
Dante, en el Infierno
Rescato para esta crisis una carta de ya hace tiempo, un relato de lo inalienable de la miseria en medio de la insensibilidad social; el retrato de los perdedores de siempre, del mundo hasta mañana; o mejor dicho, hasta hoy; el de un Madrid que se queda ciego con la lucífera claridad de un tórrido y estrujante sol de agosto. El mercurio, escalador infernal en el estío de la villa y corte, parece salirse de su vítrea cánula, anunciando en la cresta el propósito emergente de un irreversible cambio climático.
A través del velo contaminante, hiere el sol hasta las conciencias, y acogota el fuelle pulmonar a punto de colapsar la respiración.
Ajenos a todo, los urbanitas de la capital (quizá debiera decir todos nosotros), presos de una rapidez desaforada, temerosos de perder lo que más abunda, marchan enloquecidos en su esclavitud, pensando que van a algún sitio cuando en realidad van todos a ninguna parte; se mueven sin objeto llegando así mucho antes a la barca de Caronte.
¡ Cuán lejos quedaban ya, cuán pasados eran, aquellos fastos por el entronque de la periodista con la realeza, de la unción de la progresía española al óleo de lo azul, del aliño con su atrezzo !
En ese Madrid de contrastes, ese Madrid del faraónico, megalómano, y pitagorínico alcalde de cadeneta y futuro candidato del grupo PRISA a lo que sea, RG, se podía ver por televisión una corrala, en uno de los barrios suburbiales de la capital.
Entran las cámaras primero en una casa de menos de veinte metros cuadrados donde viven tantos como ávidos compradores puedes encontrar en los ascensores de El Corte Inglés un primer día de rebajas. La decoración allí es la mugre y el tono se emparenta con la miseria. El cubículo que hace las veces de baño, donde apenas podrías girarte, sirve a su vez de trastero y despensa, y es un amasijo de objetos diversos en orden de caída que han de librarse para el “aseo”.
Un catre de ochenta centímetros es el sitio destinado para que puedan dormir varios niños de edades diversas.
Después, la crueldad de la cámara se recrea en el pozo séptico comunitario que empezó a rebosar ni Dios sabe cuando, yendo sus aguas a formar parte de la infraestructura del patio. Por eso, el personal, que no puede dejar de defecar porque parece que sigue comiendo cada día, ha decidido horadar las paredes de la casa a la altura del suelo, instalando bocas que a modo de aliviadero actúan de lanzadera cuando le das a la bomba tras hacer tus necesidades, dando así salida a heces más o menos en disolución, subproductos del lavado y otros residuos, que van directamente en parábola y sin previo aviso al patio comunal, lo que ocasiona a veces rociadas de descuido. Estos desagües aéreos dan sostén de este modo a una pátina estable de inmundicia en el suelo comunitario.
La despiadada cámara pinta ahora esos patios en cañón, ávidos de luz, paredes descarnadas con escorrentías de agua que unas tuberías carcomidas son incapaces de soportar, y donde la gente se desparrama al exterior por angostos balconajes que se apuntalan como al vacío, tratando de tomar algo de aire respirable en medio de tanta inmundicia…
No se transmiten olores en el reportaje. Pero intuyes su valor de impregnación; presupones el nivel de pestilencia general y hasta el punto de saturación; que es cuando el olor se “socializa”, se nivela y se caracteriza. Entonces, sólo entonces, te crea insomnio porque el diseño en el hombre, en este caso, no concuerda con el de las bestias.
La vida mancha; pero la mala vida, la vida de arrastre y abyección deja huellas a desgaire y deslustre en la piel; deja un tono macilento y esa mirada húmeda y perdida de vejez prematura.
Se ven luego, con cierto escalofrío, imágenes de la prole jugando entre el lodazal escatológico, y cómo sus progenitores, a modo de último aliento en su condición, tratan de impedir de forma hosca que las cámaras puedan captar tanta degradación, conminándolas a que abandonen el lugar; pues que al fin lo misérrimo, aún conllevado, si no trasciende, ya no lo es tanto.
Piensas, viendo esto, cómo en pleno envilecimiento de la condición humana puede ya haber resorte alguno que te impulse al apareamiento, al coito, a sentir algo de placer y poder engendrar. Si consideramos al hombre como producto sin más de un concienzudo diseño, debemos convenir (y los resultados aparecen a la vista) que el frenesí en la búsqueda del óvulo, enmascarado en la nebulosa de toda la relación sexual, es un vector de mucha más fuerza que el de conservación de la propia vida. Parece como si en tales circunstancias (no quiero decir que sea cierto) más bien se estimulase la libido para que aún en las peores condiciones se salvaguardasen, se transmitiesen los genes.
¿Razones del hombre para seguir viviendo? Sinrazones más bien a las que el “diseño” obliga; espejismos de libertad de un proyecto que nos impide ser felices.
¿Crisis? ¿De qué crisis me habláis, de cuál de ellas, de qué vida y de qué futuro?
“Fácil es del Averno la bajada;
De día y noche a la región oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos a quien Jove con ternura
Vio, o que ardiente virtud, al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.”
(VIRGILIO, “La Eneida”.)
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