IV
Querido Pedro:
Tú ya sabes que nací poco después de acabar la Guerra Civil en ese pequeño pueblo de pescadores del norte español cuyo nombre no tengo preciso mencionar y que tú tan bien conoces. La mía era una familia republicana que entre unas cosas y otras aparecía necesariamente incardinada durante la Dictadura en el bando de los que perdieron aquella guerra. Me tocó pues venir al mundo viendo cómo los vencedores sacaban pecho entre las miserias de quienes estaban cada día obligados a agradecer no sólo haber sobrevivido al conflicto sino ver perdonada su vida tras la victoria.
Eran tiempos en que las dentelladas de la tuberculosis y el adobo del alcohol hicieron trizas a tantos jóvenes españoles, en una generación de vulnerabilidades mecidas entre analfabetismo y hambre, sotanas y tricornios. La cruz y la espada, tan presentes en nuestra historia, y siempre con intereses tan convergentes, dieron en pastorear a una sociedad derrumbada de carencias, aquietada de temores y rasgada de incertidumbres, en medio del despliegue de una presión social que las dictaduras pueden convertir más que en intimidatoria, en asfixiante.
Pedro, te diré que las carencias mortificaron aquellos cuerpos ahormando sus conciencias en la resignación cristiana. Y sabes también que aunque se aplica en realidad a la primera mitad del siglo XX un aumento de la población española cifrado en casi diez millones de personas, en realidad la alarma genética tuvo lugar en el 39 después de que la guerra diezmase a toda una generación de hombres jóvenes. Así, aún entre lo misérrimo, las familias empezaron entonces, y sobre todo, a procrear con un cierto empeño, cumpliendo así mandatos de los que aún el hombre moderno difícilmente logra zafarse; estimuladas además por el Régimen y alentadas con ardor desde los púlpitos.
La salida a flote para cualquier joven nacido en los albores de ese siglo y perteneciente a ese segmento social tan paupérrimo era, en el pueblo, irse a navegar para salir de un hogar que en absoluto le garantizaba la supervivencia.
Pero, amigo mío, el trabajo en la marina mercante, dando tumbos entre la ignorancia y el descuido, terminaba con muchos de ellos atrapados por la tisis y con un corto horizonte de vida. Si ello fuera poco, entre puerto y puerto casi siempre caían además, o unas purgaciones, con las que tenías que pechar en medio de aquellos eternos lavajes con permanganato potásico, o, a lo peor, hasta una sífilis, con lo que si no te llevaba el bacilo de Koch terminabas por irte en la barca de los muertos con el pasaporte de la espiroqueta pálida.
Una guerra civil, Pedro, amigo mío, sobre todo una guerra civil, ni a los vencedores libra de la miseria y la muerte cuando al fin no has sido tocado por la diosa fortuna.
Chano fue uno de los perdedores esenciales. De los muchos. Era un tipo alto y desgarbado, muy poco agraciado y con escasas luces, que apuraba la vida entre el puterío y los tragos en cada puerto de su travesía de navegante y casi recién terminada la contienda fratricida. En el pueblo, durante las vacaciones- unos pocos días en verano y otros en navidades-, y a falta de la consabida libertad para la entrepierna que te daban los puertos francos y no tan francos, eran las borracheras la única ocupación durante el día y la noche; o mejor durante la noche y el día. Atiborrarse tanto de bebida y prostíbulos empezaba por doblarte la columna, continuaba por arrasarte el cuerpo, y al fin terminaba por hurtarte la vida mientras compartías alcohol y lecho de cogorza con tus conmilitones; para que al final alguna mujer terminase por cargar con la ingrata tarea de ir al día siguiente al río a lavar el mudo testigo de una noche de bacanal que había convertido las sábanas en un amasijo de algodón moreno, heces sueltas y sangre.
Cuando yo lo conocí, Chano presentaba ya los síntomas de la cirrosis apenas cumplidos los treinta y cinco, y tosía casi de continuo. Estaba ya para entonces bastante amarillo por la ictericia y se le notaba esa hinchazón abdominal que provoca la ascitis por la acumulación de líquido en el vientre. El ardor en la mirada y los esputos sanguinolentos delataban una tisis muy avanzada: tuberculosis y alcoholismo en una generación de víctimas de la guerra, derrotados además por la indigencia y el hambre en un tiempo de incierto futuro. El armador había terminado por despedirlo, y los médicos lo habían desahuciado.
Pedro, recuerdo a Chano en zapatillas, en aquel bar del puerto, asando en la chapa de la cocina de carbón un calamar de dos kilos el día de Nochebuena de 1952, a media tarde. Yo estaba allí con mis padres, probablemente para felicitar las fiestas a alguna gente. Un suéter demasiado raído y unos pantalones de dril con la culera como un colador denotaban el abandono ante lo irremediable. El atuendo, de total desaliento, era propio de quien, incapaz de estar tosiendo de continuo en la cama, se hace a la calle en un impulso de ahuyentación, de huir de uno mismo; o quizá de espantar las ideas, alejar ese pensamiento tan fijo en el angosto futuro que termina por cerrarte todas tus líneas vitales; mantener en definitiva el movimiento para evitar el colapso, aunque eso sí, vencido definitivamente por la enfermedad y las privaciones.

