LAS TRES CRISIS Y LA HISTORIA

JUAN OLABARRíA AGRA
Las crisis financieras suelen ir precedidas por un “exceso de inversión” en un sector determinado de la economía (en nuestros días el ejemplo más evidente es la especulación inmobiliaria). La razón para esta sobreinversión puede ser inicialmente la búsqueda de valores considerados seguros (una segunda casa), la ausencia de estímulos en otros sectores, el apremio de la inflación sobre nuestros ahorros o la oferta masiva de préstamos a muy bajas tasas de interés. Por otra parte la tendencia generalizada a invertir en un tipo determinado de bienes garantiza su revalorización futura: siempre estaré dispuesto a adquirir algo por encima de su verdadero valor, si sé que podré venderlo aún más caro en un futuro próximo. Se entra así en una espiral especulativa autoinducida: cuantos más quieren comprar esas acciones, mayor es su valor y cuanto mayor es su valor más quieren comprarlas. Naturalmente se trata de una valoración artificial que sólo puede ser mantenida a corto o medio plazo. Esta situación se hace aún más precaria y más peligrosa por el “apalancamiento”, es decir por la tendencia a especular con dinero prestado. En los EEUU la locura especulativa ha alcanzado cotas máximas de riesgo en varios aspectos: en primer lugar se ha especulado con hipotecas con un alto riesgo de impago, en segundo lugar se ha recurrido al apalancamiento en una escala sin precedentes; en tercer lugar los títulos hipotecarios han sido revendidos a través de una larguísima cadena, con el fin de obtener más liquidez para seguir especulando mientras se transfiere a otros buena parte del riesgo (no es algo nuevo: en el s. XVI lo hacían lo hacían en España los banqueros genoveses revendiendo a los españoles títulos de la deuda de dudoso pago; la globalización es antigua).
Cuando aparece un dato económico negativo (como el alza de los precios del petróleo, o impago de las hipotecas), la tendencia especulativa se invierte de manera muy brusca; no tiene lugar una lenta retirada de los capitales, sino una estampida en la casi todos quieren vender; es mejor tener dinero líquido que acciones invendibles; se trata de la súbita “preferencia por la liquidez” de la que habló Galbraith para referirse a la crisis de la bolsa en 1929. Cuando suena la hora de la liquidez, aparecen los acreedores, pero quedan defraudados: resulta que nadie puede pagar y este hecho los convierte en insolventes a ellos mismos. La espiral de impagos y quiebras afecta a los especuladores, a los que prestamistas hipotecarios, a los compradores en la reventa de valores contaminados, a las aseguradoras, a los compradores de pisos que valen ahora bastante menos que sus hipotecas etc, etc. Hoy todas las instituciones de crédito norteamericanas aparecen minadas o por la insolvencia real o por la desconfianza, factor psicológico de magnitud inconmensurable y de difícil recuperación.
Pero, además hace meses que la crisis financiera se ha transmitido a la economía real y lo que ahora tenemos es ya una depresión o crisis del sector productivo; se caracteriza ésta por las continuas reducciones tanto de la producción como del consumo. Las malas expectativas inducen a reducir el consumo privado y, por tanto a la reducción de la demanda; por otra parte los empresarios, perjudicados por la paralización del crédito, disminuyen inversiones y reducen plantillas. Pero el aumento del paro vuelve a influir negativamente sobre la demanda, lo que, de nuevo, desanima a los empresarios. Se desarrolla así una espiral autoinducida que conduce a la depresión cíclica no sólo de la demanda, sino también de la producción. La conexión entre crisis financiera y crisis de la producción tiene un claro precedente en la historia americana, cuando al crac financiero del 29 le siguió la larga depresión del sector productivo en la década de los 30. Como observó el economista Keynes, el ciclo depresivo en la producción tenía como causa primordial la insuficiencia de la demanda agravada por el empobrecimiento y el paro generalizados; esta insuficiencia de la demanda (reflejada en la deflación) sólo podía ser remediada por un aumento del gasto público y del crédito estatal.
La crisis de los precios tuvo un claro precedente en los años 70, cuando la carestía del petróleo hizo que la inflación remontase hasta cotas alarmantes (en España se llegó al 27%), lo cual imposibilitaba las anteriores actuaciones anticíclicas de los gobiernos, basadas la expansión monetaria y en el aumento del gasto público. La insólita coexistencia del estancamiento del sector productivo y de la inflación fue bautizada con el nombre de “estanflación” y duró más de 10 años. La salida de aquél ciclo depresivo 12 años después estuvo marcada por la política económica anti-inflacionista, el aumento de la productividad y la utilización masiva del gas como fuente de energía.
Las tres crisis históricamente conocidas (especulativa, productiva y de precios) han reaparecido juntas desde julio del 2007. Las causas de la crisis especulativa actual están en el abaratamiento excesivo de los créditos y en la falta de controles de liquidez por parte del gobierno de los EEUU. Las presuntuosas memorias de Alan Greenspan transparentan una gestión pública dogmáticamente “ neo -liberal”, que ha incumplido su misión de control y que, para decirlo suavemente, se ha mostrado muy reacia a indagar en el delito financiero. La crisis especulativa se ha internacionalizado a través de la venta de acciones americanas “envenenadas” y también por las tendencias especulativas en la propia Europa. Y ahora vienen a añadirse la depresión del sector productivo y la inflación asociada a la carestía energética.
Enfrentarse a las 3 crisis (financiera, productiva y de precios) requerirá una difícil equilibrio en la política de los Estados, porque las estrategias que ayudan a aliviar la crisis financiera y a impedir el hundimiento de la demanda global, requieren un aumento de la liquidez y del gasto público, dos medidas que estimulan la inflación (si pagamos ahora) o el endeudamiento (si nos damos un plazo). Por fortuna la inflación está siendo contenida debido a la depresión misma de nuestro sector productivo y al agotamiento de nuestra demanda (hasta los vendedores de petróleo se han dado cuenta de que no estamos para muchas alegrías). Creo que, aprovechando este paréntesis en la subida de los precios, los gobiernos podrían dar prioridad a las dos mayores urgencias del momento: a la crisis financiera, aportando liquidez a los bancos, y a la crisis de la economía real, estimulando la demanda mediante el gasto público; pues lo que afortunadamente nos separa de la crisis de 1929 es la capacidad de intervención del Estado. Nadie puede saber cómo quedaremos al salir de la crisis o cuanto velamen le quedará al barco cuando haya pasado la galerna financiera, pero al final habrá que abordar el problema de los precios, por una razón sencilla: los precios afectan a nuestros costes y son un reflejo de nuestra productividad. Es deseable que el modelo económico para España no siga siendo en el futuro la mano de obra barata encadenada al ladrillo, ni la inundación de créditos a tasas de interés negativas, ni la extraordinaria dependencia energética. Mejorar la productividad es mejorar en Educación, diversificar nuestras fuentes de energía, y atenerse a una política crediticia responsable (evitando las tasas de interés demasiado bajas). Pero nada de esto es popular. En definitiva la opinión pública se ha visto tan sorprendida por la crisis como las instituciones económicas.
