Por Juan Olabarría Agra
La recientemente publicada “historia de Europa desde 1945” de Tony Judt podría haber sido, dada la amplitud de materia, un somero manual ennumerativo que se limitase a inventariar fechas, nombres de políticos y lugares donde ocurrieron acontecimientos importantes. Sin embargo el libro reúne las virtudes necesarias para escapar a este mediocre destino: Judt tiene una gran sensibilidad para el detalle, la descripción de las modas o incluso la psicología de los principales actores históricos, pero nunca nos permite olvidar que los detalles son ilustraciones expresivas de algo mucho más general que está ocurriendo en el seno de la sociedad, son partes de un todo, pertenecen al “espíritu de la época”; su mérito principal consiste en que es capaz de tejer en el mismo telar muy diversos materiales (economía, política, cultura, relaciones internacionales) mostrándonos que, a pesar de su diversidad, forman parte de una misma trama.
Europa occidental se autodestruyó durante la primera mitad del siglo XX y fue reconstruída durante la segunda. La devastación material y moral de Europa en dos guerras mundiales había tenido su causa y origen en la mente de los propios europeos, dominada por el extremismo ideológico, y por el culto romántico a la violencia, bien fuera patriótica o bien revolucionaria. Desde 1945 Europa, una vez consumada su autodestrucción, pierde también su autonomía: en el Este, ocupado por el ejército rojo, se imponen dictaduras comunistas que llevan al estancamiento económico y a la frustración política. Cuando finalmente el sistema quiebre en los años 90 a causa de su propia decrepitud y de su carácter irreformable, sus víctimas descubrirán desesperadas la dificultad o incluso la imposibilidad de transitar hacia el capitalismo y la democracia a partir de un tejido social corrompido y de unas oligarquías mafiosas herederas del viejo poder totalitario; como dijo Adam Michnik: “lo peor del comunismo es lo que viene después”.
Por su parte los Estados de la Europa del Oeste, reducidos a la ruina económica y a la impotencia militar, situados bajo la égida americana, se verán obligados a rehacer su historia y a adquirir una fisionomía completamente nueva, aunque muchos de los grandes cambios no fueran en principio ni deseados ni buscados por los propios actores. Sólo después de fracasadas las intentonas imperialistas en Indochina, en las colonias holandesas, en Suez o en Argelia, se resigna a su modesto papel internacional; sólo la amenaza soviética y la supervisión americana disuaden a Francia y Alemania de reanudar las antiguas hostilidades nacionalistas. Así el gasto social viene a sustituir los costosos presupuestos militares. Europa llega, pues, a la sabiduría por medio de la impotencia. En el terreno de la política interior las transformaciones no son menos profundas: del enfrentamiento total entre los partidos y de las políticas extremas se pasa al pacto social, todo lo cual no hubiera sido posible sin la construcción del Estado de bienestar, que es el uno de los rasgos distintivos del capitalismo europeo. En el terreno de la ideología, de la cultura y de las mentalidades se produce paralelamente un notable enfriamiento de los viejos fervores maximalistas, aunque ello no ocurre sin la ocasional resistencia de los intelectuales, incluso con ocasionales recaídas en la antigua querencia romántica por las soluciones violentas (de ahí la resurrección del terrorismo, que Habermas calificó de “fascismo de izquierdas”).
Una de las cualidades de Judt como historiador es la de evitar tanto las “grandes teorías” de la historia como la autocomplacencia moral. No existe una causalidad histórica o un “destino manifiesto” que nos lleve de manera necesaria a una determinada meta; llegamos a ella como resultado de decisiones a menudo no previstas inicialmente y la historia de Europa es un buen ejemplo. Por otra parte, el autor toma una saludable e irónica distancia respecto al objeto de su estudio: nos recuerda que Europa ha construido una red de amnesia sistemática sobre sus propias culpas en el pasado (la violencia política criminal, el exterminio, el colaboracionismo con las dictaduras, el holocausto). Se diría que sólo hemos llegado a la convivencia pacífica instados por la fuerza de las cosas y después de dar muchos rodeos.
JUDT, Pony, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Traducción de Jesús Cuellar y Victoria E. Gordo del Rey. Madrid, Taurus, 2006; 1.212 pp.

