EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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ABEDULES

IV 

Querido Pedro:

Tú ya sabes que nací poco después de acabar la Guerra Civil en ese pequeño pueblo de pescadores del norte español cuyo nombre no tengo preciso mencionar y que tú tan bien conoces. La mía era una familia republicana que entre unas cosas y otras aparecía necesariamente incardinada durante la Dictadura en el bando de los que perdieron aquella guerra. Me tocó pues venir al mundo viendo cómo los vencedores sacaban pecho entre las miserias de quienes estaban cada día obligados a agradecer no sólo haber sobrevivido al conflicto sino ver perdonada su vida tras la victoria.

Eran tiempos en que las dentelladas de la tuberculosis y el adobo del alcohol hicieron trizas a tantos jóvenes españoles, en una generación de vulnerabilidades mecidas entre analfabetismo y hambre, sotanas y tricornios. La cruz y la espada, tan presentes en nuestra historia, y siempre con intereses tan convergentes, dieron en pastorear a una sociedad derrumbada de carencias, aquietada de temores y rasgada de incertidumbres, en medio del despliegue de una presión social que las dictaduras pueden convertir más que en intimidatoria, en asfixiante.

Pedro, te diré que las carencias mortificaron aquellos cuerpos ahormando sus conciencias en la resignación cristiana. Y sabes también que aunque se aplica en realidad a la primera mitad del siglo XX un aumento de la población española cifrado en casi diez millones de personas, en realidad la alarma genética tuvo lugar en el 39 después de que la guerra diezmase a toda una generación de hombres jóvenes. Así, aún entre lo misérrimo, las familias empezaron entonces, y sobre todo, a procrear con un cierto empeño, cumpliendo así mandatos de los que aún el hombre moderno difícilmente logra zafarse; estimuladas además por el Régimen y alentadas con ardor desde los púlpitos.

La salida a flote para cualquier joven nacido en los albores de ese siglo y perteneciente a ese segmento social tan paupérrimo era, en el pueblo, irse a navegar para salir de un hogar que en absoluto le garantizaba la supervivencia.

Pero, amigo mío, el trabajo en la marina mercante, dando tumbos entre la ignorancia y el descuido, terminaba con muchos de ellos atrapados por la tisis y con un corto horizonte de vida. Si ello fuera poco, entre puerto y puerto casi siempre caían además, o unas purgaciones, con las que tenías que pechar en medio de aquellos eternos lavajes con permanganato potásico, o, a lo peor, hasta una sífilis, con lo que si no te llevaba el bacilo de Koch terminabas por irte en la barca de los muertos con el pasaporte de la espiroqueta pálida.

Una guerra civil, Pedro, amigo mío, sobre todo una guerra civil, ni a los vencedores libra de la miseria y la muerte cuando al fin no has sido tocado por la diosa fortuna.

Chano fue uno de los perdedores esenciales. De los muchos. Era un tipo alto y desgarbado, muy poco agraciado y con escasas luces, que apuraba la vida entre el puterío y los tragos en cada puerto de su travesía de navegante y casi recién terminada la contienda fratricida. En el pueblo, durante las vacaciones- unos pocos días en verano y otros en navidades-, y a falta de la consabida libertad para la entrepierna que te daban los puertos francos y no tan francos, eran las borracheras la única ocupación durante el día y la noche; o mejor durante la noche y el día. Atiborrarse tanto de bebida y prostíbulos empezaba por doblarte la columna, continuaba por arrasarte el cuerpo, y al fin terminaba por hurtarte la vida mientras compartías alcohol y lecho de cogorza con tus conmilitones; para que al final alguna mujer terminase por cargar con la ingrata tarea de ir al día siguiente al río a lavar el mudo testigo de una noche de bacanal que había convertido las sábanas en un amasijo de algodón moreno, heces sueltas y sangre.

Cuando yo lo conocí, Chano presentaba ya los síntomas de la cirrosis apenas cumplidos los treinta y cinco, y tosía casi de continuo. Estaba ya para entonces bastante amarillo por la ictericia y se le notaba esa hinchazón abdominal que provoca la ascitis por la acumulación de líquido en el vientre. El ardor en la mirada y los esputos sanguinolentos delataban una tisis muy avanzada: tuberculosis y alcoholismo en una generación de víctimas de la guerra, derrotados además por la indigencia y el hambre en un tiempo de incierto futuro. El armador había terminado por despedirlo, y los médicos lo habían desahuciado.

