conseguido salir por la puerta grande y, ya de paso, la catarsis para sus dos grandes complejos: ser bajito y de derechas.
Al complejo de bajito tuve ya ocasión de referirme en una anterior carta, con aquellas dos imágenes que contribuyeron – por qué no decirlo – a que perdiese las últimas elecciones- no olvidemos que él era el auténtico candidato, no Rajoy, un candidato al Olimpo- : las patas sobre la mesa tratando de adquirir una estatura que no tiene, y el reto que les lanzó a sus dversarios en un mitin para que comprobasen sus auténticas medidas.
Su continuo planear en vuelo bajo sobre un hipotético centro político que nunca existió, entregándose en cuerpo y alma a la sanción del grupo PRISA, que al final le dio la espalda, resultó un auténtico fiasco, como digo, para los millones de electores españoles de tendencia liberal-conservadora que vieron defraudadas las esperanzas puestas en el líder que había prometido para España un cambio que jamás llegaron a ver: el PP en el poder indultó a delincuentes felipistas del GAL, terminó de clavar el ataúd de Montesquieu dándole la puntilla a la independencia de la justicia, al consagrar la Ley socialista 6/1985 del Poder Judicial, y, tras las lisonjas en aquella boda escurialense, entregó en bandeja de plata a Polanco el monopolio de la comunicación haciendo el papel del cuervo en la insigne fábula de Samaniego:
Abrió su negro pico, dejó caer el queso;
el muy astuto zorro, después de haberlo preso,
le dijo: “Señor bobo, pues sin otro alimento,
quedáis con alabanzas tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas mientras yo como el queso”.
Quien oye aduladores,
nunca espere otro premio.

