Se han ocupado los medios bastante de la intervención de Rajoy el otro día en el programa televisivo “TENGO UNA PREGUNTA PARA USTED, PRESIDENTE”, por aquello de que si la cuota de pantalla había sido mayor que la obtenida anteriormente por el Jefe del Gobierno.
He de decir que no vi en su momento el programa dedicado a Zapatero, y sí prácticamente al completo el del Jefe de la Oposición. Pude al menos sonreír por el conocimiento que ZP tiene de lo que vale un café, y me enteré en directo con la misma sonrisa de que el católico y practicante Rajoy se manifiesta dispuesto a acudir a la boda de un hijo gay. Dicho esto, no resulta comprensible que el Presidente del Gobierno no sepa a estas alturas el precio de un cortado en el bar de la esquina, si es que el jefe de gobierno en cuestión está de verdad en este mundo. Ahora, lo que ya resulta imperdonable es que, desconociendo el dato, se arriesgue de forma imprudente a decir que cuesta ochenta céntimos, sabiendo que en su desconocimiento, de todas las respuestas posibles para un político, ésa era la única que le iba a conducir al error, poniéndolo en ridículo.
Rajoy en cambio- ya con la lección aprendida- apuntó “cintura” cuando una funcionaria del Estado le preguntó si sabía lo que ganaba un auxiliar administrativo en la administración pública. Y como en dos preguntas anteriores sendas titulares de pensiones de viudedad le habían confesado el importe de sus pensiones, le respondió a la funcionaria en cuestión: “pues seguramente que gana usted más que esas dos señoras viudas juntas”. Y acertó, aunque lo de menos fue que a la siguiente repregunta sobre el asunto manifestara no saber cuál era el importe exacto. Y es que, así como el precio del “cafelito “no es nada confidencial, y “rascarse” los bolsillos de vez en cuando suele ser un buen recurso para la memoria, la nómina de cada cual no aparece en el tablón de anuncios, y no estaría bien que el sueldo del vecino e incluso del subordinado fuese de dominio público, ni tan siquiera privado, y hurgar en uno de los secretos que mejor guardan los españoles parecería cosa como de “patio de monipodio”. Anécdotas al margen, a don Mariano le tocaron, además de lo dicho, los temas esperados: la guerra de Iraq, el Prestige, las manifestaciones callejeras del PP, el terrorismo, el estatuto catalán, la vivienda, los menguados sueldos, la sanidad, los matrimonios gay, la ley electoral, la inmigración…
Estuvo lúcido en materia de terrorismo y en relación con el Estatuto Catalán; sobre todo en este último tema, cuando dijo que, por ejemplo, un gallego- él lo es- puede abrir hoy una tienda en Copenhague y poner el rótulo de la misma en gallego; en Cataluña, no puede ponerlo ni siquiera en español. Demoledor.
En relación con el Prestige- en realidad le preguntaron si se acordaba de lo de los “hilillos de plastilina”- , tal asunto no se puede despachar reconociendo “algunos errores” del anterior gobierno. Pase- que no pasa- que él, que confesó a un preguntador haber estudiado derecho, no supiera lo que era la mar- y eso que habiendo confesado que nació en Santiago , veranea en Pontevedra-; no supiera tampoco lo que es un hidrocarburo ni cómo se comporta éste en contacto con el agua; no supiera en definitiva lo que es un barco. Pero es que en el Gobierno en aquellas fechas, de responsable de Fomento había un ingeniero, y en el mismo ministerio, capitanes marítimos, prácticos de puerto, oceanógrafos, biólogos, ingenieros navales, y demás artistas. Y entre todos ellos, además de pasarle a él, vicepresidente, lo de los “hilillos”, tomaron la peor decisión ante el colapso del buque. En relación con el apoyo político del gobierno español a la invasión de Iraq, ninguno de ellos- los del gobierno anterior- supieron explicar a los españoles por qué se tomaba aquella decisión y cuál debía ser nuestra política de alianzas. Ni siquiera él mismo en el programa, y eso que se cansa de decir a los cuatro vientos aquello de que “hay que hacer pedagogía”. Como decía Tolstoi, es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de sus principios. Un tío supuestamente de izquierdas le preguntó el porqué de las banderas “preconstitucionales” en las manifestaciones del PP, y a Rajoy le faltaron “aquellas cosas” para responder, si es que lo tenía en la punta de la lengua: y era simplemente decir sin otros detalles que “preconstitucional” es también la bandera de la Segunda República que la izquierda saca a la calle en exclusiva y en todas sus manifestaciones. Bueno, en exclusiva no. Saca también algunas de las comunidades autónomas. En materia de urbanismo, no logró aclarar los desmanes de ayuntamientos gallegos del PP, ni explicar por qué la tal materia, para sonrojo de casi todos, está hoy en España en manos de las comunidades autónomas y de los gobiernos locales. En las preguntas relacionadas con La ley Electoral y la elección de los jueces estuvo sencillamente “pastelero”: ni quiere cambiar la primera, ni confesar en relación con la segunda que, a pesar de citarnos con la boquita pequeña lo que decía la constitución al respecto, en realidad cuando ellos estuvieron en el gobierno no sintieron interés alguno en modificar la detestable Ley Orgánica del Poder Judicial, con la que el PSOE de González enterró en el 85 a Montesquieu, y con él la división de poderes en nuestro país.
¿Qué podemos decir de la inmigración? Bueno sí. Que no hay ni valor, ni ideas, ni desde luego talento, ni a derecha ni a izquierda, para resolver el tema…
Pobres hijos nuestros…Se van a morir empachados de progresía. Porque aunque el uno, como dice Pedro Ruiz, tiene un problema para cada solución, el otro ni tendrá problemas ni soluciones porque nunca va a ganar unas elecciones ni para crearlos ni para resolverlos. No sólo con algo de “cintura” se llega desde la derecha a la Moncloa, sobre todo si te empeñas en iniciar el viaje siempre desde el centro.