Pedro, recuerdo a Chano en zapatillas, en aquel bar del puerto, asando en la chapa de la cocina de carbón un calamar de dos kilos el día de Nochebuena de 1952, a media tarde. Yo estaba allí con mis padres, probablemente para felicitar las fiestas a alguna gente. Un suéter demasiado raído y unos pantalones de dril con la culera como un colador denotaban el abandono ante lo irremediable. El atuendo, de total desaliento, era propio de quien, incapaz de estar tosiendo de continuo en la cama, se hace a la calle en un impulso de ahuyentación, de huir de uno mismo; o quizá de espantar las ideas, alejar ese pensamiento tan fijo en el angosto futuro que termina por cerrarte todas tus líneas vitales; mantener en definitiva el movimiento para evitar el colapso, aunque eso sí, vencido definitivamente por la enfermedad y las privaciones.

EUROPA REGENERADA

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BUCANEROS 

 

Por Juan Olabarría Agra

 

La recientemente publicada “historia de Europa desde 1945” de Tony Judt podría haber sido, dada la amplitud de materia, un somero manual ennumerativo que se limitase a inventariar fechas, nombres de políticos y lugares donde ocurrieron acontecimientos importantes. Sin embargo el libro reúne las virtudes necesarias para escapar a este mediocre destino: Judt tiene una gran sensibilidad para el detalle, la descripción de las modas o incluso la psicología de los principales actores históricos, pero nunca nos permite olvidar que los detalles son ilustraciones expresivas de algo mucho más general que está ocurriendo en el seno de la sociedad, son partes de un todo, pertenecen al “espíritu de la época”; su mérito principal consiste en que es capaz de tejer en el mismo telar muy diversos materiales (economía, política, cultura, relaciones internacionales) mostrándonos que, a pesar de su diversidad, forman parte de una misma trama.

Europa occidental se autodestruyó durante la primera mitad del siglo XX y fue reconstruída durante la segunda. La devastación material y moral de Europa en dos guerras mundiales había tenido su causa y origen en la mente de los propios europeos, dominada por el extremismo ideológico, y por el culto romántico a la violencia, bien fuera patriótica o bien revolucionaria. Desde 1945 Europa, una vez consumada su autodestrucción, pierde también su autonomía: en el Este, ocupado por el ejército rojo, se imponen dictaduras comunistas que llevan al estancamiento económico y a la frustración política. Cuando finalmente el sistema quiebre en los años 90 a causa de su propia decrepitud y de su carácter irreformable, sus víctimas descubrirán desesperadas la dificultad o incluso la imposibilidad de transitar hacia el capitalismo y la democracia a partir de un tejido social corrompido y de unas oligarquías mafiosas herederas del viejo poder totalitario; como dijo Adam Michnik: “lo peor del comunismo es lo que viene después”.

Por su parte los Estados de la Europa del Oeste, reducidos a la ruina económica y a la impotencia militar, situados bajo la égida americana, se verán obligados a rehacer su historia y a adquirir una fisionomía completamente nueva, aunque muchos de los grandes cambios no fueran en principio ni deseados ni buscados por los propios actores. Sólo después de fracasadas las intentonas imperialistas en Indochina, en las colonias holandesas, en Suez o en Argelia, se resigna a su modesto papel internacional; sólo la amenaza soviética y la supervisión americana disuaden a Francia y Alemania de reanudar las antiguas hostilidades nacionalistas. Así el gasto social viene a sustituir los costosos presupuestos militares. Europa llega, pues, a la sabiduría por medio de la impotencia. En el terreno de la política interior las transformaciones no son menos profundas: del enfrentamiento total entre los partidos y de las políticas extremas se pasa al pacto social, todo lo cual no hubiera sido posible sin la construcción del Estado de bienestar, que es el uno de los rasgos distintivos del capitalismo europeo. En el terreno de la ideología, de la cultura y de las mentalidades se produce paralelamente un notable enfriamiento de los viejos fervores maximalistas, aunque ello no ocurre sin la ocasional resistencia de los intelectuales, incluso con ocasionales recaídas en la antigua querencia romántica por las soluciones violentas (de ahí la resurrección del terrorismo, que Habermas calificó de “fascismo de izquierdas”).

