I
Cuando llegó aquel dolor, me di cuenta de que era algo distinto a todo lo que había sentido hasta entonces, y con ese instinto animal del que también el hombre está dotado, supe que iba a ser el último que percibiera en vida. Al principio fue una enorme presión sobre la parte alta del epigastrio que se fue luego extendiendo al tórax con esa sensación de angustia que invade casi todo el esquema sensorial, en una explosión sintomática de muerte inminente. Después, el enorme despliegue bajo el esternón terminó por provocarme sudoración, nauseas y mareo. El suelo me acogió entonces amorosamente entre el vértigo, mientras mis pensamientos pugnaban por llegar a la inmediatez como en una enloquecedora carrera de ratas. El cerebro, ya sin tiempo, reflexiona a gran velocidad. Es como si estirase el tiempo, o, mejor quizá, lo contrajese para poder desplegar todo un repertorio de últimas voluntades. Pensé en la nada del pos tránsito y en las ideas cristianas de la trascendencia del hombre que tanto me habían inculcado cuando niño. La muerte al fin estaba siendo como me había imaginado en tantas ocasiones: agonía dolorosa y pensamientos vertiginosamente entremezclados por la angustia. Esperaba ahora, en el límite de lo consciente, a que remitiese el dolor, luego el remanso, y finalmente el vacío. Hubo tiempo incluso para pensar en las arritmias que de forma tan impredecible daban su aldabonazo en medio de la fibrilación ventricular y del desasosiego ante lo inevitable. Al fin, y desde hacía tanto tiempo, los hombres del primer mundo morían de cáncer o de infarto. Y si el suicidio orgánico de la neoplasia te respetaba, no importaban los cuidados en la dieta, el control de la hipertensión y todo eso, que al final siempre terminaba por aparecer un trombo en las coronarias que daba en sacarte de este mundo. Uno sólo es a veces consciente de la devastación que con el paso de los años el espejo te devuelve cada mañana. Pero, aunque invisible, el deterioro interno guarda de seguro esa misma ley, y las “tuberías” terminan por lesionarse aunque hayas seguido tomando el aceite de oliva, tu media aspirina al iniciar el día, tu ejercicio diario y tantos y tantos cuidados más.
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Horacio quedó boca arriba sobre la hierba, completamente inmóvil. El viento deshojaba los abedules en un abanico de foliolos dorados que suavemente mecidos terminaban por acolchar el suelo pincelado en ocres.
En un refluir sensorial notó la caricia de las pequeñas hojas y ese especial olor a humedad que siempre exhala el humus. La vida se le iba tras esa conmoción angustiante con que los mamíferos reciben la incertidumbre del tránsito definitivo. Eso era lo que hacía desaparecer el dolor físico: la angustia; y en medio, sentir que aquel ropaje vegetal iba a ser al fin para él su único sudario. Siempre pensó que el escenario de la muerte sería así. Esperándola muy quieto; escrutando en medio de la ansiedad; fascinado por la quietud del vacío emergente. Ese viaje infinito sin posibilidad alguna ya de percepciones.
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Blanca miraba por la ventana de su cocina viendo el prado en una tarde de Nochebuena que caía llena de tonalidades granas y en medio de una neblina que empezaba a adueñarse del horizonte perceptible. Veía también el espeso bosque de robles y pinos tras el prado; el camino hacia la fuentecilla, que había recobrado manantial aquel otoño, y al fondo, la carretera hacia la casa del Concejo. Y todo ello, envuelto en aquella bruma sobre el carmesí del horizonte.
Al otro lado de la casa el disco rey, somnoliento y tangencial, apuntaba en su línea de retirada sobre occidente, con ese viraje que tiene lugar desde el rojo madurado al púrpura, inmediatamente antes de un ocaso indolente ya ante las tinieblas. Preparaba la mujer un caldo de verduras para la cena, y el aroma de los puerros al picarlos finamente inundaba la estancia con su olor fuerte, como un preludio de sabores en cierne. Un buen caldo de verduras logra atenuar a veces en las interminables jornadas invernales la enervación de la melancolía en el ánimo cuando ya te ves en la cuesta abajo, y las dietas van haciéndose de pura frugalidad en sus carencias. La porrusalda, con un poco de aceite de oliva y ligerita de sal, te entonaba un poco para dar paso así a unos langostinos que aún eran casi de rigor y que ya tenía cocidos. Esto le llevaba a recordar de repente aquellos langostinos un poco dulzones de entonces que venían de Costa de Marfil y que Pescanova presentaba primorosamente congelados en unas cajas tan llamativas…Aquello se había terminado hacía años, igual que la Nochebuena cristiana y los villancicos. Ellos ya se habían acostumbrado al langostino de cultivo, ése que viene ahora de unas cetáreas del Mar Menor; que debe ser que por allí se dan muy buenas condiciones para su cría. Después, el turrón que ya no es turrón, ése para diabéticos; y un poquito de sidra espumosa. Ya se sabe.
Blanca rehogó los puerros, agregó después la calabaza y las patatas. Luego puso todo a hervir. Cerró la olla mientras pensaba dónde se habría metido Horacio. Se retrasaba. Una pequeña veleta en el exterior marcaba viento del primer cuadrante que parecía haber llegado con la helada y mecía suavemente la parte alta de las tuyas, convertidas con el crepúsculo en fantasmas vacilantes que en un cercado en falsa escuadra rodeaban la pequeña parcela que albergaba la casa.
Iba a ser al fin una cena para los dos al calor de la chimenea. Su hija hacía años que no venía en navidades. El laicismo oficial había terminado por laminar todo vestigio de la navidad cristiana que a ellos al fin tanto les había marcado; y las visitas filiales, siempre espaciadas, se habían convertido en hitos llenos de racionalidad bajo la premisa del libre albedrío, que bien entendido debe empezar siempre por la familia.
La concepción cristiana de ésta se había acrisolado durante la posguerra española formando parte de aquel juego de espejos de falsas libertades, elipsis, dictaduras amorosas y mutua dependencia anímica, que terminaban por yugular el trazado de tu propia vida.
II
Blanca se temió lo peor cuando se hizo completamente de noche y vio que su marido no regresaba. Fue ese presentimiento de la desgracia que llega cuando ya la hora resulta intempestiva.
Horacio iba casi a diario al bosque, a por agua, a por piñas, a lo que fuese; y con frecuencia no le decía nada a su mujer; simplemente se iba. Era el ejercicio de la libertad primaria: no tener que dar explicaciones; o según como se mire, despedirse “a la francesa”; pero mucho antes de las diez ya estaba de nuevo en casa.
Hasta las once la mujer pudo pensar en un retraso mientras charlaba con alguien en el camino, o simplemente que se había entretenido demasiado haciendo cualquier cosa en la cochera.
Tras dar las once y media sin aparecer, la idea se hizo diáfana y sin concesiones, y la preocupación se adueñó de su ánimo. El ritmo cardiaco empezó entonces a acelerarse sin contención.
Blanca encendió la luz del porche y se fue directamente al garaje.
A Horacio le gustaba perderse entre aquella floresta de abedules que hacía años habían ocupado un pequeño claro tras la espesura de coníferas y carvallos frente a su casa.
Era casi un ritual para él caminar atravesando el prado hacia el pequeño arroyo; llenar el búcaro de barro en la fuentecilla que manaba bajo el siempre verde, y quedarse allí un rato obnubilado entre el chorro cantarín del manantial, el trino potente del mirlo en la verdura de laureles y el estruendo del glayo en lo alto de las pináceas. Luego llegaba el silencio; te llenabas de él, notando con resignación cómo el único ruido perceptible provenía del interior de tus oídos horadado a lo largo de los años por el tráfago industrial y los ruidos urbanos.
Tras el boscaje sin limpiar de maleza, salías al bosquecillo de bétulas donde la hierba crecía abundante. A la derecha había un par de troncos de castaño con la tremenda huella laminar de la sierra y ya secos por el tiempo. A Horacio le gustaba sentarse en uno de ellos haciendo absolutamente nada, dejando únicamente el pensamiento a velocidad de crucero en un cuerpo al que le faltaban ya las fuerzas; porque, cuando caminas rebasados ampliamente los setenta y cinco, la única respuesta del organismo es básicamente de dolor. Dolor en el torso y la zona lumbar, donde gravitan todos los pesares de la columna; en las rodillas, que pierden lubricación y agilidad llenándose irremisiblemente de algo que a modo de arenas en un rodamiento enlentecen el juego rotular; en los pies, que se hacen de buzo y rozan el suelo a cada paso; en la cabeza que te duele de continuo porque las arterias manifiestan alarma
por la escasa luz para el riego.
Y, en fin, tendríamos que decir en el corazón, que endosa sus extrasístoles ventriculares porque también el sistema electromecánico de nuestra íntima bomba empieza ya a tener sus lagunas, de puro cansancio.
Pero el pensamiento no duele; o al menos no duele casi nunca. Ni siquiera envejece; sólo la memoria a corto sufre la devastación de la edad. Pero los viejos se apoyan en la memoria a largo plazo, y se trasladan convenientemente y con claridad a la infancia, a la adolescencia o incluso a la edad de pretender, que se decía antes, sin problema alguno. Y así, de la sentada de cada día sobre el yermo tronco de la fagácea, el viaje mental, sin control posible, se posaba en aquellos pasajes de su ovillo, desenrollándose sin fin…
Una cierta idea del patriotismo le había quedado colgada en la puerta del que fue Cuartel de Instrucción de Marinería de Ferrol, en enero de 1965, cuando un mayor de segunda de Infantería de Marina les dijo al grupo de reclutas que formaban parte del primer reemplazo de ese año, que era allí donde debían dejar los cojones al entrar. Semejante emplazamiento a la castración de voluntades tuvo su continuación en la inicial revista de higiene, donde un sanitario con una vara y un flexo de luz hurgaba en tus partes a ver si tenías ladillas para blanquearte en cualquier caso con una buena dosis de ZZ en polvo, la cual debería repetirse durante diez días si te habían pillado con los molestos parásitos en tu entrepierna. El rastro diario que el desinfectante dejaba a tu paso, propagando a los cuatro vientos que portabas la miseria sexual más cutre, aseguraba la mofa de la tropa para tu propio escarnio, y te garantizaba, ni sé el tiempo, el completo aislamiento ante la marinería.
Parecían así hacerse jirones la patria y los verbos que la acompañan, a medida rancho diario; cada vez que la urgencia te llevaba a unas letrinas cuya descripción te ahorras para conjurar el vómito del lector; o mientras dormías entre el ventilaje a los cuatro cuadrantes de un sollado en el que doscientos pares de calcetines impregnados del sudor semanal eran la orla del alojamiento de los reclutas; o después de una pasada por las reconfortantes duchas de agua fría una vez por semana aunque no te hiciese falta; o sobrellevando los excesos de una disciplina adulterada en la frustración de un ejército, que desde hacía más de tres siglos sólo había podido ganar la guerra que no debió- contra Napoleón- ; y cuyos pronunciamientos, asonadas y huidas jalonaban el perfil castrense en ese tiempo.
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Dicen que el abedul es el árbol de los pobres. Crece allí donde nadie quiere. De niño, en Asturias, veíamos a veces trabajar su madera tan dura y fuerte a los madreñeros. Una madera con ese color marrón pálido y aquel olor dulzón tan característico que percibías cuando el artesano comenzaba a azolar.
Horacio se acercó al primero que retranqueaba la colonia. Pasaba de los quince metros. Instintivamente lo abrazó recorriendo su tronco en un vistazo. Junio es una buena época para recoger sus hojillas triangulares y de color esmeralda, poco antes de que viren al ocre; secarlas en casa a la sombra en un suelo de papel, para luego prepararlas en una infusión que resulta moderadamente diurética.
