I
Cuando llegó aquel dolor, se dio cuenta de que era algo distinto a todo lo que había sentido hasta entonces, y con ese instinto animal del que el hombre también está dotado, supo que iba a ser el último que percibiera en vida. Al principio fue una enorme presión sobre la parte alta del epigastrio que se fue luego extendiendo al tórax con esa sensación de angustia que invade casi todo el esquema sensorial, en una explosión sintomática de muerte inminente. Después, el enorme despliegue bajo el esternón terminó por provocarle sudoración, nauseas y mareo. El suelo lo acogió entonces amorosamente entre el vértigo, mientras sus pensamientos pugnaban por llegar a la inmediatez como en una enloquecedora carrera de ratas. El cerebro, ya sin tiempo, reflexiona a gran velocidad. Es como si estirase el tiempo, o, mejor quizá, lo contrajese para poder desplegar todo un repertorio de últimas voluntades. Pensó en la nada del pos tránsito y en las ideas cristianas de la trascendencia del hombre que tanto le habían inculcado cuando niño. La muerte al fin estaba siendo como la había imaginado en tantas ocasiones: agonía dolorosa y pensamientos vertiginosamente entremezclados por la angustia. Esperaba ahora, en el límite de lo consciente, a que remitiese el dolor, luego el remanso, y finalmente el vacío. Hubo tiempo incluso para pensar en las arritmias que de forma tan impredecible daban su aldabonazo en medio de la fibrilación ventricular y del desasosiego ante lo inevitable. Al fin, y desde hacía tanto tiempo, los hombres del primer mundo morían de cáncer o de infarto. Y si el suicidio orgánico de la neoplasia te respetaba, no importaban los cuidados en la dieta, el control de la hipertensión y todo eso, que al final siempre terminaba por aparecer un trombo en las coronarias que daba en sacarte de este mundo. Uno sólo es a veces consciente de la devastación que con el paso de los años el espejo le devuelve cada mañana. Pero, aunque invisible, el deterioro interno guarda de seguro esa misma ley, y las “tuberías” terminan por lesionarse aunque hayas seguido tomando el aceite de oliva, tu media aspirina al iniciar el día, tu ejercicio diario y tantos y tantos cuidados más.
Horacio quedó boca arriba sobre la hierba, completamente inmóvil. El viento deshojaba los abedules en un abanico de foliolos dorados que suavemente mecidos terminaban por acolchar el suelo pincelado en ocres.
En un refluir sensorial notó la caricia de las pequeñas hojas y ese especial olor a humedad que siempre exhala el humus. La vida se le iba tras esa conmoción angustiante con que los mamíferos reciben la incertidumbre del tránsito definitivo. Eso era lo que hacía desaparecer el dolor físico: la angustia; y en medio, sentir que aquel ropaje vegetal iba a ser al fin para él su único sudario. Siempre pensó que el escenario de la muerte sería así. Esperándola muy quieto; escrutando en medio de la ansiedad; fascinado por la quietud del vacío emergente. Ese viaje infinito sin posibilidad alguna ya de percepciones.
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Blanca miraba por la ventana de su cocina viendo el prado en una tarde de Nochebuena que caía llena de tonalidades granas y en medio de una neblina que empezaba a adueñarse del horizonte perceptible. Veía también el espeso bosque de robles y pinos tras el prado; el camino hacia la fuentecilla, que había recobrado manantial aquel otoño, y al fondo, la carretera hacia la casa del Concejo. Y todo ello, envuelto en aquella bruma sobre el carmesí del horizonte.
Al otro lado de la casa el disco rey, somnoliento y tangencial, apuntaba en su línea de retirada sobre occidente, con ese viraje que tiene lugar desde el rojo madurado al púrpura, inmediatamente antes de un ocaso indolente ya ante las tinieblas. Preparaba la mujer un caldo de verduras para la cena, y el aroma de los puerros al picarlos finamente inundaba la estancia con su olor fuerte, como un preludio de sabores en cierne. Un buen caldo de verduras logra atenuar a veces en las interminables jornadas invernales la enervación de la melancolía en el ánimo cuando ya te ves en la cuesta abajo, y las dietas van haciéndose de pura frugalidad en sus carencias. La porrusalda, con un poco de aceite de oliva y ligerita de sal, te entonaba un poco para dar paso así a unos langostinos que aún eran casi de rigor y que ya tenía cocidos. Esto le llevaba a recordar de repente aquellos langostinos un poco dulzones de entonces que venían de Costa de Marfil y que Pescanova presentaba primorosamente congelados en unas cajas tan llamativas…Aquello se había terminado hacía años, igual que la Nochebuena cristiana y los villancicos. Ellos ya se habían acostumbrado al langostino de cultivo, ése que viene ahora de unas cetáreas del Mar Menor; que debe ser que por allí se dan muy buenas condiciones para su cría. Después, el turrón que ya no es turrón, ése para diabéticos; y un poquito de sidra espumosa. Ya se sabe.
Blanca rehogó los puerros, agregó después la calabaza y las patatas. Luego puso todo a hervir. Cerró la olla mientras pensaba dónde se habría metido Horacio. Se retrasaba. Una pequeña veleta en el exterior marcaba viento del primer cuadrante que parecía haber llegado con la helada y mecía suavemente la parte alta de las tuyas, convertidas con el crepúsculo en fantasmas vacilantes que en un cercado en falsa escuadra rodeaban la pequeña parcela que albergaba la casa.
Iba a ser al fin una cena para los dos al calor de la chimenea. Su hija hacía años que no venía en navidades. El laicismo oficial había terminado por laminar todo vestigio de la navidad cristiana que a ellos al fin tanto les había marcado; y las visitas filiales, siempre espaciadas, se habían convertido en hitos llenos de racionalidad bajo la premisa del libre albedrío, que bien entendido debe empezar siempre por la familia.
La concepción cristiana de ésta se había acrisolado durante la posguerra española formando parte de aquel juego de espejos de falsas libertades, elipsis, dictaduras amorosas y mutua dependencia anímica, que terminaban por yugular el trazado de tu propia vida.