Una de las cualidades de Judt como historiador es la de evitar tanto las “grandes teorías” de la historia como la autocomplacencia moral. No existe una causalidad histórica o un “destino manifiesto” que nos lleve de manera necesaria a una determinada meta; llegamos a ella como resultado de decisiones a menudo no previstas inicialmente y la historia de Europa es un buen ejemplo. Por otra parte, el autor toma una saludable e irónica distancia respecto al objeto de su estudio: nos recuerda que Europa ha construido una red de amnesia sistemática sobre sus propias culpas en el pasado (la violencia política criminal, el exterminio, el colaboracionismo con las dictaduras, el holocausto). Se diría que sólo hemos llegado a la convivencia pacífica instados por la fuerza de las cosas y después de dar muchos rodeos.

JUDT, Pony, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Traducción de Jesús Cuellar y Victoria E. Gordo del Rey. Madrid, Taurus, 2006; 1.212 pp.

EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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ABEDULES

III

Cuando Blanca llegó al garaje, lo encontró cerrado en medio de la oscuridad y el frío de la noche. Había encendido la luz que alumbraba el camino hacia la casa, y con gran inquietud tomó la determinación de llamar a la policía del Concejo.  

El edificio del ayuntamiento, desde el que previsiblemente se debería abordar cualquier tipo de emergencia, estaba cerca relativamente de la aldea, y así, pasados unos veinte minutos un mix de la marca citroen con dos números de la policía municipal se presentó en el camino frente a la vivienda. 

Tras las explicaciones que la mujer les había dado por teléfono, los policías  venían provistos de un botiquín de primeros auxilios, un mini equipo de oxígeno y mantas. 

Blanca estaba persuadida de que su marido se encontraba en el bosque, y así se lo indicó a los policías; por lo que los tres tomaron el camino de la fuente, y, tras superar el pequeño muro en el curso del arroyo, se internaron entre las coníferas salvando como podían la fronda que tojos y helechos espesamente dispuestos oponían a su paso, marcado  de adelante atrás por los haces luminosos de las linternas.   

Llegaron al pequeño claro, y Blanca dirigió la luz hacia el lugar donde se hallaban los tocones de castaño; pero  estos sólo les devolvieron una desoladora imagen de abandono. Cruzaron los tres el pequeño prado, y abordaron  el boscaje que conformaban entre quince y veinte abedules. Vieron entonces al anciano en el suelo, como en posición fetal y ligeramente en escorzo. Blanca no pudo reprimir el impulso de abalanzarse sobre él para, mientras lo protegía, adivinar si se encontraba con vida. Una profesional de la sanidad como ella no necesita pulsar la carótida para saber si había vida en aquel cuerpo: aunque inconsciente y con los ojos cerrados, Horacio seguía vivo.   

El viejo había aguantado una bradicardia sinusal casi seis horas, tendido en el húmedo y frío lecho vegetal, y bajo aquella suave cobija que sobre su cuerpo sumido en la inconsciencia dejaran los limbos de las bétulas obligados por el viento. Al anciano le envolvía esa línea brumosa que planeando inane sobre el césped precede siempre al descenso de la columna del mercurio a los sótanos de la escala de temperaturas en los secos días invernales. 

La botella de oxígeno que traían los guardias, unida a las mantas que portaban, resultaron providenciales hasta la llegada de la ambulancia medicalizada, que condujo a Horacio a la unidad coronaria del hospital, adonde llegó con una tensión arterial sistólica de 45 mm de mercurio y signos claros de hipotermia. 