En primavera, y entre sus copas frondosas, anida el verderón para confundirse entre la tonalidad y delatarse a su vez con su escandaloso trino.
III
Cuando Blanca llegó al garaje, lo encontró cerrado en medio de la oscuridad y el frío de la noche. Había encendido la luz que alumbraba el camino hacia la casa, y con gran inquietud tomó la determinación de llamar a la policía del Concejo.
El edificio del ayuntamiento, desde el que previsiblemente se debería abordar cualquier tipo de emergencia, estaba cerca relativamente de la aldea, y así, pasados unos veinte minutos un mix de la marca citroen con dos números de la policía municipal se presentó en el camino frente a la vivienda.
Tras las explicaciones que la mujer les había dado por teléfono, los policías venían provistos de un botiquín de primeros auxilios, un mini equipo de oxígeno y mantas.
Blanca estaba persuadida de que su marido se encontraba en el bosque, y así se lo indicó a los policías; por lo que los tres tomaron el camino de la fuente, y, tras superar el pequeño muro en el curso del arroyo, se internaron entre las coníferas salvando como podían la fronda que tojos y helechos espesamente dispuestos oponían a su paso, marcado de adelante atrás por los haces luminosos de las linternas.
Llegaron al pequeño claro, y Blanca dirigió la luz hacia el lugar donde se hallaban los tocones de castaño; pero estos sólo les devolvieron una desoladora imagen de abandono. Cruzaron los tres el pequeño prado, y abordaron el boscaje que conformaban entre quince y veinte abedules. Vieron entonces al anciano en el suelo, como en posición fetal y ligeramente en escorzo. Blanca no pudo reprimir el impulso de abalanzarse sobre él para, mientras lo protegía, adivinar si se encontraba con vida. Una profesional de la sanidad como ella no necesita pulsar la carótida para saber si había vida en aquel cuerpo: aunque inconsciente y con los ojos cerrados, Horacio seguía vivo.
El viejo había aguantado una bradicardia sinusal casi seis horas, tendido en el húmedo y frío lecho vegetal, y bajo aquella suave cobija que sobre su cuerpo sumido en la inconsciencia dejaran los limbos de las bétulas obligados por el viento. Al anciano le envolvía esa línea brumosa que planeando inane sobre el césped precede siempre al descenso de la columna del mercurio a los sótanos de la escala de temperaturas en los secos días invernales.
La botella de oxígeno que traían los guardias, unida a las mantas que portaban, resultaron providenciales hasta la llegada de la ambulancia medicalizada, que condujo a Horacio a la unidad coronaria del hospital, adonde llegó con una tensión arterial sistólica de 45 mm de mercurio y signos claros de hipotermia.
Minutos interminables para Blanca en el traslado de la camilla a través del bosque, y lentitud inquietante del vehículo sanitario en su camino de ida hacia el hospital, entre aquel destello ambarino e intermitente y con los cinco sentidos puestos en la salud de su yacente marido; con aquella idea fija en la seguridad de que el corazón era un órgano muy traicionero y que con frecuencia, y quizá debido al exceso de vigor que a lo largo de una vida se ve obligado a desplegar, puede dejar de latir súbitamente en medio de un escenario límite. Blanca ni siquiera se daba cuenta de que para hacer frente a aquella situación sus glándulas suprarrenales habían empezado a secretar grandes cantidades de adrenalina que actuaban precisamente sobre las estructuras de su cuerpo, preparándolo para el esfuerzo con la liberación del azúcar almacenado en su hígado. Se sentía así estimulada y con esa percepción innata en un sanitario de que su presión arterial debía estar por las nubes, y notando su mente extraordinariamente clara, debido a la enorme oxigenación que estaba recibiendo su cerebro, y que también le hacía pensar tan deprisa en aquellos momentos. Los esquemas lóbregos de un principio iban poco a poco dando paso así a un panorama diáfano de supervivencia ante el que las cosas accesorias no llegaban ni siquiera a manifestarse.
El sentire de Horacio planeando en una semiconsciencia nebular adonde le llevan la confusión y el aturdimiento, cuando apenas vislumbras ese ir y venir de batas blancas, esa profusión acelerada de tubos y mascarillas, tan propio todo del trajín sanitario de las emergencias, y ese olor tan inconfundible, entre la asepsia y la putridez, que te hacen aborrecer los hospitales. Y abandonar al fin el centro hospitalario con un marcapasos implantado en tu cuerpo, y tratando de recuperar el pulso de una vida que has tenido pendiente de un hilo.
Aquella primera noche en su casa tras el colapso, tendido en la cama al lado de su mujer, el hombre descubre en medio del abandono la convergencia de oscuridad, quietud, silencio e insomnio para trocar, en una carrera atormentada de irresolución, el más insignificante escollo argumental en un hecho intrincado que te lleva directamente al centro de la angustia.
Surge así el deseo irrefrenable de hacer partícipe de tu desgracia a la persona que duerme a tu lado, tratando inútilmente de socializar la congoja que te atenaza, en un rapto instintivo, vegetativo. Deseo irrefrenable también de dar la luz, de sentir la claridad, de levantarte y moverte por doquier… Logras así desviar al menos dos de los vectores que al concurrir te atormentan; pues el hombre está diseñado para sobrellevar de forma disyuntiva la oscuridad en movimiento o la quietud iluminada. Copulativamente, ambas situaciones le llevan a la vigilia nocturna y a un cierto desequilibrio neurovegetativo.
Considerablemente mermado por el desvelo, salió al día siguiente al camino con su mujer, que le sonreía mirándolo de lado con esa expresión que trata de infundirte, más que otra cosa, tranquilidad en el ánimo. Pretendiendo sobre todo darle a la situación visos de entera normalidad, Blanca se había pincelado levemente el rostro con un toque discreto en los labios, y aplicando a la cara una suave crema hidratante. El espejo se había ido convirtiendo en el juez insobornable que le recordaba, sin posibilidad ya de sorpresa alguna, que los surcos faciales no eran de simple aparición sino que ya lo invadían todo.
IV
Querido Pedro:
Tú ya sabes que nací poco después de acabar la Guerra Civil en ese pequeño pueblo de pescadores del norte español cuyo nombre no tengo preciso mencionar y que tú tan bien conoces. La mía era una familia republicana que entre unas cosas y otras aparecía necesariamente incardinada durante la Dictadura en el bando de los que perdieron aquella guerra. Me tocó pues venir al mundo viendo cómo los vencedores sacaban pecho entre las miserias de quienes estaban cada día obligados a agradecer no sólo haber sobrevivido al conflicto sino ver perdonada su vida tras la victoria.
Eran tiempos en que las dentelladas de la tuberculosis y el adobo del alcohol hicieron trizas a tantos jóvenes españoles, en una generación de vulnerabilidades mecidas entre analfabetismo y hambre, sotanas y tricornios. La cruz y la espada, tan presentes en nuestra historia, y siempre con intereses tan convergentes, dieron en pastorear a una sociedad derrumbada de carencias, aquietada de temores y rasgada de incertidumbres, en medio del despliegue de una presión social que las dictaduras pueden convertir más que en intimidatoria, en asfixiante.
Pedro, te diré que las carencias mortificaron aquellos cuerpos ahormando sus conciencias en la resignación cristiana. Y sabes también que aunque se aplica en realidad a la primera mitad del siglo XX un aumento de la población española cifrado en casi diez millones de personas, en realidad la alarma genética tuvo lugar en el 39 después de que la guerra diezmase a toda una generación de hombres jóvenes. Así, aún entre lo misérrimo, las familias empezaron entonces, y sobre todo, a procrear con un cierto empeño, cumpliendo así mandatos de los que aún el hombre moderno difícilmente logra zafarse; estimuladas además por el Régimen y alentadas con ardor desde los púlpitos.
La salida a flote para cualquier joven nacido en los albores de ese siglo y perteneciente a ese segmento social tan paupérrimo era, en el pueblo, irse a navegar para salir de un hogar que en absoluto le garantizaba la supervivencia.
Pero, amigo mío, el trabajo en la marina mercante, dando tumbos entre la ignorancia y el descuido, terminaba con muchos de ellos atrapados por la tisis y con un corto horizonte de vida. Si ello fuera poco, entre puerto y puerto casi siempre caían además, o unas purgaciones, con las que tenías que pechar en medio de aquellos eternos lavajes con permanganato potásico, o, a lo peor, hasta una sífilis, con lo que si no te llevaba el bacilo de Koch terminabas por irte en la barca de los muertos con el pasaporte de la espiroqueta pálida.
Una guerra civil, Pedro, amigo mío, sobre todo una guerra civil, ni a los vencedores libra de la miseria y la muerte cuando al fin no has sido tocado por la diosa fortuna.
Chano fue uno de los perdedores esenciales. De los muchos. Era un tipo alto y desgarbado, muy poco agraciado y con escasas luces, que apuraba la vida entre el puterío y los tragos en cada puerto de su travesía de navegante y casi recién terminada la contienda fratricida. En el pueblo, durante las vacaciones- unos pocos días en verano y otros en navidades-, y a falta de la consabida libertad para la entrepierna que te daban los puertos francos y no tan francos, eran las borracheras la única ocupación durante el día y la noche; o mejor durante la noche y el día. Atiborrarse tanto de bebida y prostíbulos empezaba por doblarte la columna, continuaba por arrasarte el cuerpo, y al fin terminaba por hurtarte la vida mientras compartías alcohol y lecho de cogorza con tus conmilitones; para que al final alguna mujer terminase por cargar con la ingrata tarea de ir al día siguiente al río a lavar el mudo testigo de una noche de bacanal que había convertido las sábanas en un amasijo de algodón moreno, heces sueltas y sangre.
Cuando yo lo conocí, Chano presentaba ya los síntomas de la cirrosis apenas cumplidos los treinta y cinco, y tosía casi de continuo. Estaba ya para entonces bastante amarillo por la ictericia y se le notaba esa hinchazón abdominal que provoca la ascitis por la acumulación de líquido en el vientre. El ardor en la mirada y los esputos sanguinolentos delataban una tisis muy avanzada: tuberculosis y alcoholismo en una generación de víctimas de la guerra, derrotados además por la indigencia y el hambre en un tiempo de incierto futuro. El armador había terminado por despedirlo, y los médicos lo habían desahuciado.
Pedro, recuerdo a Chano en zapatillas, en aquel bar del puerto, asando en la chapa de la cocina de carbón un calamar de dos kilos el día de Nochebuena de 1952, a media tarde. Yo estaba allí con mis padres, probablemente para felicitar las fiestas a alguna gente. Un suéter demasiado raído y unos pantalones de dril con la culera como un colador denotaban el abandono ante lo irremediable. El atuendo, de total desaliento, era propio de quien, incapaz de estar tosiendo de continuo en la cama, se hace a la calle en un impulso de ahuyentación, de huir de uno mismo; o quizá de espantar las ideas, alejar ese pensamiento tan fijo en el angosto futuro que termina por cerrarte todas tus líneas vitales; mantener en definitiva el movimiento para evitar el colapso, aunque eso sí, vencido definitivamente por la enfermedad y las privaciones.
