BLOG DE VEIGA DO CANTO

A RUMBO DE COLISIÓN

Archive for the month “noviembre, 2005”

NUESTRO OTOÑO, EL MÍO

No otra cosa que el intento de superación de la angustia que nos asalta con frecuencia ante lo inevitable, es lo que hace que respondamos “estupendamente”, cuando el común nos pregunta que cómo va la cosa. Sembramos así la duda ante el vecindaje en medio de su propia incredulidad, y cubrimos de esa manera un flanco que resultaría demasiado vulnerable ante una respuesta contraria. Así aparentamos una felicidad de la que nadie goza, elevando tal mentira a la categoría de pandemia intelectual, e ignorando – o más bien deseando ignorar- que el fin para el que el hombre fue diseñado en absoluto precisa de la felicidad como función estable del ánimo.

Eso que algunos- o más bien todos – llaman felicidad sólo existe en forma de “crestas” dentro de esa línea en diente de sierra que es nuestra vida, y en la que el gozo se alterna con el dolor que casi siempre termina por superarlo. Cuando llegas al culmen de la satisfacción, ésta siempre es breve, renacen nuevos deseos que, por insatisfechos, hacen que la cadena de infelicidad se perpetúe. Saltar de una “cresta” a otra a fin de prolongar la dicha suele lograrse a veces, aunque casi siempre agrava el infortunio cuando al fin te desplomas de nuevo al “valle” de los sinsabores.

La felicidad- o el goce-, definida ya desde Schopenhauer como el cese temporal del deseo, o como la liberación del dolor y la superación de la necesidad, no tarda en transformarse en aburrimiento para el resurgir inevitable del nuevo deseo de bienestar. La vida así, nuestra vida, no es otra cosa que un eterno oscilar entre deseo y hastío; lo que en definitiva tan sólo puede devenir en dolor.

Tras la añagaza de la Naturaleza mientras somos jóvenes, mientras copulamos, dando de esta manera sentido a nuestro anhelo más vehemente y en el que concentramos toda nuestra voluntad, y mientras, como consecuencia, engendramos para cumplir así fielmente el inexorable mandato genético, aquella nuestra Madre no sólo nos abandona a nuestra suerte en medio del deterioro físico, que en nuestro cuerpo es indicador de que el cumplimiento de nuestra misión ha tocado a su fin, sino que termina además por restar en nosotros ya toda posibilidad hacia el placer; pues hasta aquél que como último permanece cuando ya todos los demás nos han abandonado- el comer- termina por sembrar también de privaciones nuestro frágil ocaso.

No cejamos sin embargo en la ensoñación de creernos siempre jóvenes, pues como le ocurría a Dorian Grey, sólo en los demás vemos el occidente de la vida, lo que por otra parte nos ayuda a sobrellevar la pesadez de esta carga consolidada de sinsentidos, y para la que a duras penas logramos encontrar remansos de alivio en nuestro camino.

Ay este rilar del decadente otoño por tiempo de castañar y ánimas, entre sugerencias de evocación, grises húmedos, olor a musgo y aires de cementerio. Rilar de la frágil ilusión, que por San Martín se tiñe en ocres y se adereza en matanzas, atenuando con plétora fugaz arribadas imparables de nostalgia. Rilar del viajero que con Caronte alcanza el Hades de la nada; porque anhelar la eternidad sabiéndose mortal es un absurdo; soñar con el Valle de Josafat, una celada.

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