Minutos interminables para Blanca en el traslado de la camilla a través del bosque, y lentitud inquietante del vehículo sanitario en su camino de ida hacia el hospital, entre aquel destello ambarino e intermitente y con los cinco sentidos puestos en la salud de su yacente marido; con aquella idea fija en la seguridad de que el corazón era un órgano muy traicionero y que con frecuencia, y quizá debido al exceso de vigor que a lo largo de una vida se ve obligado a desplegar, puede dejar de latir súbitamente en medio de un escenario límite. Blanca ni siquiera se daba cuenta de que para hacer frente a aquella situación sus glándulas suprarrenales habían empezado a secretar grandes cantidades de adrenalina que actuaban precisamente sobre las estructuras de su cuerpo, preparándolo para el esfuerzo con la liberación del  azúcar almacenado en su hígado. Se sentía así estimulada y con esa percepción innata en un sanitario de que su presión arterial debía estar por las nubes, y notando su mente extraordinariamente clara, debido a la enorme oxigenación que estaba recibiendo su cerebro, y que también le hacía pensar tan  deprisa en aquellos momentos. Los esquemas lóbregos de un principio iban poco a poco dando paso así a un panorama diáfano de supervivencia ante el que las cosas accesorias no llegaban ni siquiera a manifestarse. 

El sentire de Horacio planeando en una semiconsciencia nebular adonde le llevan la confusión y el aturdimiento, cuando apenas vislumbras ese ir y venir de batas blancas, esa profusión acelerada de tubos y mascarillas, tan propio todo del trajín sanitario de las emergencias, y ese olor tan inconfundible, entre la asepsia y la putridez, que te hacen aborrecer los hospitales. Y abandonar al fin el centro hospitalario con un marcapasos implantado en tu cuerpo, y tratando de recuperar el pulso de una vida que has tenido pendiente de un hilo. 

Aquella primera noche en su casa tras el colapso, tendido en la cama al lado de su mujer, el hombre descubre en medio del abandono la convergencia de oscuridad, quietud, silencio e insomnio para trocar, en una carrera atormentada de irresolución, el más insignificante escollo argumental en un hecho intrincado que te lleva directamente al centro de la angustia.  

Surge así el deseo irrefrenable de hacer partícipe de tu desgracia a la persona que duerme a tu lado, tratando inútilmente de socializar la congoja que te atenaza, en un rapto instintivo, vegetativo. Deseo irrefrenable también de dar la luz, de sentir la claridad, de levantarte y moverte por doquier… Logras así desviar al menos dos de los vectores que al concurrir te atormentan; pues el hombre está diseñado para sobrellevar de forma disyuntiva la oscuridad en movimiento o la quietud iluminada. Copulativamente, ambas situaciones le llevan a la vigilia nocturna y a un cierto desequilibrio neurovegetativo. 

Considerablemente mermado por el desvelo, salió al día siguiente al camino con su mujer, que le sonreía mirándolo de lado con esa expresión que trata de infundirte, más que otra cosa, tranquilidad en el ánimo. Pretendiendo sobre todo darle a la situación visos de entera normalidad, Blanca se había pincelado levemente el rostro con un toque discreto en los labios, y aplicando a la cara una suave crema hidratante. El espejo se había ido convirtiendo en el juez insobornable que le recordaba, sin posibilidad ya de sorpresa alguna, que los surcos faciales no eran de simple aparición sino que ya lo invadían todo.  

Aunque imperceptible en el día a día, se había ido viendo envejecer con el paso de los años y de manera retrospectiva, encontrándose con ese cuerpo marchito que ha ido cumpliendo unos hitos “dolorosamente” predeterminados: los cuarenta, en los que se inicia el desplome de tus carnes; los cincuenta, triste década de  abrumadoras sequedades interiores; los sesenta, con las lógicas y esenciales inapetencias; y más allá aún, la omnipresencia del dolor físico cuando ya no cumples los setenta años, has ido perdiendo tu masa  muscular de forma progresiva, y recorrido un buen trecho del último tercio de tu vida. 

El caminar de Horacio aquel primer día se hizo sin demasiada confianza, poniendo los cinco sentidos en la percepción del propio cuerpo, que encontraba rescatado de la muerte. Ella conocía muy bien aquellas situaciones; cuando Horacio se quedaba de repente absorto, y se ponía simplemente a escucharse a sí mismo. Ahora seguramente lo que trataba de hacer el anciano era ubicar en su panorama sensorial el efecto del marcapasos.  

¿No notas nada nuevo, a que no…?