V
Querido Pedro:
No sé si escribirte esta vez desde la cama porque parece que estoy un poco bajo de tono, y no he dormido nada bien. No hablo de dolor, ¿eh? Realmente los huesos y la musculatura a esta edad duelen siempre y sobre todo al levantarte; lo mismo que esos otros de orden difuso que no logras precisar o más bien no puedes. No es eso realmente. No es el dolor propiamente dicho. El dolor para mí es ya a estas alturas un compañero en este tramo de la carrera sin retorno con el que voy conviviendo según puedo y aunque no pueda. Él me lleva y me trae cuando se va y viene. Es mi compañero casi inseparable. No; se trata de una recurrente sensación de hipotonía vital que, como prendida en la antesala de la nausea, me da una profunda desgana y el deseo más que de otra cosa, de no ver a nadie para recrearme así en mis propios pensamientos; que tú ya sabes que eso es uno de mis grandes demonios. Es como tratar de dimensionar los efectos de todo el cúmulo de sensaciones que el organismo relaciona siempre con los finales, con el final, más bien. Tampoco quieres en esos momentos hablar con nadie y percibes el discurrir de los hechos con cierto pesar.
Mi mujer hacía rato que estaba despierta y sabiendo que yo también lo estaba, aunque intuyendo mi estado de ánimo, se levantó en silencio y bajó, supongo que a preparar el desayuno. Al rato subió haciendo algo de ruido y pensé entonces que me iba a contar alguna novedad.
-Ha caído una gran nevada. Está todo blanco…Te traigo el desayuno…
Uf…Aquello rompía la monotonía por venir y ofrecía un resquicio a la ruptura.
-Había sentido algo de frío esta noche, le respondí. Quizá era eso. Pensé que el día iba a tener algo distinto, y que me iba a olvidar de mi obligación de ensimismarme.
-Voy; casi me levanto. ¿Qué hora es?
-Las diez más o menos. Están dando en las noticias que es un temporal en la cornisa y a nosotros también nos pilla de lleno. He puesto el café. Pongo un poco la calefacción y desayunamos…
-Si, sí, eso…desayunar…
Se me abría el apetito.
Me incorporé, y me vestí al completo. Me puse un suéter grueso. Efectivamente hacía frío en casa. Me eché un poco de agua en la cara y a su gélido contacto acudieron a mí pensamientos más de pasado que de futuro. Corrí después hacia arriba la roldadilla del estor y pude comprobar cómo efectivamente una cortina deshojada en blancuras caía sin esfuerzo sobre un ya compacto armiño que enrasaba los campos y el camino a aquellas horas de la mañana.
Mientras descendía hacia la planta baja agarrado al pasamanos pude escuchar el silbido de la cafetera al colmarse la ebullición, y antes de entrar a la cocina me llegó el aroma inconfundible del café recién hecho.
Se estaban entonando los radiadores de la calefacción, y Blanca, de espaldas, retiraba la cafetera del fuego. Empezó a exprimir unas naranjas, y yo me animé entonces a cortar dos trozos de pan rústico y ponerlos al grill.
-Dicen que será cosa de tres días, que luego pasará…
-Ya…
Mientras apuraba el primer sorbo de café, quizá demasiado caliente, y untaba el pan con aceite mientras nos mirábamos sin hablar, dirigí la vista hacia el bosque, con el arbolado revestido en claridad sobre grises. No se percibía en la mañana murmullo alguno, uniéndose al silencio la calma en un estatismo que hasta los pájaros respetaban, atónitos supongo, y a buen seguro en sus abrigos naturales esperando a ver lo que iría a pasar. Pensaba en cómo estarían los abedules. No había vuelto allí desde “aquello”.
-Tengo que ir al garaje, a por leña. Voy a traer mucha, encender la chimenea y tenerla todo el día al rojo, ¿qué te parece? No hace falta que vayamos al pueblo a por nada. Aparte de que estará fatal la carretera. Tenemos legumbres y tenemos pan y leche.
Ella asintió sin responder.
Tras desayunar, y con la chimenea ya encendida, busqué en la librería el primer volumen de obras completas de Maughan, el de relatos cortos, y me senté frente al hogar. Tuve que dar la luz. La grisura del exterior entenebraba el saloncito donde con la luz artificial se podía dibujar un cuadro acogedor en el que yo me iba a envolver refugiándome en la literatura del escritor británico. Me encantaba Maughan; brillantemente superficial y de lectura muy confortable.
Antes de abrir el libro, leído ya varias veces y al que casi siempre le sacaba matices nuevos, fijé la vista en el fuego mientras oía las pisadas de mi mujer subiendo las escaleras. Ésta abrirá ahora todas las ventanas de arriba antes de hacer la cama, pensé. Las mujeres y la ventilación. Hay que ventilar mucho la casa. No hay forma de convencerlas de que diez minutos es suficiente, porque además si hay mucha humedad en el exterior sólo haces introducirla en casa si tienes abiertas las ventanas mucho tiempo. Nada; era inútil…
El magnetismo de las llamas con el arrullo del crepitar, las tonalidades irreproducibles y las formas tan cambiantes y caprichosas. Siempre el hombre subyugado por el fuego idolatrante, preso en él, mientras vacía su cerebro de pensamientos, sintiéndose rodeado de su calor y misteriosamente tocado por su magia.
Empiezo con “La Carta”. Un melodrama en Singapur. Fue llevado dos veces al cine. Una vez, interpretado por Bette Davies y otra, ya más reciente, por la extraordinaria y malograda actriz Lee Remick muerta de cáncer en Los Ángeles en 1991, como sabes, tú que eres tan cinéfilo.
Un rato de lectura. Blanca que baja. Qué haces. Nada especial. He cogido un libro de Maughan. Ven, siéntate. Siéntate tú en el orejero.
Un silencio prolongado con los ojos en la chimenea. El teléfono que suena. Alguien desde la ciudad cercana que quiere saber si estamos bien. Si necesitamos algo. Una pariente de Blanca…Dejo el libro por unos momentos.
Ya te dije antes, querido Pedro que mis pensamientos iban hacia atrás, volviendo de nuevo a aquel invierno de 1952. También se vivió en mi pequeño pueblo una gran nevada. La mayor quizá que yo he conocido. Una nevada acompañada de gran temporal y fuertes marejadas. Encañonado al Norte entre taludes naturales, aquel rincón entonces perdido recibió una andanada de aire polar a finales de aquel año, y quedó enjalbegado de nieve varios días. La borrasca que venía con ganas inmovilizó los barcos en el puerto, y los hombres, que no podían de aquella manera salir a pescar, destinaron sus artes a cazar pájaros, que, vagando inermes de frío y necesidad por los campos de las aldeas cercanas, resultaron ser una presa fácil de aquella depredación casi de urgencia natural que llenaba de proteínas las mesas a las que el mal tiempo les había hurtado las que procedían de la mar. El arroz con ave, cebolla picada y azafrán fue como el plato único por un tiempo, tan sólo alternado de forma esporádica por alguna que otra sartenada de lapas al ajoarriero o con arroz , si habías tenido la suerte de cogerlas en el pedrero aprovechando el punto de marea favorable, y cuidando mucho que no te cogiese un golpe de mar.
Navidades con turrón de tabique, que para el de almendra no había dinero suelto. Era el tal turrón una especie de argamasa hecha de cacahuete y azúcar caramelizado, expresión navideña del racionamiento aún imperante. A mí me mandaban a comprarlo a la tienda de Jenara, a la que recuerdo como una mujer de mucho arranque a quien la “polio” había sometido muy duramente, y que caminaba con bastante dificultad ayudada con dos muletas de aquellas de madera, y medio sujeta también con arneses. Yo ya la conocí algo mayor porque, si te fijabas bien, andaba ya entonces con barba y bigote, a veces sin rasurar, signos que delatan en la mujer cierta prevalencia hormonal tras cruzar los sesenta. Pero de eso, claro, te das cuenta ahora. Actualmente…, bueno desde hace ya algún tiempo, eso se soluciona con rayos láser y tal, pero entonces…, ay, entonces! Jenara era también lo que se llamaba una viuda blanca: su marido fue en una ocasión a por tabaco, y nunca más se supo; y la dejó con dos hijos adolescentes, a los que tuvo que sacar adelante. Jenara era también la carnicera del pueblo, si se puede decir así; o sea, mataba un ternero por la fiesta que era en agosto –bueno, en realidad el ternero lo mataban sus hijos -, que carne sí se comía una vez al año. Recuerdo que íbamos de niños al ceremonial del sacrificio del ternero que tenía lugar en una especie de garaje del que disponía esta gente en las afueras del pueblo. Abrían el garaje. Allí estaba el ternero comprado en la aldea el día anterior. Lo cogían del ronzal y lo conducían fuera. Luego lo sujetaban no recuerdo bien cómo para atizarle a continuación un martillazo en la parte alta de la cabeza. El ternero caía entonces al suelo como un saco y se quedaba así, con un tembleque en las patas. Lo cogían entonces de las orejas y arrastrándolo hacían que su cuello coincidiese con una especie de canalillo hecho en la tierra. Luego le metían al ternero una cuchillada en el cuello y lo sangraban entre estertores. La sangre iba entonces por el canalillo hasta la cuneta de la carretera cuesta abajo, pues el garaje estaba en una pequeña pendiente. Más tarde amarraban al animal por las uñas traseras una vez juntadas y lo suspendían en alto por medio de una roldada para sujetarlo después con unos ganchos a cada pata. Con una destreza increíble le hacían después cortes en esas patas y tirando fuertemente de la piel le hacían una incisión en los garrones para colocar entre ellos una estaca a modo de tensor que separando los cuartos facilitaba así el destripamiento y posterior despiece del animal. Más tarde se le despellejaba totalmente hasta la cabeza. Mientras lo iban abriendo, sus vísceras empezaban a colgar expeliendo un fuerte olor a entrañas frescas. Una vez despellejado, allí se quedaba el animal serenando toda la noche pingándole la sangre por la boca y con sus orejas caídas. Al día siguiente lo despiezaban y así, en trozos grandes, lo transportaban al hombro hasta el despacho de carne.
Era de pura fascinación ver cómo cortaban la carne cuando ibas a comprar: desprender primero la carne de la cinta en las chuletas con el afilado cuchillo, ver cómo aparecía el interior con su tono rosáceo, y luego dar el golpe final de macheta y hacer que se desprendiese del trozo la parte del hueso, entre aquel olor a l carne fresca.
Jenara, aparte de la carnicería ocasional, tenía una tienda de ésas de pueblo donde había de casi todo; todo a granel y todo te lo envasaban en cartuchos de papel de estraza. No tenía sin embargo aceite; que eso había que ir a comprarlo racionado, como el pan, a casa del Aldeanu; que venía el aceite en unos bidones de doscientos litros, y se sacaba con una bomba de manivela. El aceite aquél a granel era una mezcla de oliva y soja, aunque yo creo que casi todo era soja, más que nada por lo aromático que resultaba al cocinarlo que casi resultaba pestilente y daba mucho humo en las cocinas.
Digo que con la nevada no hubo escuela durante no sé cuanto tiempo; pues que así, como en medio de la nevada, estaban las vacaciones, en un vértigo de juegos blancos y mojaduras, que con frecuencia condenaban nuestras nalgas a la sanción de una zapatilla o del mango de una escoba.
Cuando el blanco manto lo cubre todo parece como que tan sólo notas el movimiento de la vida en el humo de las cocinas de leña y carbón; aunque para ser exacto, iglesia y cura, sin embargo, siguieron en movimiento tras el despeje con palas del camino sacro, y abriendo a diario como siempre la casa de Dios, que las almas también debían alimentarse, y su cuidado no podía admitir pausa alguna ni siquiera por una nevada. Fervores permanentes que tras la fugaz alegría del villancico, y casi sin solución de continuidad, iban a empalmar con los que se correspondían a la preparación de las almas para la santa misión que en febrero iban a impartir unos padres redentoristas que venían de Burgos.
