EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES
V
No sé si escribirte esta vez desde la cama, Pedro, porque me encuentro un poco bajo de tono, y no he dormido nada bien. No hablo de dolor, ¿eh? Realmente los huesos y la musculatura a esta edad duelen siempre, y sobre todo al levantarte; lo mismo que esos otros de orden difuso que no logras precisar o más bien no puedes…; pero no es eso realmente. No es el dolor propiamente dicho. El dolor para mí es ya a estas alturas un compañero en este tramo de la carrera sin retorno con el que voy conviviendo según puedo y aunque no pueda. Él me lleva y me trae cuando se va y viene. Es mi compañero casi inseparable. No; se trata de una recurrente sensación de hipotonía vital que, como prendida en la antesala de la nausea, me da una profunda desgana y el deseo más que de otra cosa, de no ver a nadie para recrearme así en mis propios pensamientos; que tú ya sabes que eso es uno de mis grandes demonios. Es como tratar de dimensionar los efectos de todo el cúmulo de sensaciones que el organismo relaciona siempre con los finales, con el final, más bien. Y sin querer hablar con nadie, percibiendo el discurrir de los hechos con cierto pesar.
Mi mujer hacía rato que estaba despierta, y sabiendo que yo también lo estaba, aunque intuyendo mi estado de ánimo, se levantó en silencio y bajó, supongo que a preparar el desayuno. Al rato subió haciendo algo de ruido, y pensé entonces que me iba a contar alguna novedad.
-Ha caído una gran nevada. Está todo blanco…Te traigo el desayuno…
Uf…Aquello rompía la monotonía por venir y ofrecía un resquicio a la ruptura.
-Había sentido algo de frío esta noche, le respondí. Quizá era eso. Pensé que el día iba a tener algo distinto, y que me iba a olvidar de mi obligación de ensimismarme.
-Voy; casi me levanto. ¿Qué hora es?
-Las diez más o menos. Están dando en las noticias que es un temporal en la cornisa y a nosotros también nos pilla de lleno. He puesto el café. Pongo un poco la calefacción y desayunamos…
-Si, sí, eso…desayunar…
Se me abría el apetito.
Me incorporé, y me vestí al completo. Me puse un suéter grueso. Efectivamente hacía frío en casa. Me eché un poco de agua en la cara y a su gélido contacto acudieron a mí pensamientos más de pasado que de futuro. Era lo que tocaba: pasado y más pasado. Corrí después hacia arriba la roldanilla del estor y pude comprobar cómo efectivamente una cortina deshojada en blancuras caía sin esfuerzo sobre un ya compacto armiño que enrasaba los campos y el camino a aquellas horas de la mañana.
Mientras descendía hacia la planta baja agarrado al pasamanos pude escuchar el silbido de la cafetera al colmarse la ebullición, y antes de entrar a la cocina me llegó el aroma inconfundible del café recién hecho.
Se estaban entonando los radiadores de la calefacción, y Blanca, de espaldas, retiraba la cafetera del fuego. Empezó a exprimir unas naranjas, y yo me animé entonces a cortar dos trozos de pan rústico y ponerlos al grill.
-Dicen que será cosa de tres días, que luego pasará…
-Ya…
Mientras apuraba el primer sorbo de café, quizá demasiado caliente, y untaba el pan con aceite mirándonos sin hablar, dirigí la vista hacia el bosque, con el arbolado revestido en claridad sobre grises. No se percibía en la mañana murmullo alguno, uniéndose al silencio la calma en un estatismo que hasta los pájaros respetaban, atónitos supongo, y a buen seguro en sus abrigos naturales esperando a ver lo que iría a pasar. Pensaba en cómo estarían los abedules. No había vuelto allí desde “aquello”.
-Tengo que ir al garaje, a por leña. Voy a traer mucha, encender la chimenea y tenerla todo el día al rojo, ¿qué te parece? No hace falta que vayamos al pueblo a por nada. Aparte de que estará fatal la carretera. Tenemos legumbres y tenemos pan y leche.
Ella asintió sin responder.
Tras desayunar, y con la chimenea ya encendida, busqué en la librería el primer volumen de obras completas de Maughan, el de relatos cortos, y me senté frente al hogar. Tuve que dar la luz. La grisura del exterior entenebraba el saloncito donde con la luz artificial se podía dibujar un cuadro acogedor en el que yo me iba a envolver refugiándome en la literatura del escritor británico.