No. La verdad era que no sentía específicamente nada nuevo. Quizá, en todo caso, la sensación del regreso desde alguna parte en la que no hubo signo alguno de una cierta vida convencional. Alguien había relatado experiencias vividas al otro lado, fundadas en luces, coloridos, musicalidades, estados sobrenaturales y trascendencias diversas. No había sido su caso: No hay percepción posible de la nada. 

Y seguía también sin sentir su corazón. Aunque pensándolo bien, lo sintió el otro día, con aquel dolor atosigante y terminal. Malo entonces cuando el corazón se deja sentir. Malo en definitiva cuando sientes tu propio cuerpo.  

Él, durante años, se había acostumbrado a palparse la carótida para contar el número de pulsaciones y percibir así el continuo latido como signo de vida. Cuántas veces le pudo observar Blanca en ese gesto, mientras él veía las noticias en el televisor y ella pespunteaba el enésimo visillo cayéndole sobre las aletas de la nariz las gafitas para la presbicia. Si los latidos no pasaban de setenta y notaba una cierta ralentización en el tono vital, Horacio se encontraba seguro de estar perfectamente normotenso. Ése era el primer parámetro de su seguridad como ser vivo: su tensión arterial. De los otros, cuyo descontrol podía conducirle a un serio problema coronario, el tabaco lo había logrado aventar allá por mediados de los ochenta, justo cuando un joven compañero de la empresa contrajo un cáncer de lengua que se lo llevó al otro mundo completamente desfigurado en cosa de seis meses. No vuelvo a fumar, se prometió; y eso que él siempre había sido un fumador ciertamente heterodoxo: no llegaba a la cajetilla diaria. Su adicción no le obligaba al aumento de la dosis de nicotina; y además de ello, en vacaciones, Horacio apenas fumaba. Aún así, el gusto por el tabaco nunca lo abandonó. Aquel aroma dulzón a higo seco, tan peculiar del tabaco rubio americano lo acompañó siempre. 

Y el colesterol…Era el tercer parámetro a vigilar, que decían los expertos. Él nunca había tenido problemas con las cifras. Pero quién sabe realmente por encima de qué valores en sangre empiezan a precipitar los horrendos cristales con la consiguiente merma en la luz arterial. Nadie. Tan sólo se sabía- como recordaba hacía años su paisano, el bioquímico Grande Covián- , que la placa de ateroma se desarrollaba mucho más precozmente de lo que se pensaba tradicionalmente, según demostraron los patólogos americanos en los soldados muertos en acción en la guerra de Corea .  

Tras doblar un recodo, ora cogidos del brazo, ora separados y moviendo acompasadamente los brazos en su caminar, tomaron una pista forestal bajo el pálido sol de invierno, y llegaron hasta un lugar de esparcimiento que muy cerca de la parroquia había dispuesto el ayuntamiento, con mesas y bancos rústicos, donde podías sentarte un rato a tomar aliento, si habías dado en recorrer la mayoría de las sendas del lugar, o si, como era el caso, tu convalecencia y riesgo, unidos a tu edad, no te permitían una caminata seguida de más de quinientos metros. 

Hacía frío. La helada de la noche había levantado, aunque la excesiva oblicuidad del sol y una brochada de nubes blancas bajo el cielo, como a retazos, daban al ambiente esa sensación de gelidez perenne, inveterada, cuando el norte se adueña del invierno y la lividez ambiental se enseñorea del tiempo.

EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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ABEDULES

II

Blanca se temió lo peor cuando se hizo completamente de noche y vio que su marido no regresaba. Fue ese presentimiento de la desgracia que llega cuando ya la hora resulta intempestiva.

Horacio iba casi a diario al bosque, a por agua, a por piñas, a lo que fuese; y con frecuencia no le decía nada a su mujer; simplemente se iba. Era el ejercicio de la libertad primaria: no tener que dar explicaciones; o según como se mire, despedirse “a la francesa”; aunque antes de las diez ya estaba de nuevo en casa.

Hasta las once la mujer pudo pensar en un retraso mientras charlaba con alguien en el camino, o simplemente que se había entretenido demasiado haciendo cualquier cosa en la cochera.

Tras dar las once y media sin aparecer, la idea se hizo diáfana y sin concesiones, y la preocupación se adueñó de su ánimo. El ritmo cardiaco empezó entonces a acelerarse sin contención.