El último día del año amaneció con mucho frío, dejando la helada nocturna su rúbrica en los cristales. Por ello apenas salí de casa. Mi
madre me puso muy caliente la cascarilla de cacao con leche y el pan de pancha sumergido, espesado y sabrosísimo entre el brebaje. Desayuné frente a la ventana de la cocina desde la que podía ver un pequeño huerto que teníamos delante y en el que mis padres solían plantar tomates, coles y patatas. Ahora no había nada sembrado y aparecía todo él cubierto de nieve; pero estaba lleno de pájaros. Había incluso pájaros grandes que seguramente se acercaban tanto a las casas en busca de algo de comida. Mi padre me había hecho una trapa con aro de avellano y redecilla de boliche. Después de desayunar la armé en una esquina visible del huerto, y pasé el cordel atado al tentempié a través de un agujerillo que había en el marco de la ventana; y agarrado a él estuve gran parte del día esperando que algún despistado pardal fuera a picotear bajo aquel círculo de influencia al que le había retirado la capa de nieve y echado unas migas de pan duro.
Creo que aparte de esto, únicamente salí de casa un rato a media tarde, con mis padres, y un viento que te cortaba nariz y orejas, caminando dificultosamente con madreñes entre el amasijo de nieve, guijarros, humedad y barro. Fuimos hasta el chigre del puerto, el de Gelina y Ron, del que ya te hablé, y que estaba como casi todos en el rellano de la escollera, y donde los hombres a aquellas horas bebían sidra, “medias” de vino y copas de coñac, y todo eso. En los sesenta, con el aumento de los coches y el turismo que todo lo invaden, los chigres aquellos se convirtieron en pequeños restaurantes, si quieres un poco cutres, donde en cambio se comía muy bien; si ahora existiesen, que no lo sé, podías ir y pedir unos fritos de pixín, que desde entonces se hicieron famosos. El pixín más rico es el de barriga negra que es el macho; la hembra a la que en Galicia llaman juliana, tiene la carne de peor calidad. Había que ver la alegría de Ron escanciando la sidra mientras te miraba a los ojos; que los escanciadores hacen así: no miran para el vaso; te miran a ti, porque tienen un pulso de miedo para largar todo el culín de sidra en el vaso.
VI
Cuando los cuerpos eran sojuzgados por el poder de la Dictadura, y los estómagos embridados por las carencias y el racionamiento, vinieron los misioneros redentoristas al pueblo, a domeñar las almas en nombre de un Dios que te amenazaba con el fuego eterno y la privación de su presencia en el más allá, si no observabas sus mandamientos en el más acá. Dos frailes de esa congregación, los padres Fuente y Burgo llegaron en febrero de aquel año 52, con la doctrina y el eslogan “Santa Misión. Buscad el Reino de Dios”.
El tal Fuente era un tipo escurrido de carnes, enjuto, y más bien parco en palabras. Tenía ese permanente rictus de amargura asomando a su boca, que hacía plausible la presencia de una úlcera gástrica más o menos estable, lo que por entonces se curaba bebiendo mucha leche, y, el que podía agenciárselas, tomando el antiulceroso ROTER que traían los navegantes cuando recalaban en algún puerto holandés; pues las farmacias de aquí, nada de nada, en aquel tiempo de estrecheces. Era además el fraile aquél, según digo, poco convincente en su tarea, la verdad; razón por la que creo se ocupaba en llevar el peso de las plegarias y en decir la misa durante el tiempo de las misiones. Más tarde me enteré que había muerto de cáncer. No recuerdo quién lo comentó en el pueblo.
Burgo sin embargo era el temperamento y la vehemencia para mover las almas al arrepentimiento y a ponerse a bien con Dios; un sujeto bastante joven, metido en quilos, colorado y sensual. Llevaba él solito el peso de los sermones varios de cada día dominando la retórica para el adoctrinamiento, la enervación y hasta el éxtasis.
Las misiones duraban varias jornadas, y constaban de tres partes desde el punto de vista litúrgico: una primera, en la que el clérigo te descubre tus pecados y te abre las puertas del infierno para que veas aquello a lo que te has hecho acreedor por haber ofendido a Dios. En esta parte incluso había una escenificación de fuga de los misioneros que, horrorizados ante tanto pecado, iniciaban su salida del pueblo. “Ya se van los misioneros, ya no os quieren”, gritaba el padre Burgo desde el púlpito, para a continuación salir como escapando de la iglesia junto a su compañero, vestidos ambos con sotana y roquete. En pleno enardecimiento multitudinario, la gente imploraba gimoteando desde el exterior del templo al ver que sus redentores los abandonaban: “No os vayáis, no nos dejéis solos”. Era algo extraordinario. Los misioneros daban entonces media vuelta, justo antes de doblar la curva de la Pirulera, que estaba como a doscientos metros cuesta arriba saliendo ya del pueblo, y regresaban: “Ya vuelven, ya os quieren, porque os vais a poner a bien con Dios”.
La segunda parte era la Penitencia, y en ella todo el mundo era convocado a Confesión General. Hasta los más reacios a la cosa religiosa pasaron por el cofesionario. Y tras el perdón, el auto de fe, con la iglesia en tinieblas y cientos de velitas encendidas en las manos de los fieles, implorantes hacia el Altísimo, con las almas ya en gracia de Dios. Burgo se felicitaba entonces en el púlpito por la pureza que se había abierto paso por fin ante el pecado.
La Comunión era al final la catarsis y el rito apoteósico de la Misión, en la que los feligreses ya en gracia entonaban cánticos a Dios por el reencuentro con el Todopoderoso, cerrando así el ciclo misional.
Una cruz alegórica recuerda aún hoy en aquel templo el paso por el pueblo de los dos redentoristas.
Horacio, muy niño entonces, ayudaba a misa por veces, y le quedó aquel recuerdo del padre Burgo, muy cerca y de espaldas a él, comentando a veces el Evangelio desde aquel lado del altar, con el cuello bañado en un sudor hecho de vehemencias y venas hinchadas.
Servicio ad honorem de aquel niño al templo; pues que a su madre sólo le quedaba la redención a través del culto: en un sentido, debido al mucho pecado que había supuesto en su vida ser hija de un republicano fusilado por los franquistas en el 38, por el delito de ser desafecto al Nuevo Régimen, siendo traicionado por algunos de sus convecinos tras haberlo manifestado así públicamente. Y es que la delación voluntaria, nacida de la servidumbre, ansía, más allá del reconocimiento por parte del verdugo- que también- , la desaparición del disidente en el que el delator ve cada día reflejada su propia carencia de libertad. Y en otro sentido, haber pasado además varios meses en la cárcel con el pelo al cero, cuando apenas contaba diecisiete años, por el “horrible” delito personal de que un hermano suyo desertara de las tropas “nacionales” para pasarse a los rojos.
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Cuando los cincuenta años empezaban a descolgarse del calendario despidiendo definitivamente las estridencias juveniles, al tiempo que la calma abría la puerta entrando en su vida, y la ambrosía en las relaciones se iba acompasando a los biorritmos, un día determinado se da cuenta de la imposibilidad de llegar con la piedra de Sísifo a la cumbre, pues que la libido se la devolvía a medio camino dejándole en el ánimo un regusto acre.
Cosas que terminan por llegar, y entre tanta linealidad monótona pueden presentarse como un juego de espejos que miradas y recuerdos rinden a la evocación de lo que quedó truncado sin terminar, como uno pretendía entonces.
Que las miradas y los recuerdos nunca envejecen; antes bien, se agigantan con la edad al hacerse más pausado el movimiento a causa de la merma física. Y entonces, terminas por encandilarte como un simple soldadito de plomo. Porque Horacio en realidad era entonces un soldado de plomo que acababa de encontrarse con un viejo amor; con ilusiones frescas aún porque no se había visto envejecer. Con las ilusiones que se abrían a una pasión renovada.
No creía perdido el vigor juvenil porque a los cincuenta, salvo la levedad de una sensación difusa en los “bajos”, aún el cuerpo permanece silente, que es como que estás más o menos sano. Te sitúas así inmediatamente como en los treinta; porque es que tú te crees que tienes treinta, y tus pulsaciones se desbocan como las de un muchacho, reverdeciendo sensaciones que no hacen sino rendir el ánimo a la magia del encuentro.
Fue todo tan casual como sorprendente. Pero tal cosa quiso suceder, de viajar ella con unos amigos a Santiago, a algo relacionado con el jubileo, según después le contó. Él estaba casualmente en la villa del Apóstol, y ella ya ni siquiera vivía en Galicia. Sus padres hacía años que habían muerto, y su hermana seguía por lo visto con aquella tienda de mercería en una villa de Orense. Y Anita vivía de rentas, por lo visto. Había dejado lo suyo, que era el corte y confección; no había tenido suerte con los hombres, y se había plantado en la vida, cumplidos ampliamente los cincuenta, con algunos kilos de más y bastantes arrugas.
Pero conservaba aún la estructura que en una mujer siempre constituía para Horacio el modelo de atractivo sexual: robustas caderas armadas sobre poderosos muslos, trasero prominente, opulencias en lo alto saliéndose de toda continencia, y una mirada posibilista y sugerente.
Habían estado saliendo como un año, y no hubo manera de entrar allí. La dureza de los sesenta y setenta en el arte amatorio era tal que para tirarte a una mujer que tenía que llevar su virgo como dote al matrimonio tenías que hacer un máster en calentamiento y varios doctorados en seducción, antes de esperar pacientemente por la caída de la hoja. Si encima, tras el calentón en el pub de turno, tenía que ir acompañada a su casa en la aldea por su padre, que ejercía más que de protector, de dueño, pues que no había manera. Salió pues de su vida como entró: sólo por un ver; y le perdió el rastro entre el recuerdo de las elevadas temperaturas que se alcanzaban en aquel pub en plena oscuridad, palpando unas carnes, que bajo aquellas corazas infranqueables a las que las mujeres se veían obligadas, aparecían como sin vida hasta para la imaginación. Cuando estaba ya a punto de estallar, a ella se le ocurría, como maniobra de distracción, salir a bailar, que era la única forma también para una chica de comprobar físicamente lo animado que estaba el mozo: si no fuera por la “armadura” que entre caderas y muslo insensibilizaba el triangulo fundamental de la erótica femenina, ya digo, hubiera Anita echado callosidades en la baja entrepierna a causa del rozamiento de un enemigo tan ciego como irreconciliable.
Se fueron a la cama como si tal cosa. Yo creo que lo hicieron como para demostrarse a sí mismos que el truncado deseo de entonces podía ser retomado ahora, y también lo hicieron deseando averiguar no tanto a qué sabía ahora aquello, sino a qué podría haber sabido entonces.
En cualquier caso, él la encontró aún atractiva en medio de cierto torbellino de variante pasional. Y Ella, que ni por un momento dudó en entregarse, iba a necesitar más adelante completar un recuerdo que de lo contrario se convertiría en bucle de pura melancolía por algo que nunca fue.
Aparentemente al menos, entró Horacio en el juego amatorio con deliberada lentitud, tratando de emular al perfecto amante que economiza sus fuerzas, que las administra, que de forma harto inteligente sabe dar más que recibir. Aún así no logró llevarla al clímax, terminando rendido ante lo imposible. Mientras ambos quedaban sin palabras y con la mirada perdida no sé donde, ella terminó por confesarle por fin que no había sentido casi nada, aunque tal como él se lo imaginaba, ya digo, era importante para su equilibrio emocional contar con el acervo de una experiencia que antes se le había negado para luego en el fondo de los tiempos poder utilizarla como módulo de fantasías: esa especie de ensoñación, como retrospectiva, que recrea los amores que nunca lo fueron realmente. La frustración de no haber podido despertarla sexualmente le hizo pensar primero en su propia inhabilidad y segundo en creer que sobre los rescoldos de antaño de aquella mujer fue mucha la secura que había dejado yerma una tierra que pudo haber sido feraz; porque ya entonces, cumplidos ampliamente los treinta, el viento de las prisas y la desazón ante lo imposible habían cerrado de un golpetazo las puertas al amor en la joven, dejándola quizá para una vida tan sólo de recuerdos que fue amasando, rumiando más bien, sin haber podido dar forma definitiva a sus deseos, lo que hubiese permitido aliviar su ansiedad futura.
