DESPUÉS DE LA TRAGEDIA
Era mucho pedir que hallándose en manos de políticos profesionales, trascendiera el asunto a ese carácter siempre interesado, partidista, que hace inútil cualquier tipo de iniciativa de investigación, a pesar de que en este caso estuviesen en juego las razones por las que 192 compatriotas nuestros resultaron hechos jirones entre la chatarra de unos trenes que volaron por los aires. El respeto a los muertos, de fuerte raigambre española, merecía una altura de miras de la que carecen estos mercenarios que componen la llamada “comisión parlamentaria de investigación” por los sucesos del 11-M. De ellos (y me mojo), de todos, sólo cabía en el devenir lo que ha resultado ser: una gran farsa.
Por ello, y aunque no me ha cogido de sorpresa, como supongo que a la gran mayoría social española,(a todos vosotros estoy seguro) me gustaría resaltar además(y quiero decir que eso lo haré siempre) la estulticia intelectual de sus señorías; la que, unida a su proverbial ignorancia en estas artes, deja al descubierto más si cabe, como digo, las nulas ganas de esclarecimiento que poseen, sobre todo, los componentes que en esa comisión representan a los dos grandes partidos españoles: unos, porque dejaría al descubierto el flanco debilitador de su triunfo electoral; otros, acomplejados sempiternos, hasta del declive del imperio español, pero sobre todo, del resultado de la guerra civil, de los treinta y seis años de
dictadura, del fiasco de la reforma política, y en definitiva, de lo más rancio del carácter de este viejo país.
Por eso unos y otros han hecho bueno el viejo aforismo ibérico de “las comisiones son como las putas, que están todo el día jodiendo y nunca paren”. O, también, “si quieres que algo no se aclare nunca, nombra una comisión”.
Pero, por referirnos a las singularidades más “granadas”, algo parecido a un insulto a la inteligencia es lo que suponen ciertas conclusiones vertidas por el “jurista” Emilio Olavarria (u Olabarria, ambas sin tilde) (“Oiga; pero es que es el perro el que se come el marrón”, le dice al guía canino. “Hombre; pero es que el que olfatea es el perro, no yo”, le espeta el policía…Risa floja en el parlamentario del PNV). Pasando por el original recurso a la perspicacia del diputado Gaspar Llamazares en el mismo contexto (“Oiga, ¿Y cómo se llama el perro?”). Y terminando por esa especie de vacuidad prestidigitadora que adorna a los jefes de los espías…De los espías españoles…
Permitiéndoseme la digresión, como sabéis, este servicio lo creó originariamente el almirante Carrero Blanco. Se llamaba entonces “Servicios de información de Presidencia”…Parece que in illo tempore se informaban de casi todo menos de que el comando Txikia de ETA estaba construyendo un túnel en la calle Claudio Coello de Madrid, llenando el mismo de dinamita y cableando media calle Diego de León para hacer volar por los aires al jefe supremo de los propios espías…Más tarde, en el 75, lucieron de la misma pericia al pasárseles por alto las intenciones de Hassan II y su “marcha verde”. Y qué decir de lo atentos que estuvieron con lo de Tejero y compañía (¿o sí estuvieron atentos?). Si dejáramos a un lado (que no lo haremos) a Calderón, Manglano y Perote, diríamos o mejor decimos que tal día prácticamente como ayer, cuando los mandaba el tal Dezcallar que era experto en temas del Magreb, por lo visto, y gozaba curiosamente de la confianza de los dos grandes partidos estatales, se les coló el asunto de Perejil…Y qué decir, en fin, de lo del 11-m…Aunque aquí cabría reflexionar…y mucho…
Pero sigamos, sigamos con la necedad del actual director de la guardia civil que dice haber firmado un informe que le pusieron delante sin saber si decía la verdad; o continuando con la ligereza del anterior, que dice se enteró por la prensa de la existencia de los confidentes. O, cómo no, el fascistoide alarde del jefe de la UCO, quien refiriéndose a Zouhier dice “Está perdido…Su vida corre peligro…Tiene que cuidarse muy mucho porque será objeto de las iras de aquellos a los que vendió”.
Tal velada amenaza al más puro estilo siciliano, unida a la opacidad que para el conjunto de ciudadanos españoles siempre han tenido las amasadas urdidas en los arcanos del Estado, nos persuade, por un lado, de que nos hallamos todavía ante ciertas arquitecturas del Antiguo Régimen, arteramente puestas a salvo por las últimas Cortes franquistas con la Reforma Política y la sardónica máscara de la Monarquía
Parlamentaria, y en las que persisten viejos e intemporales “aparatos”; viejos estilos, viejas “artes”, antiguas y nuevas corrupciones; piélagos cenagosos en los que sobrenadan, cobran, envejecen y se jubilan sus señorías. Por otro, la sospecha de que quizá algunos vivían perversos en el placer de la anticipación, conociendo el previsible final hacia la tragedia.
La sensación, en definitiva, de que en el barco del Estado las órdenes del gobernalle desde el puente de mando se difieren torticeramente, canallamente, en el servomotor, en las sentinas, para que el timón obligue a la nave a salirse de la derrota prevista, cobra cada día más fuerza.
El condestable Duguesclin, en medio de la personal disputa entre Enrique de Trastamara y Pedro I el Cruel, dejó aquella frase para la historia: ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor.
¡Pobres víctimas!, ¡pobres familias!, ¡pobres de nosotros…de todos nosotros!
¿Quedaba algo por ahí…o ya no?