Blanca encendió la luz del porche y se fue directamente al garaje. 

◊◊◊◊ 

A Horacio le gustaba perderse entre aquella floresta de abedules que hacía años habían ocupado un pequeño claro tras la espesura de coníferas y carvallos frente a su casa.

Era casi un ritual para él caminar atravesando el prado hacia el pequeño arroyo; llenar el búcaro de barro en la fuentecilla que manaba bajo el siempre verde, y quedarse allí un rato obnubilado entre el chorro cantarín del manantial, el trino potente del mirlo en la verdura de laureles y el estruendo del glayo en lo alto de las pináceas. Luego llegaba el silencio; te llenabas de él, notando con resignación cómo el único ruido perceptible provenía del interior de tus oídos horadado a lo largo de los años por el tráfago industrial y los ruidos urbanos.

Tras el boscaje sin limpiar de maleza, salías al bosquecillo de bétulas donde la hierba crecía abundante. A la derecha había un par de troncos de castaño con la tremenda huella laminar de la sierra y ya secos por el tiempo. A Horacio le gustaba sentarse en uno de ellos haciendo absolutamente nada, dejando únicamente el pensamiento a velocidad de crucero en un cuerpo al que le faltaban ya las fuerzas; porque, cuando caminas rebasados ampliamente los setenta y cinco, la única respuesta del organismo es básicamente de dolor. Dolor en el torso y la zona lumbar, donde gravitan todos los pesares de la columna; en las articulaciones de carga, que pierden lubricación y agilidad llenándose irremisiblemente de algo que a modo de arenas en un rodamiento enlentecen el juego rotular; en los pies, que se hacen de buzo y rozan el suelo a cada paso; en la cabeza que te duele de continuo porque las arterias manifiestan alarma por la escasa luz para el riego. Y, en fin, tendríamos que decir en el corazón, que endosa sus extrasístoles ventriculares porque también el sistema electromecánico de nuestra íntima bomba empieza ya a tener sus lagunas, de puro cansancio. 

Pero el pensamiento no duele; o al menos no duele casi nunca. Ni siquiera envejece; sólo la memoria a corto sufre la devastación de la edad. Pero los viejos se apoyan en la memoria a largo plazo, y se trasladan convenientemente y con claridad a la infancia, a la adolescencia o incluso a la edad de pretender, que se decía antes, sin problema alguno. Y así, de la sentada de cada día sobre el yermo tronco de la fagácea, el viaje mental, sin control posible, se posaba en aquellos pasajes de su ovillo, desenrollándose sin fin… 

Como esa idea del patriotismo que había quedado colgada en la puerta del que fue Cuartel de Instrucción de Marinería de Ferrol, en enero de ni se sabe, cuando un mayor de segunda de Infantería de Marina les dijo al grupo de reclutas que formaban parte del primer reemplazo de ese año, que era allí donde debían dejar los cojones al entrar. Semejante emplazamiento a la castración de voluntades tuvo su continuación en la inicial revista de higiene, donde un sanitario con una vara y un flexo de luz hurgaba en tus partes a ver si tenías ladillas para blanquearte en cualquier caso con una buena dosis de ZZ en polvo, la cual debería repetirse durante diez días si te habían pillado con los molestos parásitos en tu entrepierna. El rastro diario que el desinfectante dejaba a tu paso, propagando a los cuatro vientos que portabas la miseria sexual más cutre, aseguraba la mofa de la tropa para tu propio escarnio, y te garantizaba, ni sé el tiempo, el completo aislamiento ante la marinería.

Parecían así hacerse jirones la patria y los verbos que la acompañan, a medida que iba cayendo el rancho diario; cada vez que la urgencia te llevaba a unas letrinas cuya descripción te ahorras para conjurar el vómito del lector; o mientras dormías entre el ventilaje a los cuatro cuadrantes de un sollado en el que doscientos pares de calcetines impregnados del sudor semanal eran la orla del alojamiento de los reclutas; o después de una pasada por las reconfortantes duchas de agua fría una vez por semana aunque no te hiciese falta; o sobrellevando los excesos de una disciplina adulterada en la frustración de un ejército, que desde hacía más de tres siglos sólo había podido ganar la guerra que quizá no debiera- contra Napoleón- ; y cuyos pronunciamientos, asonadas y huidas jalonaban el perfil castrense en ese tiempo. 