VII
Horacio subía a todo gas diariamente los peldaños del escalerón de cemento que le llevaban hasta la escuela desde la barriada baja del pueblo. Llegaba al aula con la respiración entrecortada y el tiempo muy justo, sobre las nueve de la mañana, que era cuando se entraba en clase. Antes, poco después de las ocho, recorría uno de los dos caminos que monte arriba y hacia poniente conducían a un lugar llamado Villar, para recoger dos litros de leche que le compraban diariamente en su casa a Herminia y Castaño, unos aldeanos que tenían una casería de vacas; luego regresaba, ya cuesta abajo, y le dejaba a su madre la cantimplora para que hirviese la leche, y, tal como os digo, salía corriendo hacia la escuela para estar a la hora, que si no don Eduardo, el maestro, te ponía unos minutos de rodillas de cara a la pared por tu falta de puntualidad.
Había dos cuestas para subir a aquella aldea: una en zigzag ascendiendo por el prado montañoso de Félix, un labrador ya fallecido a quien la guerra le había llevado a un hijo de diecinueve años, de aquellos de la llamada “quinta del pelargón”, que fue la última que movilizó la República. A su grupo lo rodearon los moros en la sierra del Cuera, cerca de Llanes, y no os quiero contar lo que les hicieron.
Fue la primera acción- que resultó ser la última- de aquellos jóvenes, mal instruidos y peor experimentados.
El camino aquél, como digo, era más llevadero en el esfuerzo y quizá más entretenido en la contemplación de pájaros y floresta.
Otros condiscípulos de Horacio hacían a la misma hora idéntico recorrido a ese lugar o a otro denominado la Atalaya, justo al este, desde el que se divisaba con mayor perspectiva el pequeño puerto con las casas en abanico a ambos lados del eje de la ensenada, entre la punta del Olivo y la de la Mesnada encarando la ría de Villaviciosa.
De tanto correr subiendo y bajando, o bien de probar el efecto de la fuerza centrípeta describiendo circunferencias con la cantimplora llena de leche, los golpes en los recipientes eran harto frecuentes, así como la pérdida del líquido que contenían después de los sucesivos ensayos físicos. Tanto los golpes, que hacían desaparecer el baño protector a la lata, como los derrames de la leche, no eran disimulables al llegar a casa, donde podía esperarte en tales casos una buena zurra.
Cada familia del pueblo- parroquia en realidad – tenía sus preferencias a la hora de elegir en qué casería comprar la leche; no por el precio, que era el mismo en todas, sino más bien por afinidad con los aldeanos, o quizá por el sabor de la leche.
A los padres de Horacio y a él mismo les gustaba la leche de Herminia. Yo creo que era la mejor porque tenían las mejores vacas.
Eran vacas ratinas, de color pardo y piel suave, que aunque no eran las de mayor producción, daban una leche de gran calidad en sabor y en abundancia de nata, que entonces se apreciaba mucho, antes de aparecer las leches éstas desnatadas o semidesnatadas y de que te dijesen que llegados a una edad era las que había que consumir, por aquello del colesterol. Antes eso no existía. La gente no sabía qué era eso del colesterol. Yo creo que ni los médicos lo sabían. Había que atender otras cosas, había otras prioridades: había que llenar el estómago fundamentalmente, y aportar calorías, que los trabajos eran muy duros, y la grasa era apreciada precisamente por su gran aporte calórico; o sea que no veas la leche…
Además aquellas vacas servían para trabajar y eran más fértiles, que podían darte un ternero al año. Y si además había buen pasto en verano y en el invierno el heno en las tenadas estaba asegurado, la leche resultaba excelente a lo largo de todo el año.
Herminia era una mujer gorda, con esa edad indefinida que marcaba a las campesinas, vestidas siempre de alivio porque jamás terminaban de quitarse el luto por alguien, con el pelo en un moño entreverado ya de canas, la cara redonda y sonrosada por un excesivo apego a la mesa, y las tetas demasiado caídas porque con el tiempo todo termina cayéndose.
Entrabas en aquella casa y te encontrabas de frente con una especie de aparador, arriba lleno de loza; en el centro, dos portarretratos sepia de gente mayor y una sopera vacía que Horacio jamás supo qué hacía siempre allí, y un departamento abajo con dos puertas siempre abiertas que dejaban ver unos estantes llenos de cosas indefinidas. A la derecha, una puerta por la que accedías a la cocina, que lo primero que te decía Herminia en cuanto te veía era que pasaras a la cocina; una cocina grande como deben ser las cocinas de los pueblos, que es allí donde se recibe a las visitas, en la cocina. Siempre encendido el fuego, atizado con leña de eucalipto, y una encimera enorme de alicatado blanco sobre la que solía haber hortalizas recién cortadas, el puchero grande de les fabes que habían estado toda la noche a remojo y que apuntaba directamente a los fogones, y un bidoncillo de porcelana blanca lleno de leche. Había en el centro de la estancia una mesa grande de castaño natural con un hule algo deteriorado que a duras penas lograba cubrir la parte de arriba, y sobre la misma, una media hogaza de pan, una botella de sidra vacía y un recipiente de medida de un litro. Al pie de la mesa, un banco corrido, y al otro lado dos sillas también de castaño con el asiento de mimbre. En la pared de enfrente justo a la derecha de la encimera había una alacena y sobre ella, una especie de frutero, una fuente de loza con chorizos y un porrón de vino. La cocina disponía de dos ventanas, y en el centro, pendiendo sobre la mesa de castaño, aparecía colgado un jamón que casi iba ya en el hueso, y al lado, el pegajoso y desagradable atrapamoscas que nunca se cambiaba y estaba lleno de los asquerosos inquilinos muertos. Y todo enredador oliendo a leche recién ordeñada, a estiércol de vaca y a olor corporal. Herminia te
sonreía mientras, después de lavarse las manos en un fregadero que había a la derecha de la encimera y de secárselas con el delantal, tomaba el bidoncillo con el brazo derecho y apoyándolo contra el costado vertía el líquido blanco sobre la medida de litro, y de allí a la cantimplora. Era entonces cuando te llegaba el olor más intenso de la leche, un olor como sólido, espeso, desplegante. A Horacio le gustaba aquel olor porque le gustaba la leche recién ordeñada. A veces Herminia le daba a beber un vaso de leche de cuartillo y él se lo bebía de un par de sorbos. Menos mal que en aquellos años cincuenta la leche no faltó en su casa. Él recordaba por comentarios de algunos condiscípulos, que ni la cataban; y así con el tiempo llegaban los problemas con los huesos y esas cosas. Algunos días llegaba a la casería tan pronto que aún estaban ordeñando las vacas. De eso se encargaba Castaño. No sé si era apellido o mote lo de Castaño. Era tuerto y la inexpresividad casi blanca de aquel ojo te hacía dudar de adónde debías fijar tu mirada cuando hablabas con él, aunque como era de pocas palabras podías fácilmente hurtarle la conversación.
Siempre tenías la sensación de que llevaba la misma ropa cada día oliendo a sudor añejo y a establo, y si te fijabas en sus manos mientras ordeñaba, te dabas cuenta de que nunca estaban demasiado limpias, pues debía ser que las labores del campo crean pátina terrosa sobre la piel y depósitos estables diversos bajo las uñas.
Ese olor que digo, con el poco aseo que había en las casas, luego se impregnaba hasta en las camas y se hacía general. Horacio recordó esto muchos años después, cuando se fue con su mujer y su hija a pasar una Semana Santa por la provincia de Soria, y, no habiendo encontrado hotel para una de las noches, les mandaron a dormir a una casa particular, según dijeron, de mucha confianza, y que resultó ser la vivienda de un cabrero, que allí todo olía a cabra, incluidas las camas, como digo; y la blancura de las sábanas no pasaba más allá de un tono moreno, que es cuando la mugre ya ha dejado su huella en las cosas. Sólo Inma durmió a pierna suelta aquella noche porque los niños y los jóvenes duermen sobre el filo de un cuchillo, pero el matrimonio no había pegado ojo pues olores tan desagradables te provocan una noche de vigilia.
Castaño tenía muchos prados para el verde del ganado y para el heno; y varias pomaradas cayendo en una ladera tendida hacia la carretera que llevaba a Gijón. A una de esas pomaradas, y casi con el verano ya vencido, iban los muchachos a robar manzanas en hora de siesta, que era cuando el personal aprovechaba para esa trasposición reparadora del sueño después de comer, y así, entre el sosiego general y después de quedarse muy quietos durante unos instantes, atisbando por si el tuerto andaba por allí, salvaban la saltadera desde el camino hasta un aucaliptal anejo, y de éste, a la pomarada de Castaño a través del hueco dejado por un antiguo corte en la alambrada de espino que hacía de linde entre arboleda y prado, mientras el corazón se te salía del pecho por la zozobra. Había sobre todo manzanos de reinetas, que eran las mejores para las muelas hirviéndote en la boca con cada mordisco porque aún estaban ligeramente verdes; también para el estómago, por lo digestivas que resultaban; y además eran las que mejor sidra daban. El acopio se hacía ciñendo bien la camisa al pantalón y dejándole un cierto vuelo; que de esta manera dentro del seno iban introduciendo las manzanas hasta que la camisa ya no podía más, y antes de que los botones quebraran y se fueran todas las manzanas al suelo. La descubierta no duraba más allá de diez minutos, y en más de una ocasión hubo que salir a toda prisa hacia el eucaliptal al oír los ladridos del perro del aldeano. Por nada del mundo hubiese dejado Horacio que Castaño le identificase como uno de los que le robaban la fruta, para luego tener que ir al día siguiente a su casa a por la leche.
Herminia y Castaño tenían dos hijos. Enedina era ya algo mayor, pero Casimiro era condiscípulo de Horacio y algo tímido, aunque se le daba bien la aritmética, y así había sido de los primeros en entender aquello de la regla de tres directa de “se multiplican los medios y se divide por el extremo”, que tanto le gustaba repetir a don Eduardo.
Castaño murió años más tarde haciendo fuego en el monte mientras rozaba matorral con que luego estrar las cuadras del ganado. Hace ya ni sé los años que esa labor no se realiza en el campo, como otras muchas, porque desde tiempo se compraban fardos de paja que amén de alimento servían para lecho de los animales. Pues como digo, se encontraba solo en estas labores; Ni Enedina ni Casimiro vivían ya con ellos, y así la soledad en el monte como en los mares es una aliada estable del riesgo. Él, de viento, no entendía casi nada; eso quedaba para la gente del puerto. Eso de que si rolaba o no, si cambiaba la línea del fuego, o si con el viento de determinada dirección podían coger las llamas más arboladura y espesor y terminar por atraparte no habían entrado en sus cálculos. Así que en la aldea vieron una columna de humo demasiado grande y que Castaño no llegaba a casa siendo ya casi anochecida.
