ABEDULES

II

Blanca se temió lo peor cuando se hizo completamente de noche y vio que su marido no regresaba. Fue ese presentimiento de la desgracia que llega cuando ya la hora resulta intempestiva.

Horacio iba casi a diario al bosque, a por agua, a por piñas, a lo que fuese; y con frecuencia no le decía nada a su mujer; simplemente se iba. Era el ejercicio de la libertad primaria: no tener que dar explicaciones; o según como se mire, despedirse “a la francesa”; aunque antes de las diez ya estaba de nuevo en casa.

Hasta las once la mujer pudo pensar en un retraso mientras charlaba con alguien en el camino, o simplemente que se había entretenido demasiado haciendo cualquier cosa en la cochera.

Tras dar las once y media sin aparecer, la idea se hizo diáfana y sin concesiones, y la preocupación se adueñó de su ánimo. El ritmo cardiaco empezó entonces a acelerarse sin contención.

Blanca encendió la luz del porche y se fue directamente al garaje. 

◊◊◊◊ 

A Horacio le gustaba perderse entre aquella floresta de abedules que hacía años habían ocupado un pequeño claro tras la espesura de coníferas y carvallos frente a su casa.

Era casi un ritual para él caminar atravesando el prado hacia el pequeño arroyo; llenar el búcaro de barro en la fuentecilla que manaba bajo el siempre verde, y quedarse allí un rato obnubilado entre el chorro cantarín del manantial, el trino potente del mirlo en la verdura de laureles y el estruendo del glayo en lo alto de las pináceas. Luego llegaba el silencio; te llenabas de él, notando con resignación cómo el único ruido perceptible provenía del interior de tus oídos horadado a lo largo de los años por el tráfago industrial y los ruidos urbanos.

Tras el boscaje sin limpiar de maleza, salías al bosquecillo de bétulas donde la hierba crecía abundante. A la derecha había un par de troncos de castaño con la tremenda huella laminar de la sierra y ya secos por el tiempo. A Horacio le gustaba sentarse en uno de ellos haciendo absolutamente nada, dejando únicamente el pensamiento a velocidad de crucero en un cuerpo al que le faltaban ya las fuerzas; porque, cuando caminas rebasados ampliamente los setenta y cinco, la única respuesta del organismo es básicamente de dolor. Dolor en el torso y la zona lumbar, donde gravitan todos los pesares de la columna; en las articulaciones de carga, que pierden lubricación y agilidad llenándose irremisiblemente de algo que a modo de arenas en un rodamiento enlentecen el juego rotular; en los pies, que se hacen de buzo y rozan el suelo a cada paso; en la cabeza que te duele de continuo porque las arterias manifiestan alarma por la escasa luz para el riego. Y, en fin, tendríamos que decir en el corazón, que endosa sus extrasístoles ventriculares porque también el sistema electromecánico de nuestra íntima bomba empieza ya a tener sus lagunas, de puro cansancio. 

Pero el pensamiento no duele; o al menos no duele casi nunca. Ni siquiera envejece; sólo la memoria a corto sufre la devastación de la edad. Pero los viejos se apoyan en la memoria a largo plazo, y se trasladan convenientemente y con claridad a la infancia, a la adolescencia o incluso a la edad de pretender, que se decía antes, sin problema alguno. Y así, de la sentada de cada día sobre el yermo tronco de la fagácea, el viaje mental, sin control posible, se posaba en aquellos pasajes de su ovillo, desenrollándose sin fin… 

Como esa idea del patriotismo que había quedado colgada en la puerta del que fue Cuartel de Instrucción de Marinería de Ferrol, en enero de ni se sabe, cuando un mayor de segunda de Infantería de Marina les dijo al grupo de reclutas que formaban parte del primer reemplazo de ese año, que era allí donde debían dejar los cojones al entrar. Semejante emplazamiento a la castración de voluntades tuvo su continuación en la inicial revista de higiene, donde un sanitario con una vara y un flexo de luz hurgaba en tus partes a ver si tenías ladillas para blanquearte en cualquier caso con una buena dosis de ZZ en polvo, la cual debería repetirse durante diez días si te habían pillado con los molestos parásitos en tu entrepierna. El rastro diario que el desinfectante dejaba a tu paso, propagando a los cuatro vientos que portabas la miseria sexual más cutre, aseguraba la mofa de la tropa para tu propio escarnio, y te garantizaba, ni sé el tiempo, el completo aislamiento ante la marinería.

Parecían así hacerse jirones la patria y los verbos que la acompañan, a medida que iba cayendo el rancho diario; cada vez que la urgencia te llevaba a unas letrinas cuya descripción te ahorras para conjurar el vómito del lector; o mientras dormías entre el ventilaje a los cuatro cuadrantes de un sollado en el que doscientos pares de calcetines impregnados del sudor semanal eran la orla del alojamiento de los reclutas; o después de una pasada por las reconfortantes duchas de agua fría una vez por semana aunque no te hiciese falta; o sobrellevando los excesos de una disciplina adulterada en la frustración de un ejército, que desde hacía más de tres siglos sólo había podido ganar la guerra que quizá no debiera- contra Napoleón- ; y cuyos pronunciamientos, asonadas y huidas jalonaban el perfil castrense en ese tiempo. 

◊◊◊◊ 

Dicen que el abedul es el árbol de los pobres. Crece allí donde nadie quiere. De niño, en Asturias, veíamos a veces trabajar su madera tan dura y fuerte a los madreñeros. Una madera con ese color marrón pálido y aquel olor dulzón tan característico que percibías cuando el artesano comenzaba a azolar.

Horacio se acercó al primero que retranqueaba la colonia. Pasaba de los quince metros. Instintivamente lo abrazó recorriendo su tronco en un vistazo. Junio es una buena época para recoger sus hojillas triangulares y de color esmeralda, poco antes de que viren al ocre; secarlas en casa a la sombra en un suelo de papel, para luego prepararlas en una infusión que resulta moderadamente diurética.

En primavera, y entre sus copas frondosas, anida el verderón para confundirse entre la tonalidad y delatarse a su vez con su escandaloso trino.