◊◊◊◊ 

Dicen que el abedul es el árbol de los pobres. Crece allí donde nadie quiere. De niño, en Asturias, veíamos a veces trabajar su madera tan dura y fuerte a los madreñeros. Una madera con ese color marrón pálido y aquel olor dulzón tan característico que percibías cuando el artesano comenzaba a azolar.

Horacio se acercó al primero que retranqueaba la colonia. Pasaba de los quince metros. Instintivamente lo abrazó recorriendo su tronco en un vistazo. Junio es una buena época para recoger sus hojillas triangulares y de color esmeralda, poco antes de que viren al ocre; secarlas en casa a la sombra en un suelo de papel, para luego prepararlas en una infusión que resulta moderadamente diurética.

En primavera, y entre sus copas frondosas, anida el verderón para confundirse entre la tonalidad y delatarse a su vez con su escandaloso trino.

EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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ABEDULES

I

Cuando llegó aquel dolor, se dio cuenta de que era algo distinto a todo lo que había sentido hasta entonces, y con ese instinto animal del que el hombre también está dotado, supo que iba a ser el último que percibiera en vida. Al principio fue una enorme presión sobre la parte alta del epigastrio que se fue luego extendiendo al tórax con esa sensación de angustia que invade casi todo el esquema sensorial, en una explosión sintomática de muerte inminente. Después, el enorme despliegue bajo el esternón terminó por provocarle sudoración, nauseas y mareo. El suelo lo acogió entonces amorosamente entre el vértigo, mientras sus pensamientos pugnaban por llegar a la inmediatez como en una enloquecedora carrera de ratas. El cerebro, ya sin tiempo, reflexiona a gran velocidad. Es como si estirase el tiempo, o, mejor quizá, lo contrajese para poder desplegar todo un repertorio de últimas voluntades. Pensó en la nada del pos tránsito y en las ideas cristianas de la trascendencia del hombre que tanto le habían inculcado cuando niño. La muerte al fin estaba siendo como la había imaginado en tantas ocasiones: agonía dolorosa y pensamientos vertiginosamente entremezclados por la angustia. Esperaba ahora, en el límite de lo consciente, a que remitiese el dolor, luego el remanso, y finalmente el vacío. Hubo tiempo incluso para pensar en las arritmias que de forma tan impredecible daban su aldabonazo en medio de la fibrilación ventricular y del desasosiego ante lo inevitable. Al fin, y desde hacía tanto tiempo, los hombres del primer mundo morían de cáncer o de infarto. Y si el suicidio orgánico de la neoplasia te respetaba, no importaban los cuidados en la dieta, el control de la hipertensión y todo eso, que al final siempre terminaba por aparecer un trombo en las coronarias que daba en sacarte de este mundo. Uno sólo es a veces consciente de la devastación que con el paso de los años el espejo le devuelve cada mañana. Pero, aunque invisible, el deterioro interno guarda de seguro esa misma ley, y las “tuberías” terminan por lesionarse aunque hayas seguido tomando el aceite de oliva, tu media aspirina al iniciar el día, tu ejercicio diario y tantos y tantos cuidados más.

Horacio quedó boca arriba sobre la hierba, completamente inmóvil. El viento deshojaba los abedules en un abanico de foliolos dorados que suavemente mecidos terminaban por acolchar el suelo pincelado en ocres.

En un refluir sensorial notó la caricia de las pequeñas hojas y ese especial olor a humedad que siempre exhala el humus. La vida se le iba tras esa conmoción angustiante con que los mamíferos reciben la incertidumbre del tránsito definitivo. Eso era lo que hacía desaparecer el dolor físico: la angustia; y en medio, sentir que aquel ropaje vegetal iba a ser al fin para él su único sudario. Siempre pensó que el escenario de la muerte sería así. Esperándola muy quieto; escrutando en medio de la ansiedad; fascinado por la quietud del vacío emergente. Ese viaje infinito sin posibilidad alguna ya de percepciones.

