III
Cuando Blanca llegó al garaje, lo encontró cerrado en medio de la oscuridad y el frío de la noche. Había encendido la luz que alumbraba el camino hacia la casa, y con gran inquietud tomó la determinación de llamar a la policía del Concejo.
El edificio del ayuntamiento, desde el que previsiblemente se debería abordar cualquier tipo de emergencia, estaba cerca relativamente de la aldea, y así, pasados unos veinte minutos un mix de la marca citroen con dos números de la policía municipal se presentó en el camino frente a la vivienda.
Tras las explicaciones que la mujer les había dado por teléfono, los policías venían provistos de un botiquín de primeros auxilios, un mini equipo de oxígeno y mantas.
Blanca estaba persuadida de que su marido se encontraba en el bosque, y así se lo indicó a los policías; por lo que los tres tomaron el camino de la fuente, y, tras superar el pequeño muro en el curso del arroyo, se internaron entre las coníferas salvando como podían la fronda que tojos y helechos espesamente dispuestos oponían a su paso, marcado de adelante atrás por los haces luminosos de las linternas.
Llegaron al pequeño claro, y Blanca dirigió la luz hacia el lugar donde se hallaban los tocones de castaño; pero estos sólo les devolvieron una desoladora imagen de abandono. Cruzaron los tres el pequeño prado, y abordaron el boscaje que conformaban entre quince y veinte abedules. Vieron entonces al anciano en el suelo, como en posición fetal y ligeramente en escorzo. Blanca no pudo reprimir el impulso de abalanzarse sobre él para, mientras lo protegía, adivinar si se encontraba con vida. Una profesional de la sanidad como ella no necesita pulsar la carótida para saber si había vida en aquel cuerpo: aunque inconsciente y con los ojos cerrados, Horacio seguía vivo.
El viejo había aguantado una bradicardia sinusal casi seis horas, tendido en el húmedo y frío lecho vegetal, y bajo aquella suave cobija que sobre su cuerpo sumido en la inconsciencia dejaran los limbos de las bétulas obligados por el viento. Al anciano le envolvía esa línea brumosa que planeando inane sobre el césped precede siempre al descenso de la columna del mercurio a los sótanos de la escala de temperaturas en los secos días invernales.
La botella de oxígeno que traían los guardias, unida a las mantas que portaban, resultaron providenciales hasta la llegada de la ambulancia medicalizada, que condujo a Horacio a la unidad coronaria del hospital, adonde llegó con una tensión arterial sistólica de 45 mm de mercurio y signos claros de hipotermia.
Minutos interminables para Blanca en el traslado de la camilla a través del bosque, y lentitud inquietante del vehículo sanitario en su camino de ida hacia el hospital, entre aquel destello ambarino e intermitente y con los cinco sentidos puestos en la salud de su yacente marido; con aquella idea fija en la seguridad de que el corazón era un órgano muy traicionero y que con frecuencia, y quizá debido al exceso de vigor que a lo largo de una vida se ve obligado a desplegar, puede dejar de latir súbitamente en medio de un escenario límite. Blanca ni siquiera se daba cuenta de que para hacer frente a aquella situación sus glándulas suprarrenales habían empezado a secretar grandes cantidades de adrenalina que actuaban precisamente sobre las estructuras de su cuerpo, preparándolo para el esfuerzo con la liberación del azúcar almacenado en su hígado. Se sentía así estimulada y con esa percepción innata en un sanitario de que su presión arterial debía estar por las nubes, y notando su mente extraordinariamente clara, debido a la enorme oxigenación que estaba recibiendo su cerebro, y que también le hacía pensar tan deprisa en aquellos momentos. Los esquemas lóbregos de un principio iban poco a poco dando paso así a un panorama diáfano de supervivencia ante el que las cosas accesorias no llegaban ni siquiera a manifestarse.
El sentire de Horacio planeando en una semiconsciencia nebular adonde le llevan la confusión y el aturdimiento, cuando apenas vislumbras ese ir y venir de batas blancas, esa profusión acelerada de tubos y mascarillas, tan propio todo del trajín sanitario de las emergencias, y ese olor tan inconfundible, entre la asepsia y la putridez, que te hacen aborrecer los hospitales. Y abandonar al fin el centro hospitalario con un marcapasos implantado en tu cuerpo, y tratando de recuperar el pulso de una vida que has tenido pendiente de un hilo.
Aquella primera noche en su casa tras el colapso, tendido en la cama al lado de su mujer, el hombre descubre en medio del abandono la convergencia de oscuridad, quietud, silencio e insomnio para trocar, en una carrera atormentada de irresolución, el más insignificante escollo argumental en un hecho intrincado que te lleva directamente al centro de la angustia.
Surge así el deseo irrefrenable de hacer partícipe de tu desgracia a la persona que duerme a tu lado, tratando inútilmente de socializar la congoja que te atenaza, en un rapto instintivo, vegetativo. Deseo irrefrenable también de dar la luz, de sentir la claridad, de levantarte y moverte por doquier… Logras así desviar al menos dos de los vectores que al concurrir te atormentan; pues el hombre está diseñado para sobrellevar de forma disyuntiva la oscuridad en movimiento o la quietud iluminada. Copulativamente, ambas situaciones le llevan a la vigilia nocturna y a un cierto desequilibrio neurovegetativo.