Don Eduardo, el maestro, era, según dijeron, falangista; tenía la nariz afilada y un bigotillo un poco ridículo; el pelo negro, todo hacia atrás peinado y unas pupilas que delataban carencias. Y cuando llegó al pueblo vestido con una chaqueta de paño con las coderas demasiado pronunciadas por el uso y unos pantalones con exceso de brillos no causó buena impresión a casi nadie; aunque a fuer de ser sinceros tampoco causaban buena impresión los guardias civiles, con mucha mala uva y la mano demasiado suelta. Había cinco o seis en el pueblo, y un cabo. Repartían hostias, ya digo, a la primera de cambio, y que no le pillaran a algún pescador con una captura que no fuese estrictamente pesca. Era el caso por ejemplo que ocurría cuando iban a los centollos por primavera, por marzo más concretamente. Los centollos se capturaban con un garabatu utilizando para la visión del fondo del mar un artilugio al que llamaban “espejo” y que consistía en un tronco de pirámide en cuya base menor se había colocado un cristal sujeto a la manera en que se hacía con los vidrios de ventana, y que aportaba estanqueidad al conjunto. Tal “espejo” se situaba en un costado flotando sobre el agua con el cristal hendiendo la línea de la misma, que así se alisaba su enrizamiento para alcanzar diafanidad en la visión, y con el pescador de turno volcado sobre el carel del bote donde había colocado un cojín para alcanzar cierta ergonomía en la postura, la vista a la altura de la base mayor del tronco de pirámide y sujetando el artilugio con sus manos. Se iba costeando con el bote a escasa profundidad y aprovechando siempre la situación bonancible de la mar para que así los fondos resultaran bien visibles. A veces en lugar de la visión de fauna y flora marina, lo que llegaba a los ojos de los pescadores eran los restos del naufragio de un mercante, el Chío, que había zozobrado en los años cuarenta y del que, reducida su estructura de acero a menudencia sin valor alguno entre los golpes de mar y la corrosión, podían aparecer en cambio trozos de plomo o cobre, que eso sí que te lo pagaban bien los chatarreros. Total, que si habías tenido suerte, habías cogido unos cuantos centollos y además llevabas unos kilos de chatarra, pues eso, que habías hecho “la marea”. Pero luego llegabas a puerto y tenías allí indefectiblemente al guardia que estaba de puesto en el muelle, y que te hacía descubrir las tablas del panel de la lancha buscando no precisamente qué tamaño tenían los mariscos. Si te la encontraban- que si la llevabas te la encontraban- tenías que ir al cuartelillo, denuncia al canto, multa, y si abrías la boca, un par de hostias, porque aquello se consideraba contrabando, y eso durante la Dictadura era algo grave, no importaba que sólo se tratase de unos kilos de cobre. A veces, mientras faenaban con cualquier arte, venían a la deriva hacia tierra fardos de caucho o esperma, e incluso tablones, procedentes de las bodegas de algún mercante hundido durante la segunda gran guerra.
En tal caso, y como la cosa era de bulto, se trataba de arribar con ello a algún lugar propicio de la costa antes de entrar a puerto, descargarlo y ocultarlo de la vista de los guardias. Pero, ay, si te descubrían. Que una vez, según contaban, descubrieron los civiles que en un hórreo de la vecina parroquia de Oles que era propiedad de un paisano del lugar que se llamaba Custodio se hallaba a buen recaudo, esperando la ocasión de contactar con un comprador, un gran fardo de goma. Quiso Dios que, estando a tope de sidra en un chigre en el que a la sazón se encontraba la “pareja”, se le soltara la lengua a uno de los tripulantes de la lancha que había “pescado”el fardo. No solamente decomisaron la cosa, sino que cada uno de los pescadores recibió en el cuartel la correspondiente paliza, supongo que cargada de bombo al sentirse en este caso burlados los civiles. De las hostias se encargaba fundamentalmente un guardia apellidado Martínez, que se ensañaba sobre todo cuando iba ya con unos cuantos “culinos” de sidra, y que si la ceguera que alcanzaba en medio de la tunda era mucha o, simplemente, se hacía daño con los puños, entonces recurría al fusil agarrándolo por el cañón y utilizándolo así de mandoble. En tal caso, y con el silencio cómplice del médico de la villa, allá que se quedaba en cama unos cuantos días el pobre de turno mientras su mujer le ponía cataplasmas a sus moratones y paños calientes a sus maltrechos huesos.
De aquella paliza tan sólo se libró el padre de Horacio, a quien pertenecía la lancha captora; y se libró porque su mujer era amiga de una hermana de Martínez, quien al verlo entrar a la sala de hostiaje del cuartelillo le mandó irse a su casa con la advertencia de que aquello no se volviera a repetir.
Don Eduardo, sin embargo y al fin, logró hacerse de amigos, al contrario que los civiles que cuando se fueron se llevaron las mismas simpatías que al venir. Y no fue mal enseñante. No sabría decir por qué disciplina sentía predilección, que estas cosas casi siempre se les notaban a los maestros de escuela por aquello de incidir más en la materia en la que más fuertes estaban.
VIII
Querido Pedro:
El grupo escolar del pueblo era de niños y niñas, con locales para viviendas de los maestros en la parte alta, aunque curiosamente, y sin saber yo muy bien por qué, aquello no se había terminado de habilitar para vivir, y como el aula de las chicas, también incomprensiblemente, estaba algo desvencijada, la maestra enseñaba en el local correspondiente a la vivienda situada sobre la clase de los chicos convertida así en improvisada escuela.
Tenía el maestro las manos curiosamente finas, y en una de ellas lucía un sortijón con una piedra roja que destacaba cuando, al hacernos reunir en derredor de su mesa para explicarnos las cosas, se ponía en los prolegómenos a ordenar cartesianamente las gomas, lapiceros y reglas que tenía desparramados sobre su escritorio, mientras carraspeaba levemente. Carecía de tenacidad para la enseñanza y algunos que eran duros de mollera se quedaban atrás machacando el “Rayas” bajo la tutela de los avispados de la clase. Volvía a reunirnos alrededor de su mesa para tomarnos la lección, para la lectura, para las lecciones de geografía ante el mapa, o frente al encerado para explicarnos las matemáticas, o para que resolviéramos alguna operación. No recuerdo que marcara a nadie con la regla de baquelita con cantos de latón que tenía sobre su mesa, pero a algún listillo le caía alguna bofetada si don Eduardo se daba cuenta de que era el causante de que subiese el rumor de las charlas mientras a lo mejor él se había quedado un poco traspuesto, o simplemente
permanecía distraído mirando a través de uno de los dos balcones que casi siempre permanecía abierto y desde el que se divisaba perfectamente la explanada del puerto.
La escuela era de orientación marítima para los chicos, que allí aprendías la rosa de los vientos, los nudos y cosas así, y en manualidades, los que ya por entonces eran “manitas” construían maquetas de vaporas en madera que, una vez pintadas, se colocaban en estantes quedando como recuerdo en la escuela con el nombre del autor. Las enciclopedias te las prestaban allí, así como los libros de lectura. Tú sólo tenías que llevar la pizarra, las plumas de corona y los cuadernos; uno para los dictados y otro que era el de caligrafía. Eran los pupitres para dos alumnos, con respaldo y apoyapiés a modo de escabel, y disponían de un tintero encastrado en la parte superior central para que pudiesen mojar en él los dos alumnos. Hacíamos la tinta con unos polvos y agua, y se guardaba en un bote, y de allí se iban rellenando los tinteros según necesidades. A primera hora, a las nueve de la mañana, don Eduardo pasaba lista y había que contestar “servidor de usted”. No la pasaba por orden alfabético. Él tenía colocada la clase en orden de listeza, y de las tres hileras de pupitres, los dos alumnos más aventajados de la clase ocupaban el primer pupitre de la hilera central; a continuación los dos alumnos del primer pupitre de la hilera izquierda, y luego los dos del primero de la derecha, y así sucesivamente. Las incidencias en la asistencia quedaban reflejadas en un estadillo que tenía sobre el escritorio.
Por mayo, que era como se sabe el mes de las flores, don Eduardo mandaba colocar una pequeña imagen de la virgen, que permanecía guardada el resto del curso en el armario de los libros, sobre el alféizar de una ventana situada cerca de la puerta de entrada, y nos enviaba luego a buscar flores al campo y colocarlas a los pies de la imagen, mientras cantábamos “ con flores a María que madre nuestra es”. Íbamos, tanto a por las flores como a los juegos del recreo, a las ruinas de la iglesia del pueblo distantes menos de cien metros cuesta arriba de la escuela.
Quedaban, de lo que había sido el edificio, cuatro muros medio derruidos. La iglesia, construida al final de los años veinte en el barrio de San Roque, donde como digo se encontraba también la escuela, fue quemada en el treinta y seis durante el periodo de eclosión de quema de iglesias en Asturias y también en el resto de España.
No la quemó nadie del pueblo, faltaría más, que la gente en general era creyente, y la que no, respetaba las cosas.
Vinieron unos “milicianos” de Villaviciosa al frente de los cuales iba un tal Trabanca, y entre la exhibición apabullante de correajes y fusiles subieron al tejado a través del campanario, y, después de haber destejado una zona, la rociaron con gasolina y le prendieron fuego ardiendo todo el artesonado como yesca; luego hicieron lo propio con el coro , los retablos y las imágenes. La confusión entre los feligreses, y por qué no decirlo, el miedo, fueron los aliados más fieles para tales desmanes y para que se consumase el desastre sin que nadie moviese un dedo por apagar el fuego. Más tarde se supo que el tal Trabanca se había convertido en el falangista más furibundo, tras la entrada de los “nacionales” en Asturias en el 37.
Las niñas, como ya dije, debían ocupar el aula de al lado pero el local no estaba ni mucho menos en condiciones porque yo creo que tenía hasta goteras procedentes de la vivienda de arriba. No nos mezclábamos con ellas, que salían al recreo a hora distinta a la nuestra y jugaban en la parte de atrás, aunque sí las veíamos a la hora de entrar o salir, que esa era coincidente. La maestra era ya una señora mayor, que es que la llamábamos “la señora”, y la recuerdo siempre con sus anteojos cuando, al faltar don Eduardo porque estuviese enfermo o por cualquier otra circunstancia, ella debía ocuparse también de los niños, y entonces íbamos todos juntos, niños y niñas, al aula de ellas. Aquello era una debacle, y no lograba la pobre maestra mantener un mínimo nivel de ruido, y pienso que bastante hacía con evitar que no destrozásemos el mobiliario Era precisamente “la señora” la que trataba de inculcarnos a todos el tema del ahorro, y a través de la Caja de Ahorros de Asturias se nos proporcionaron unas libretas en los recuadros de cuyas páginas se iban pegando sellos que nos vendía la maestra por valor de dos reales o una peseta.
Las primaveras ribereñas en los cincuenta, querido Pedro, eran de un cierto remanso, si es que entonces se podía decir tal cosa de algo. Y en un lugar de pescadores eran también de olores a salitre, a frescura, a pescado del día y a pescado seco, que alguno se ponía a orear en los corredores de las casas para comerlo en invierno con garbanzos o alubias al modo en que se hacía con el salazón de bacalao.