Antes de abrir el libro, leído ya varias veces y al que casi siempre le sacaba matices nuevos, fijé la vista en el fuego mientras oía las pisadas de mi mujer subiendo las escaleras. Ésta abrirá ahora todas las ventanas de arriba antes de hacer la cama, pensé. Las mujeres y la ventilación. Hay que ventilar mucho la casa. No hay forma de convencerlas de que diez minutos es suficiente, porque además si hay mucha humedad en el exterior sólo haces introducirla en casa si tienes abiertas las ventanas mucho tiempo. Nada; era inútil…
El magnetismo de las llamas con el arrullo del crepitar, las tonalidades irreproducibles y las formas tan cambiantes y caprichosas. Siempre el hombre subyugado por el fuego idolatrante, preso en él, mientras vacía su cerebro de pensamientos, sintiéndose rodeado de su calor y misteriosamente tocado por su magia.
Empiezo con “La Carta”. Un melodrama en Singapur. Fue llevado dos veces al cine. Una vez, interpretado por Bette Davies y otra, ya más reciente, por la extraordinaria y malograda actriz Lee Remick muerta de cáncer en Los Ángeles en 1991, como sabes, tú que eres tan cinéfilo.
Un rato de lectura. Blanca que baja. Qué haces. Nada especial. He cogido un libro de Maughan. Ven, siéntate. Siéntate tú en el orejero.
Un silencio prolongado con los ojos en la chimenea. El teléfono que suena. Alguien desde la ciudad cercana que quiere saber si estamos bien. Si necesitamos algo. Una pariente de Blanca…Dejo el libro por unos momentos.
Ya te dije antes, querido Pedro, que mis pensamientos iban hacia atrás, volviendo de nuevo a aquel invierno de 1952. También se vivió en mi pequeño pueblo una gran nevada. La mayor quizá que yo he conocido. Una nevada acompañada de gran temporal y fuertes marejadas. Encañonado al Norte entre taludes naturales, aquel rincón entonces perdido recibió una andanada de aire polar a finales de aquel año, y quedó enjalbegado de nieve varios días. La borrasca que venía con ganas inmovilizó los barcos en el puerto, y los hombres, que no podían de aquella manera salir a pescar, destinaron sus artes a cazar pájaros, que, vagando inermes de frío y necesidad por los campos de las aldeas cercanas, resultaron ser una presa fácil de aquella depredación casi de urgencia natural que llenaba de proteínas las mesas a las que el mal tiempo les había hurtado las que procedían de la mar. El arroz con ave, cebolla picada y azafrán fue como el plato único por un tiempo, tan sólo alternado de forma esporádica por alguna que otra sartenada de lapas al ajoarriero o con arroz, si habías tenido la suerte de cogerlas en el pedrero aprovechando el punto de marea favorable, y cuidando mucho que no te cogiese un golpe de mar.
Navidades con turrón de tabique, que para el de almendra no había dinero suelto. Era el tal turrón una especie de argamasa hecha de cacahuete y azúcar caramelizado, expresión navideña del racionamiento aún imperante. A mí me mandaban a comprarlo a la tienda de Genera, a la que recuerdo como una mujer de mucho arranque a quien la “polio” había sometido muy duramente, y que caminaba con bastante dificultad ayudada con dos muletas de aquellas de madera, y medio sujeta también con arneses. Yo ya la conocí algo mayor porque, si te fijabas bien, andaba ya entonces con barba y bigote, a veces sin rasurar, signos que delatan en la mujer cierta prevalencia hormonal tras cruzar los sesenta. Pero de eso, claro, te das cuenta ahora. Actualmente…, bueno desde hace ya algún tiempo, eso se soluciona con rayos láser y tal, pero entonces…, ay, entonces! Genara era también lo que se llamaba una viuda blanca: su marido fue en una ocasión a por tabaco, y nunca más se supo; y la dejó con dos hijos adolescentes, a los que tuvo que sacar adelante. Y además, la carnicera del pueblo, si se puede decir así; o sea, mataba un ternero por la fiesta que era en agosto –bueno, en realidad el ternero lo mataban sus hijos -, que carne sí se comía una vez al año. Recuerdo que íbamos de niños al ceremonial del sacrificio del ternero que tenía lugar en una especie de garaje del que disponía esta gente en las afueras del pueblo. Abrían el garaje. Allí estaba el ternero comprado en la aldea el día anterior. Lo cogían del ronzal y lo conducían fuera. Luego lo sujetaban no recuerdo bien cómo para atizarle a continuación un martillazo en la parte alta de la cabeza. El ternero caía entonces al suelo como un saco y se quedaba así, con un tembleque en las patas. Lo cogían entonces de las orejas y arrastrándolo hacían que su cuello coincidiese con una especie de canalillo hecho en la tierra. Luego le metían al ternero una cuchillada en el cuello y lo sangraban entre estertores. La sangre iba entonces por el canalillo hasta la cuneta de la carretera cuesta abajo, pues el garaje estaba en una pequeña pendiente. Más tarde amarraban al animal por las uñas traseras una vez juntadas y lo suspendían en alto por medio de una roldada para sujetarlo después con unos ganchos a cada pata. Con una destreza increíble le hacían después cortes en esas patas y tirando fuertemente de la piel le hacían una incisión en los garrones para colocar entre ellos una estaca a modo de tensor que separando los cuartos facilitaba así el destripamiento y posterior despiece del animal. Más tarde se le despellejaba totalmente hasta la cabeza. Mientras lo iban abriendo, sus vísceras empezaban a colgar expeliendo un fuerte olor a entrañas frescas. Una vez despellejado, allí se quedaba el animal serenando toda la noche pingándole la sangre por la boca y con sus orejas caídas. Al día siguiente lo despiezaban y así, en trozos grandes, lo transportaban al hombro hasta el despacho de carne.