Blanca miraba por la ventana de su cocina viendo el prado en una tarde de Nochebuena que caía llena de tonalidades granas y en medio de una neblina que empezaba a adueñarse del horizonte perceptible. Veía también el espeso bosque de robles y pinos tras el prado; el camino hacia la fuentecilla, que había recobrado manantial aquel otoño, y al fondo, la carretera hacia la casa del Concejo. Y todo ello, envuelto en aquella bruma sobre el carmesí del horizonte.

Al otro lado de la casa el disco rey, somnoliento y tangencial, apuntaba en su línea de retirada sobre occidente, con ese viraje que tiene lugar desde el rojo madurado al púrpura, inmediatamente antes de un ocaso indolente ya ante las tinieblas. Preparaba la mujer un caldo de verduras para la cena, y el aroma de los puerros al picarlos finamente inundaba la estancia con su olor fuerte, como un preludio de sabores en cierne. Un buen caldo de verduras logra atenuar a veces en las interminables jornadas invernales la enervación de la melancolía en el ánimo cuando ya te ves en la cuesta abajo, y las dietas van haciéndose de pura frugalidad en sus carencias. La porrusalda, con un poco de aceite de oliva y ligerita de sal, te entonaba un poco para dar paso así a unos langostinos que aún eran casi de rigor y que ya tenía cocidos. Esto le llevaba a recordar de repente aquellos langostinos un poco dulzones de entonces que venían de Costa de Marfil y que Pescanova presentaba primorosamente congelados en unas cajas tan llamativas…Aquello se había terminado hacía años, igual que la Nochebuena cristiana y los villancicos. Ellos ya se habían acostumbrado al langostino de cultivo, ése que viene ahora de unas cetáreas del Mar Menor; que debe ser que por allí se dan muy buenas condiciones para su cría. Después, el turrón que ya no es turrón, ése para diabéticos; y un poquito de sidra espumosa. Ya se sabe.

Blanca rehogó los puerros, agregó después la calabaza y las patatas. Luego puso todo a hervir. Cerró la olla mientras pensaba dónde se habría metido Horacio. Se retrasaba. Una pequeña veleta en el exterior marcaba viento del primer cuadrante que parecía haber llegado con la helada y mecía suavemente la parte alta de las tuyas, convertidas con el crepúsculo en fantasmas vacilantes que en un cercado en falsa escuadra rodeaban la pequeña parcela que albergaba la casa.

Iba a ser al fin una cena para los dos al calor de la chimenea. Su hija hacía años que no venía en navidades. El laicismo oficial había terminado por laminar todo vestigio de la navidad cristiana que a ellos al fin tanto les había marcado; y las visitas filiales, siempre espaciadas, se habían convertido en hitos llenos de racionalidad bajo la premisa del libre albedrío, que bien entendido debe empezar siempre por la familia.

La concepción cristiana de ésta se había acrisolado durante la posguerra española formando parte de aquel juego de espejos de falsas libertades, elipsis, dictaduras amorosas y mutua dependencia anímica, que terminaban por yugular el trazado de tu propia vida.

LOS BOTELLONES DE GETXO

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¿EN QUE MESAS COMERÁN?

 

Tras haber leído hace días el reportaje que sobre el botellón en la playa de Arrigúnaga en Getxo publicaba el diario El Correo[leer], concluyamos que los padres se creyeron al pie de la letra eso de que había que mandar en sus hijos transformando las órdenes en súplicas; que eso de la paternidad era una función socializable, “in vigilando”, entre abuelos, maestros, pediatras y psicólogos, y que los planes de estudio aprobarían a sus niñitos con buenísimas notas, aunque no supieran absolutamente nada.

Así que cuando los púberes llegan a casa borrachos, allí no hay nadie: los padres están en la plaza del Tilo de Algorta, en el “botellón” de los mayores, bebiendo en medio de la calle con entera confianza, o como dice una que yo me sé,” en franca camaradería”, que aquí cada uno quiere hacer su vida sin responsabilidades…Luego ya vendrá para rematarlo todo esa auténtica reválida para delincuentes juveniles en cómodos plazos, llamada “Ley de Responsabilidad Penal del Menor”.

¡Lo raro sería que estuviésemos haciendo algo bien! [leer]