En pleno vientre de la estación reina, íbamos los chicos a esperar la llegada de las motoras que habían salido a la sardina poco antes del ocaso. Era por junio, y por ese mes se iba al abareque, que era una red de malla confeccionada en algodón que se largaba en línea entre dos aguas sobre fondo arenoso, aprovechando la corta migración que al atardecer emprendía la sardina hacia tierra. Ya de anochecida, la visión para los peces litorales resulta escasa, y las redes, a las que se les daba cada dos años un tinte marrón oscuro, suponían así una trampa mortal en el momento en que el banco de pesca viraba casi a ciegas de nuevo mar adentro. Si habías soltado el aparejo en una línea que les cortase la retirada, pronto al ardor del agua se veía el cabrilleo que producían los pobres animalitos al engancharse y tratar inútilmente de zafarse antes de quedar agotadas o de morir en pleno esfuerzo; y también cómo el peso de las inermes prisioneras hacía que se hundiera el sardinal y se perdiesen de vista las boyas que a modo de flotadores trataban de mantener los aparejos sobre el agua. Así, de esta forma, sabían los pescadores que las redes tenían captura, y, casi inmediatamente, procedían a izarlas a bordo en medio de la tenue luz de un farol de carburo colocado sobre un mastilillo en el codaste.
Si la pesca no era excesiva, al recoger las artes, se iba despescando una a una las sardinas, a la vez que las redes se estibaban sobre el panel de popa. Si por el contrario venían a esgalla de pescado, entonces se recogían sin más, y así de apreturas se regresaba a puerto para una vez allí proceder a la despesca total. Cuando regresaban las lanchas era ya noche cerrada, y entonces bajaban los chicos corriendo hacia la ribera porque la sirena de la rula avisaba de la inminencia de subasta en lonja. Y veían cómo desenmallaban el pescado en los muelles de atraque donde abarloaban los pequeños barcos, para lo cual uno de los tripulantes se situaba en lo alto del muro y cobraba poco a poco la red, en tanto que sus compañeros en la embarcación rescataban limpiamente de la misma los peces que saltaban aún al caer al panel de proa dibujando brillos de plata y azul en la semisombra del alumbrado mortecino de los muelles y el farol de abordo, mientras el penetrante olor de aquellos pescados azules recién cobrados a la mar en el Cantábrico preñaba el ambiente. A las sardinas se las desenredaba mediante dos limpios movimientos; uno, hacia delante para librar al animal de la malla y el otro, mediante un leve giro de muñeca haciéndola pasar limpiamente por la diagonal del cuadrado que formaba el mallazo. Así se conseguía que el pescado llegase a la lonja con la cabeza entera; que si no, el precio podía descender en rula considerablemente, si llegaba descabezado o con las agallas dañadas porque ello suponía la pronta descomposición de los peces.
Libre ya el aparejo, iba uno de los tripulantes con la muestra a la lonja para la subasta, mientras los demás terminaban de llenar las cajas de pescado, las izaban al muelle y arranchaban un poco la embarcación. A los redales se les daba una primera pasada con la misma agua del mar y se los dejaba así sobre la motora para ya al día siguiente aguazarlos en el rio y tenderlos a secar al sol hasta la tarde, en que con sumo cuidado se los estibaba sobre el bote para facilitar su posterior largado.
Llegaba la algarabía a la rula cuando las muestras de pescado llenaban el suelo de la lonja. Salía el secretario de la cofradía y ponía orden antes de la subasta. Se rulaba cada lote de embarcación partiendo de un precio supuesto y se iba descendiendo en reales – veinticinco céntimos de peseta -, y lo hacían siempre las mismas mujeres, mientras el secretario tomaba nota: un bombo central albergaba las bolas numeradas que dispuestas en nichos radiales se hacían susceptibles a unos pulsadores situados tras la balaustrada del pequeño anfiteatro desde el que los mayoristas participaban en la subasta.
Aquellas mujeres actuaban a veces a su vez de mayoristas, y podían optar también a la venta, si en un momento dado, mientras iban cantando el precio, y sin que el ruido del pulsador anunciase la salida de una bola del bombo, gritaban: ¡miu!. Entonces se quedaban ellas con el correspondiente lote de pescado.
Cova- por Covadonga – era una de aquellas mujeres. De mediana estatura, fortachona y algo patizamba, iba siempre de negro como casi todas las mujeres en el pueblo, pasados ya los cuarenta, o antes si habían enviudado. Lo cual que yo nunca supe en realidad si Cova era soltera o viuda porque- aparte de no haberla visto nunca con ningún hombre – pienso que había cumplido ya entonces los cincuenta; esa edad indefinida para los ojos de un niño que representa la foto fija del viejo estancado siempre en la misma edad…; hasta que te dicen que se ha muerto.
Cova pertenecía a un reducido grupo de mujeres que debían ir poco al rio a lavar su ropa, pues tenía un olor corporal característico: una mezcla aromática entre sudores añejos y orines secos de varios días impregnando los vestidos. Olía, lo que se suele decir, a demonios, cuando pasabas a su lado; que no se llegaba a saber si en realidad no se cambiaban las bragas o simplemente no las usaban;así cuando tenían ganas de orinar lo hacían sin más, y parte de la micción se quedaba mojando el faldamento sin llegar al suelo, y luego al secar, pues ya se sabe…. Sea como fuese, era la cosa de dominio público, pues que alguna vez se comentó en nuestra casa el olor que despedían Cova y algunas otras, aunque aquellas señoras gozaban de cierta comprensión, y su pestilencia formaba ya parte del paisaje general de lo insalubre, tan propio de los tiempos.
Horacio, amigo Pedro, recordaba a su madre con el gran barcal de ropa sucia sobre su cabeza, camino de algún pozo del río – cuanto más arriba en su cauce mejor – y cómo regresaba con las manos enrojecidas, sobre todo en invierno, con el martirio añadido de los sabañones, y después de restregar infinitamente la ropa contra la lavadera de pino que cada mujer tenía en su casa. Pasados los años, terminaron por habilitar bajo el puente que conducía al barrio de la iglesia unos lavaderos de hormigón, desviando por medio de una tubería parte del cauce del río.
Así las mujeres lavaban un poco más confortablemente estando al abrigo de lluvia y heladas.
Contando con esa dificultad de ir a lavar al río, no era de extrañar por tanto que determinada gente tratara de estabilizar la suciedad y los olores de la misma en la ropa, economizando esfuerzos en tiempos donde el mucho trabajo requerido para sobrevivir no admitía la distracción en tareas menores.
El aseo de la cara era diario, y de jofaina y palangana. El de tus partes, creo recordar que semanal, y con un balde de acero galvanizado, aunque por lo dicho de la roña estable, no te hiciese mucha falta lavarte, la verdad.
Digo que las casas disponían de una palangana en la cocina, con jofaina al fin o sin ella, y un caldero de cinc con agua que, al menos para beber y cocinar, había que ir a buscar a la plaza, donde había un caño que vertía más bien escasamente y para todo el pueblo. Luego, como para el aseo y cosas mayores, pues al río, con cuya agua terminaba por llenarse un barcal grande como el de ir a lavar la ropa. Para hacer tus necesidades, pues al final del corredor, en la parte alta, había un retrete donde casi tenías que entrar conteniendo la respiración, una taza y recortes de papel de periódico o de papel de estraza, que hasta que llegó “el Elefante” no hubo templanza en nuestras abluciones. Aquello era de caída libre y se recogía en un pequeño pozo negro que había a la entrada de casa.
El componente líquido de la cosa iba saliendo como por una especie de aliviadero, y tras salvar algún que otro camino, pues que terminaba en el río, que es al fin donde terminan casi todas las cosas. Bueno, en realidad no terminaban en el río, que el río vertía en el mar…Las cosas mayores se libraban por medio de baldes, y, con pañuelos en la boca a modo de mascarillas, la gente las distraía donde buenamente podían.
En algunas casas, en la puerta, había una corrada o corralada, que era un espacio cerrado con piedras, dedicado en principio al cultivo, y adonde, al conocido grito de “¡agua va!”, iba a parar el contenido de los orinales colmados con las micciones nocturnas; lo cual no dejaba de ser una forma de respiro para el pozo negro, que también se veía aligerado con las costumbres que los hombres del pueblo tenían de aliviarse en terreno público, si es que les daba el apretón en la ribera o por los muelles, o simplemente por economía de esfuerzos; pues justo a dos palmos, como aquel que dice, de la rula había un terreno en forma de montículo, cercado por un muro con una entrada libre, propiedad de la Junta de Obras del Puerto, o algo así, donde nunca se llegó a construir nada, y que terminó siendo defecadero general, donde podías tirar el
pantalón con total libertad, en plena socialización de lainmundicia. Sorteabas al entrar los restos mirando de no “cortarte” y haciéndote a los olores, que a los olores te hacías bien, entre la intemperie y el acomodo de la pituitaria a los aromas habituales, como ocurría con las tripas de pescado que terminaban por doquier pudriéndose con hediondez.
IX
Horacio se levantó temprano aquel día con intención de dar una vuelta por el campo. La caminata de media hora que debía hacer a diario por consejo médico quería dedicarla esta vez a patear un poco los caminos forestales, adentrarse en los prados y escuchar los trinos de las aves entre la arboleda. La primavera había llegado con su impacto de aroma y frescuras, y cuando abrió la puerta de la cocina que daba al jardín pudo comprobar la humedad matinal que el rocío de la noche le metía en el cuerpo con el hálito de la primera inspiración al aire libre. Su mujer permanecía aún en el dormitorio en ese duermevela de primera hora en el que la consciencia pretende administrar muy lentamente los recursos vitales. Tras desayunar se fue al baño y se arregló un poco la barba antes de ducharse. Llevaba con ella toda la vida porque el afeitado había sido para él un auténtico sufrimiento durante años, sobre todo a la hora de rasurarse el cuello, que terminaba por quedársele cada mañana en carne viva. Ahora simplemente eran las tijeras, un poco burdamente, las que daban cuenta periódicamente de aquella labor. El espejo, siempre el espejo, le devolvía otra vez una imagen poco reconfortante. Pasaba por alto su calvicie, humillación a la que ya se había acostumbrado con los años, el tono apagado del cutis y el triste cepillado de los dientes, convertido con el tiempo en una operación puramente exterior a su boca. Pero eran los signos que el paso de la enfermedad había dejado en su rostro lo que le llamaba más la atención: esas líneas profundas casi cinceladas sobre el declive de la piel que se habían modulado en la incertidumbre, los temores, el dolor y el deterioro orgánico. Y, ay, sobre todo ello, el envejecimiento, sin solución, como una enfermedad sin cura mientras se va vislumbrando el horizonte cercano de lo irremediable. Se resistía a reconocer el tiempo que le quedaba; sabía que era inevitable en cualquier caso la aparición de una nueva crisis cardiaca, y que otro episodio como aquél podía ser el definitivo a su edad.
