boda
En estos días de celebraciones tan convencionales, la gente es que se vuelve de repente extremadamente comunicativa y dicharachera para desearte que lo pases bien, que seas feliz, que tengas un buen año, y bla, bla, bla… Tú mismo, saliendo de tu misantropía, te conviertes en un individuo social y extrovertido que termina por olvidar lo mucho que detestas a tus vecinos, pasando a colmarlos de buenos deseos en la escalera. Por ello no es de extrañar que te encuentres en el supermercado o la peluquería conversaciones a troche y moche entre gentes que durante el año se ignoran, y a las que la Navidad transforma casi en confidentes. Cosas, supongo, propias de una sociedad ciclotímica en la que ha podido calar mucho más el cinismo que la generosidad, y en la que al fin impera la hipocresía sobre la crítica, como regla fundamental del comportamiento humano. De tal manera que en una de esas filas interminables que en estos días hay en todas las tiendas, aún a pesar de todas las crisis, una dama en la cincuentena, de bastante buen ver y perteneciente a  esa clase de mujeres que adoptan, al hablar de ciertos temas, una pose para que los de alrededor  puedan comprobar que está a la última prácticamente en todo, que además lo que está diciendo es lo que hay que hacer porque es lo más conveniente para todo el mundo, y que por si fuera poco te está manifestando con signos inequívocos que las razones para que la sigas se asientan en el hecho de que ella pertenece a gente con posibles de todo orden; pues os digo que la tal señora le enmendaba la plana a la dueña de un colmado. La cosa venía siendo algo así como el “síndrome del desánimo por las bodas sucesivas de los hijos (e hijas)”. Y es que mientras la titular del “súper” relataba la historia de una hija que tiene, y que “llevaba varios años con un novio, y lo dejó. Era un chico buenísimo, entraba en casa, conocíamos a sus padres, estupendos ellos…Ya le dije, no quiero más a nadie en casa, a no ser que te vayas a casar con él, y ya ni te cuento que se case, se divorcie y vuelta a empezar, y haya que hacer bodas…Ya le dije, yo te pago una sola boda y punto…” Mientras, digo, llega aquí la enmienda a la totalidad de la dama en cuestión. Sin esforzarse nada, y para que la escuchara, repito, el resto de la concurrencia, dicta la norma sobre lo que hay que hacer hoy para superar ese síndrome; un buen propósito, supongo, en tiempos de los buenos propósitos, y que es acomodarse a la corriente que se supone imperante, que hoy las gentes han adquirido una especie de fino sentido de la orientación para situarse siempre en el lugar más oportuno, aunque en él no esté la verdad,  y hacer en este caso las bodas que sea menester y con todas las de la ley, con todo el boato posible, y adelantándose por supuesto en tal decisión a los futuros consuegros con los que has hablado del tema, y que por no quedar mal responderán “por supuesto”. La dama, muy propia y con total suficiencia, le espeta en fin a la comercial: “…ve acostumbrándote… ¿Vas a perder el cariño de un hijo (hija) por negarte a hacerle una boda más…?”. 
Y entonces piensas que esto de hacer bodas(varias) a los chicos(y chicas) por todo lo alto a costa de los padres puede resultar más que preocupante para los progenitores y sus bolsillos, en tiempos en los que a la crisis económica galopante se suma la de los niños o niñas que se te pueden casar hasta un par de veces en un año, tras haberlo dejado por un quítame allá esas pajas, y que pretendan además inmortalizarlo con los consiguientes banquetes de bodas y sucesivos álbumes de fotos. Y mira que (como dice en este caso mi peluquero) hacen esfuerzos las madres para que la cosa resulte bien: trabajan los dos, comme Il faut; ella- la madre-  va y les deja la comida hecha, les hace la compra, y cuando vienen los niños, se los cuida… ¡Que si se los cuida!: le manda a su pobre marido cada día con “correaje y mosquetón” al paseo con el cochecito…Pues ni con esas. Es más. La niña, en los tiempos del flirteo, ha llevado para su mayor comodidad a su(s) novio(s) a casa los fines de semana, y han dormido los dos tan ricamente en su cuarto. Total, y como diría nuestra dama, para qué van a andar a altas horas por ahí pasando frío y tal como está la calle, con el botellón y todo eso…Oye, yo, se meten en su cuarto…yo no veo nada. Y ojos que no ven, ya se sabe. Luego, eso sí, se levanta por la noche el de la próstata inflada buscando alivio, y se encuentra en el baño a un fulano haciendo sus cosas… ¿Quién es usted…? le pregunta, sin salir de su asombro. Yo…yo es que… he venido con Silvia…
Antes de eso, cuando aún había límites, llegó el desarme intelectual de la sociedad hacia un mundo de estulticia. Para terminar escuchando el resultado de las nuevas tendencias socio-educativas en la calle: un padre dirigiéndose a su hijo de tres años, “no estoy dispuesto a pactar eso contigo”; y una madre hablándole al suyo que no había llegado aún a los seis, “…me estás haciendo pasar un día maravilloso, entre comillas”. Casi inmediatamente, sin solución de continuidad, llegó la nueva campaña del condón promovida esta vez por el Ministerio de Sanidad de Bernat Soria, “yo pongo condón”, a ritmo de rap, la cual trata por lo visto de atajar los embarazos no deseados en adolescentes, quienes de tanta información de la que han dispuesto desde que la ministra Matilde Fernández inauguró aquello del “PONTELÓ, PONSELÓ” en el años noventa han terminado por ignorar casi todo. Y es que una cosa es la información y otra muy distinta, el conocimiento; conocimiento que suponemos trata de inculcar a los jóvenes la Generalitat de Cataluña con esa dispensación de preservativos en los institutos: del “Creced y multiplicaos” que nos decían los unos al “follad sin empreñaros”, que nos vienen a decir en definitiva los otros.
¿Qué quieren que les diga? Es lo que hay.