Era de pura fascinación ver cómo cortaban la carne cuando ibas a comprar: desprender primero la carne de la cinta en las chuletas con el afilado cuchillo, ver cómo aparecía el interior con su tono rosáceo, y luego dar el golpe final de macheta y hacer que se desprendiese del trozo la parte del hueso, entre aquel olor a l carne fresca.
Genara, aparte de la carnicería ocasional, tenía una tienda de ésas de pueblo donde había de casi todo; todo a granel y todo te lo envasaban en cartuchos de papel de estraza. No tenía sin embargo aceite; que eso había que ir a comprarlo racionado, como el pan, a casa del Aldeanu; que venía el aceite en unos bidones de doscientos litros, y se sacaba con una bomba de manivela. El aceite aquél a granel era una mezcla de oliva y soja, aunque yo creo que casi todo era soja, más que nada por lo aromático que resultaba al cocinarlo, que casi resultaba pestilente y daba mucho humo en las cocinas.
Digo que con la nevada no hubo escuela durante no sé cuánto tiempo; pues que así, como en medio de la nevada, estaban las vacaciones, en un vértigo de juegos blancos y mojaduras, que con frecuencia condenaban nuestras nalgas a la sanción de una zapatilla o del mango de una escoba.
Cuando el blanco manto lo cubre todo parece como que tan sólo notas el movimiento de la vida en el humo de las cocinas de leña y carbón; aunque para ser exacto, iglesia y cura, sin embargo, siguieron en movimiento tras el despeje con palas del camino sacro, y abriendo a diario como siempre la casa de Dios, que las almas también debían alimentarse, y su cuidado no podía admitir pausa alguna ni siquiera por una nevada. Fervores permanentes que tras la fugaz alegría del villancico, y casi sin solución de continuidad, iban a empalmar con los que se correspondían a la preparación de las almas para la santa misión que en febrero iban a impartir unos padres redentoristas que venían de Burgos.
El último día del año amaneció con mucho frío, dejando la helada nocturna su rúbrica en los cristales. Por ello apenas salí de casa. Mi madre me puso muy caliente la cascarilla de cacao con leche y el pan de pancha sumergido, espesado y sabrosísimo entre el brebaje. Desayuné frente a la ventana de la cocina desde la que podía ver un pequeño huerto que teníamos delante y en el que mis padres solían plantar tomates, coles y patatas. Ahora no había nada sembrado y aparecía todo él cubierto de nieve; pero estaba lleno de pájaros. Había incluso pájaros grandes que seguramente se acercaban tanto a las casas en busca de algo de comida. Mi padre me había hecho una trapa con aro de avellano y redecilla de boliche. Después de desayunar la armé en una esquina visible del huerto, y pasé el cordel atado al tentempié a través de un agujerillo que había en el marco de la ventana; y agarrado a él estuve gran parte del día esperando que algún despistado pardal fuera a picotear bajo aquel círculo de influencia al que le había retirado la capa de nieve y echado unas migas de pan duro.
Creo que aparte de esto, únicamente salí de casa un rato a media tarde, con mis padres, y un viento que te cortaba nariz y orejas, caminando dificultosamente con madreñes entre el amasijo de nieve, guijarros, humedad y barro. Fuimos hasta el chigre del puerto, el de Gelina y Ron, del que ya te hablé, y que estaba como casi todos en el rellano de la escollera, y donde los hombres a aquellas horas bebían sidra, “medias” de vino y copas de coñac, y todo eso. En los sesenta, con el aumento de los coches y el turismo que todo lo invaden, los chigres aquellos se convirtieron en pequeños restaurantes, si quieres un poco cutres, donde en cambio se comía muy bien; si ahora existiesen, que no lo sé, podías ir y pedir unos fritos de pixín, que desde entonces se hicieron famosos. El pixín más rico es el de barriga negra que es el macho; la hembra a la que en Galicia llaman juliana, tiene la carne de peor calidad. Había que ver la alegría de Ron escanciando la sidra mientras te miraba a los ojos; que los escanciadores hacen así: no miran para el vaso; te miran a ti, porque tienen un pulso de miedo para largar todo el culín.
( Gracias, Montse, por leerlo de nuevo ).