Considerablemente mermado por el desvelo, salió al día siguiente al camino con su mujer, que le sonreía mirándolo de lado con esa expresión que trata de infundirte, más que otra cosa, tranquilidad en el ánimo. Pretendiendo sobre todo darle a la situación visos de entera normalidad, Blanca se había pincelado levemente el rostro con un toque discreto en los labios, y aplicando a la cara una suave crema hidratante. El espejo se había ido convirtiendo en el juez insobornable que le recordaba, sin posibilidad ya de sorpresa alguna, que los surcos faciales no eran de simple aparición sino que ya lo invadían todo.
Aunque imperceptible en el día a día, se había ido viendo envejecer con el paso de los años y de manera retrospectiva, encontrándose con ese cuerpo marchito que ha ido cumpliendo unos hitos “dolorosamente” predeterminados: los cuarenta, en los que se inicia el desplome de tus carnes; los cincuenta, triste década de abrumadoras sequedades interiores; los sesenta, con las lógicas y esenciales inapetencias; y más allá aún, la omnipresencia del dolor físico cuando ya no cumples los setenta años, has ido perdiendo tu masa muscular de forma progresiva, y recorrido un buen trecho del último tercio de tu vida.
El caminar de Horacio aquel primer día se hizo sin demasiada confianza, poniendo los cinco sentidos en la percepción del propio cuerpo, que encontraba rescatado de la muerte. Ella conocía muy bien aquellas situaciones; cuando Horacio se quedaba de repente absorto, y se ponía simplemente a escucharse a sí mismo. Ahora seguramente lo que trataba de hacer el anciano era ubicar en su panorama sensorial el efecto del marcapasos.
¿No notas nada nuevo, a que no…?.
No. La verdad era que no sentía específicamente nada nuevo. Quizá, en todo caso, la sensación del regreso desde alguna parte en la que no hubo signo alguno de una cierta vida convencional. Alguien había relatado experiencias vividas al otro lado, fundadas en luces, coloridos, musicalidades, estados sobrenaturales y trascendencias diversas. No había sido su caso: No hay percepción posible de la nada.
Y seguía también sin sentir su corazón. Aunque pensándolo bien, lo sintió el otro día, con aquel dolor atosigante y terminal. Malo entonces cuando el corazón se deja sentir. Malo en definitiva cuando sientes tu propio cuerpo.
Él, durante años, se había acostumbrado a palparse la carótida para contar el número de pulsaciones y percibir así el continuo latido como signo de vida. Cuántas veces le pudo observar Blanca en ese gesto, mientras él veía las noticias en el televisor y ella pespunteaba el enésimo visillo cayéndole sobre las aletas de la nariz las gafitas para la presbicia. Si los latidos no pasaban de setenta y notaba una cierta ralentización en el tono vital, Horacio se encontraba seguro de estar perfectamente normotenso. Ése era el primer parámetro de su seguridad como ser vivo: su tensión arterial. De los otros, cuyo descontrol podía conducirle a un serio problema coronario, el tabaco lo había logrado aventar allá por mediados de los ochenta, justo cuando un joven compañero de la empresa contrajo un cáncer de lengua que se lo llevó al otro mundo completamente desfigurado en cosa de seis meses. No vuelvo a fumar, se prometió; y eso que él siempre había sido un fumador ciertamente heterodoxo: no llegaba a la cajetilla diaria. Su adicción no le obligaba al aumento de la dosis de nicotina; y además de ello, en vacaciones, Horacio apenas fumaba. Aún así, el gusto por el tabaco nunca lo abandonó. Aquel aroma dulzón a higo seco, tan peculiar del tabaco rubio americano lo acompañó siempre.
Y el colesterol…Era el tercer parámetro a vigilar, que decían los expertos. Él nunca había tenido problemas con las cifras. Pero quién sabe realmente por encima de qué valores en sangre empiezan a precipitar los horrendos cristales con la consiguiente merma en la luz arterial. Nadie. Tan sólo se sabía- como recordaba hacía años su paisano, el bioquímico Grande Covián- , que la placa de ateroma se desarrollaba mucho más precozmente de lo que se pensaba tradicionalmente, según demostraron los patólogos americanos en los soldados muertos en acción en la guerra de Corea .
Tras doblar un recodo, ora cogidos del brazo, ora separados y moviendo acompasadamente los brazos en su caminar, tomaron una pista forestal bajo el pálido sol de invierno, y llegaron hasta un lugar de esparcimiento que muy cerca de la parroquia había dispuesto el ayuntamiento, con mesas y bancos rústicos, donde podías sentarte un rato a tomar aliento, si habías dado en recorrer la mayoría de las sendas del lugar, o si, como era el caso, tu convalecencia y riesgo, unidos a tu edad, no te permitían una caminata seguida de más de quinientos metros.
Hacía frío. La helada de la noche había levantado, aunque la excesiva oblicuidad del sol y una brochada de nubes blancas bajo el cielo, como a retazos, daban al ambiente esa sensación de gelidez perenne, inveterada, cuando el norte se adueña del invierno y la lividez ambiental se enseñorea del tiempo.