Pero sacando arrestos de lo más profundo para superar la idea de aquello contra lo que se rebelará de por vida, el ser humano concibe en lo impensable, lo onírico, y en lo lejano, lo imposible, como remanso temporal al pensamiento fatalista. La naturaleza te deja recobrar así cierto resuello permitiéndote alejarte de lo más terrible para el ser humano que ya se sabe mortal al nacer. De tal manera, va alternando sus pensamientos negativos con otros de signo más optimista; cambiando con la edad su escala de tiempos para reducir las vivencias en un corto espacio de medida: a una gradación más corta, un año es un siglo, y en veinticuatro horas se puede vivir toda una vida; se ven los trazos muy gruesos, y el mismo detalle, insignificante en magnitud normal, se extiende en profundidad en el corto plazo. Horacio abandonó el espejo, y su imagen se perdió en lo improcesable por inexistente, escondida en el desván de la memoria a corto. Antes de salir pensó en subir al dormitorio; su mujer podía acompañarlo. Ella abrió los ojos y se lo quedó mirando con esa expresión que era por un lado cariñosa y por otro reflejo de una cierta opacidad en los pensamientos; pensamientos que Horacio no lograba nunca desentrañar. Algunas veces le preguntaba por ello esperando en cada nueva ocasión la respuesta sincera que Blanca siempre le hurtaba, o al menos eso creía él: “Nada, no pienso en nada…,Ya te lo he dicho muchas veces…”. Él siempre pensaba en una respuesta más franca, como si la mujer hubiese adquirido de repente la claridad del espejo, y así, confesándose cada mañana, encontrase en su explicación la diaria complicidad que terminaría por ayudarlo a sobrevivir…
Debía ser cosa más bien de su nulo conocimiento del alma femenina. Algunas veces se preguntaba qué harían al respecto el resto de los hombres. Y la respuesta era que ellos no sabían absolutamente nada de las mujeres; no ya intuir el contenido de sus pensamientos más íntimos sino tan siquiera adivinar sus más inmediatos deseos. Vives al fin con una persona de la que terminas por ignorar casi todo. A veces se encontraba a sí mismo mirando con fijeza aquel rostro marchito tratando de escudriñar un alma que se le resistía al análisis. Recordaba haberle preguntado en alguna ocasión por esas cosas que las mujeres consideran, o tal vez mejor, consideraban, demasiado íntimas, producto quizá de un tiempo en que el recato y la salvaguarda aseguraban la integridad que se les debía suponer. Eran tiempos en que las mujeres habían sabido esconder, con una discreción que a ellos les faltaba, las páginas de su diario anterior: el pasado que se guarda inviolable para rescatarlo a veces y por qué no, como les ocurre también a los hombres, revivirlo con un cierto regusto más o menos placentero en la intimidad. Y en cada ocasión, y cuando ya las preguntas habían salido de su boca, se daba cuenta de su improcedencia: no debes preguntarle a una mujer por sus aventuras anteriores. Es un error. Su opacidad forma parte de su dignidad. Pero él lo volvía a cometer una y otra vez cuando los derroteros de la conversación los conducían a ambos hasta esas orillas, y cuando ese carácter suyo tan directo terminaba por traicionarlo una vez más. Lo de ellas es una cuestión de sabiduría y de afectos: se ahorma en madurez, esgrimiendo sabiamente las fintas precisas para dejar en la sombra aquellos pasajes de su vida que al fin terminarían por serle incómodas a sus compañeros, y se consolida en sentimientos, con esa largura vital para poner afectividad donde el varón sólo encuentra simple implosión genésica. Horacio había conocido a Blanca al comienzo de los setenta, poco después de haber llegado él a Galicia. Con apenas treinta, las moscas no se posaban aún en su cabeza, la vida se le hacía eterna, la vitalidad inconmensurable, y el cuerpo le iba acompañando como molde insensible en un trayecto que nunca se veía acabar. Bailaron en una fiesta popular toda una noche. Después, mucho tiempo después, vinieron otros encuentros, y otros; fueron saliendo, y ya entonces Horacio empezó a no enterarse de nada, tan sólo a darse cuenta de lo mucho que le encandilaba aquella mujer.
Él se había integrado por necesidad, y como pudo, en un mundo que no era el suyo tratando de establecer los vínculos elementales para una convivencia que podía durar años. Vivió con cierta sorpresa al principio la erótica gestual e instintiva de los gallegos, terminando al fin por casarse con una de sus mujeres. Siempre le fascinó aquella sutileza en la expresión, ribeteada de circunloquios que entre disculpas y preguntas obvias abordan al interlocutor como evitando causarle molestia. Respetó el estoicismo gallego ante las dificultades de la vida, y pudo admirar su grado de aceptación de lo irremediable como parte de la propia existencia. Se sació del delicado paisaje, y pudo henchir su alma con los densos aromas de aquellos montes, cuando la eclosión de la primavera entre paleta y perfumes dobla el ánimo, alicaído por el telar plomizo del invierno: aquellos brezales púrpura en las laderas del Bibey, que hacia Trives rompían en fragancia sobre los húmedos y suaves olores del musgo ascendiendo desde el río; tojales y retamas en manto interminable y dulzón en las Rías Bajas; motas de oro por doquier en los retículos seminales de los pinos, en esa Galicia eterna, cuando en el oriente del año, y desde lo alto de sus copas hacen de siembra montes y caminos, y de bálsamo componen musicalidades que terminan por dulcificarte la vida. “Podríamos ir a dar una vuelta por el campo… Ponte algo grueso. Hace fresco, y hay algo de humedad. No llueve… ¿sabes?…” “Voy ahora. Caliéntame un poco de café con leche y ponme unas tostadas. Bajo enseguida…” Ya abajo, ante la ventana medio abierta de la cocina, el hombre se vació en ideas mientras escuchaba el canto de los glayos en medio del bosque, y sus pensamientos seguían resbalando pendularmente desde la niñez hasta el ocaso, o viceversa, tropezando en los escollos que casi irremediablemente le había puesto la vida, y arribando en los hitos de los que, sintiéndose satisfecho, libaba retrospectivamente la energía necesaria para seguir. Se puso a prepararle a Blanca el desayuno, y encontró en ello el soplo esperanzador del día. Era la condición humana. La vida: Un tiempo para el desenfreno; otro para lo lúcido; uno más para la tristeza. Y, casi al final, recursos fugaces que actuando de palanca te empujan hacia delante…
Le llegó la jubilación después de una etapa larga de madurez en el País Vasco. Por entonces aún existía la Caja Única de la Seguridad Social, que se había ido al traste con el tiempo en compañía de otras muchas cosas. El nombre de España había sido borrado del papel y su historia olvidada en las conciencias, y, tras la aprobación de los estatutos de nueva generación y la aparición de embrollos territoriales de las regiones devenidas en realidades nacionales y demás, el Estado, al quedar privado de gran parte de sus competencias, también perdió su capacidad para arbitrar en los conflictos interregionales. Al no existir un Estado común se habían multiplicado los choques jurisdiccionales y los conflictos entre territorios sin posibilidad alguna de resolución legal, lo que de hecho llevó a la inestabilidad, la arbitrariedad y el recurso creciente a los hechos consumados por parte de cada gobierno local: el blindaje de los ríos, la rotura de la caja única de la seguridad social y la partición del ejército, fueron la consagración de una especie de confederación de naciones ibéricas independientes. Cuando le tocó el turno a Blanca [de jubilarse] había ya una especie de disolución general que afectaba sobremanera a los jubilados: en las mininaciones sólo se hacían cargo de los haberes pasivos en función de los años cotizados en su propio territorio. Lo cual que para nuestros dos viejos ello significaba que eran ahora ciudadanos de ningún sitio, apátridas funcionales que, viviendo en Galicia, cobraban los haberes de pensionistas devengados en Euskadi donde habían trabajado la mayor parte de su vida laboral pero donde no se les reconoció el tiempo no cotizado en aquella comunidad en la que, aún así, debían seguir pagando sus impuestos. En cuanto a los gastos sanitarios, eran acreedores al derecho en el País Vasco, y con el demandado en Galicia debían afrontar solidariamente ese coste, para más tarde, y tras un costoso trayecto burocrático, resarcirse de él mientras las contabilidades regionales se avenían a compensarse entre ellas.
Las regiones, que, como en el caso de Asturias, se habían cansado de proclamar su españolidad y su renuncia a debatir sobre definiciones identitarias, se vieron arrastradas por su excepción al hecho común, y cuando los desequilibrios en la balanza de sus cuentas de seguridad social se hicieron patentes al tener que hacerles frente in solidum, el importe de los haberes de los pensionistas hubo de regularse cada año en función de los ingresos por población activa… Blanca llegó por fin a la cocina. Horacio le sirvió el café con tostadas. Se había arreglado ya un poco. El día parecía de promesas y buen ánimo. Los dos se enfundaron sendos jerséis y unos chubasqueros y salieron al exterior. Un tordo que picoteaba bajo el gladiolo alzó el vuelo al sentir la presencia de los ancianos, mientras los gorriones anunciaban groseramente el nuevo día desde los canalones del tejado.
X
Hace días, un amigo asturiano me recordaba uno de mis demonios, Te sumerges a menudo en el pasado, casi diría que te recreas en él…Sí; es cierto, aunque trato de estar aún en esa línea en que tienes todavía más futuro que pasado. Cuando es el pasado lo único en tu vida, te mueres y punto. Así es la vejez…
Estábamos de tertulia. Una tertulia larga, densa, sacando nuestros pensamientos, todos ellos; eso que el hombre de hoy ya casi no hace. Las tertulia corrientes ahora son como las de los txikiteros, son como las de Bardem y sus compas parados, es el diálogo sobre la nada, como la vida; nos queda la tele para no morirnos de tedio y de angustia, con el mando a distancia para ahogar lo que nos preocupa y no podemos contar a nadie, porque nadie quiere escuchar batallas.
Nos sentamos a cenar a las nueve y nos dieron las tres, como a Sabina. Y hurgamos en la historia, en nuestra historia. Y siempre, o casi siempre, deviene la Guerra Civil. El recuerdo de aquéllos a los que les robaron la vida y el futuro; y a nosotros, a algunos, retrospectivamente, también nos robaron el pasado; por eso escarbamos en él, buscamos la huella…
Días antes de la entrada del general Aranda en Gijón, hecho que tuvo lugar el 21 de octubre de 1937, las poblaciones costeras asturianas ya venían sufriendo un continuo hostigamiento por parte del buque de guerra franquista Almirante Cervera, mediante el cañoneo sistemático del litoral que aún permanecía bajo control de la República. En una de aquellas acciones, el 5 de octubre, el crucero ligero, al que se le conocía por el sobrenombre de “El chulo del Cantábrico”, debido a la ausencia de contrincantes cualificados que le pudiesen hacer frente, avistó mar adentro y a la altura de la punta de la Entornada, al buque mercante Mar Cantábrico, quien venía realizando labores de información para la marina republicana a lo largo y ancho del mar de su propio nombre.
El Cervera conocía desde hacía meses las actividades del pequeño carguero, aunque éste siempre lograba burlarlo, al abrigo de puertos inaccesibles u hostiles para el gran buque.
La nave nacionalista inicia la persecución a toda máquina, a los 34 nudos de velocidad de que eran capaces sus turbinas, y cuando cree tener al mercante a su alcance, empieza a dispararle desde proa con sus torres Vickers de 150 m.m.
El Mar Cantábrico, atosigado por el potencial de guerra que suponía aquel navío ,inicia una maniobra de evasión navegando en zigzag para evitar ser alcanzado.
Pero se veía perdido. Le faltó tiempo para guarecerse en la meandrosa ría de Villaviciosa, por la proximidad de aquel depredador de acero, arribando por contra al pequeño puerto pesquero de Tazones, distante tres millas de la embocadura de la mencionada ría. Su dotación, formada por cinco personas, al mando de un patrón de la marina mercante, apenas pudo inutilizar el sistema de comunicaciones, antes de saltar a tierra y salir huyendo.
A una milla del puerto, pues el calado de su obra viva no le permitía acercarse más, el Cervera se detuvo. Dos de los proyectiles perforantes de una de las torres de proa, destinados con toda seguridad al Mar Cantábrico habían hecho blanco en el muelle del pequeño puerto abriendo sendos boquetes en el mismo. Después el comandante dio orden de arriar al agua una lancha con un tercio de presa que al mando de un alférez de navío puso proa al puerto, abordó al Mar Cantábrico e inutilizó su máquina y lo que quedaba de su sistema de comunicaciones. Más tarde, y mientras evolucionaba a un tercio esperando el regreso de la dotación que operaba en el muelle, tuvo tiempo para lanzar también varias descargas por elevación a las afueras del pueblo, sembrando el pánico entre los 200 habitantes, que con escasas pertenencias emprendieron la huida carretera arriba, con la angustia de pensar que de un momento a otro podía caerles encima la siguiente andanada.
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