BLOG DE VEIGA DO CANTO

A RUMBO DE COLISIÓN

Archive for the month “agosto, 2009”

EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

abedules5[1]

V

No sé si escribirte esta vez desde la cama, Pedro, porque me encuentro un poco bajo de tono, y no he dormido nada bien. No hablo de dolor, ¿eh? Realmente los huesos y la musculatura a esta edad duelen siempre, y sobre todo al levantarte; lo mismo que esos otros de orden difuso que no logras precisar o más bien no puedes…; pero no es eso realmente. No es el dolor propiamente dicho. El dolor para mí es ya a estas alturas un compañero en este tramo de la carrera sin retorno con el que voy conviviendo según puedo y aunque no pueda. Él me lleva y me trae cuando se va y viene. Es mi compañero casi inseparable. No; se trata de una recurrente sensación de hipotonía vital que, como prendida en la antesala de la nausea, me da una profunda desgana y el deseo más que de otra cosa, de no ver a nadie para recrearme así en mis propios pensamientos; que tú ya sabes que eso es uno de mis grandes demonios. Es como tratar de dimensionar los efectos de todo el cúmulo de sensaciones que el organismo relaciona siempre con los finales, con el final, más bien. Y sin querer hablar con nadie, percibiendo el discurrir de los hechos con cierto pesar.

Mi mujer hacía rato que estaba despierta, y sabiendo que yo también lo estaba, aunque intuyendo mi estado de ánimo, se levantó en silencio y bajó, supongo que a preparar el desayuno. Al rato subió haciendo algo de ruido, y pensé entonces que me iba a contar alguna novedad.

-Ha caído una gran nevada. Está todo blanco…Te traigo el desayuno…

Uf…Aquello rompía la monotonía por venir y ofrecía un resquicio a la ruptura.

-Había sentido algo de frío esta noche, le respondí. Quizá era eso. Pensé que el día iba a tener algo distinto, y que me iba a olvidar de mi obligación de ensimismarme.

-Voy; casi me levanto. ¿Qué hora es?

-Las diez más o menos. Están dando en las noticias que es un temporal en la cornisa y a nosotros también nos pilla de lleno. He puesto el café. Pongo un poco la calefacción y desayunamos…

-Si, sí, eso…desayunar…

Se me abría el apetito.

Me incorporé, y me vestí al completo. Me puse un suéter grueso. Efectivamente hacía frío en casa. Me eché un poco de agua en la cara y a su gélido contacto acudieron a mí pensamientos más de pasado que de futuro. Era lo que tocaba: pasado y más pasado. Corrí después hacia arriba la roldanilla del estor y pude comprobar cómo efectivamente una cortina deshojada en blancuras caía sin esfuerzo sobre un ya compacto armiño que enrasaba los campos y el camino a aquellas horas de la mañana.

Mientras descendía hacia la planta baja agarrado al pasamanos pude escuchar el silbido de la cafetera al colmarse la ebullición, y antes de entrar a la cocina me llegó el aroma inconfundible del café recién hecho.

Se estaban entonando los radiadores de la calefacción, y Blanca, de espaldas, retiraba la cafetera del fuego. Empezó a exprimir unas naranjas, y yo me animé entonces a cortar dos trozos de pan rústico y ponerlos al grill.

-Dicen que será cosa de tres días, que luego pasará…

-Ya…

Mientras apuraba el primer sorbo de café, quizá demasiado caliente, y untaba el pan con aceite mirándonos sin hablar, dirigí la vista hacia el bosque, con el arbolado revestido en claridad sobre grises. No se percibía en la mañana murmullo alguno, uniéndose al silencio la calma en un estatismo que hasta los pájaros respetaban, atónitos supongo, y a buen seguro en sus abrigos naturales esperando a ver lo que iría a pasar. Pensaba en cómo estarían los abedules. No había vuelto allí desde “aquello”.

-Tengo que ir al garaje, a por leña. Voy a traer mucha, encender la chimenea y tenerla todo el día al rojo, ¿qué te parece? No hace falta que vayamos al pueblo a por nada. Aparte de que estará fatal la carretera. Tenemos legumbres y tenemos pan y leche.

Ella asintió sin responder.

Tras desayunar, y con la chimenea ya encendida, busqué en la librería el primer volumen de obras completas de Maughan, el de relatos cortos, y me senté frente al hogar. Tuve que dar la luz. La grisura del exterior entenebraba el saloncito donde con la luz artificial se podía dibujar un cuadro acogedor en el que yo me iba a envolver refugiándome en la literatura del escritor británico.

Antes de abrir el libro, leído ya varias veces y al que casi siempre le sacaba matices nuevos, fijé la vista en el fuego mientras oía las pisadas de mi mujer subiendo las escaleras. Ésta abrirá ahora todas las ventanas de arriba antes de hacer la cama, pensé. Las mujeres y la ventilación. Hay que ventilar mucho la casa. No hay forma de convencerlas de que diez minutos es suficiente, porque además si hay mucha humedad en el exterior sólo haces introducirla en casa si tienes abiertas las ventanas mucho tiempo. Nada; era inútil…

El magnetismo de las llamas con el arrullo del crepitar, las tonalidades irreproducibles y las formas tan cambiantes y caprichosas. Siempre el hombre subyugado por el fuego idolatrante, preso en él, mientras vacía su cerebro de pensamientos, sintiéndose rodeado de su calor y misteriosamente tocado por su magia.

Empiezo con “La Carta”. Un melodrama en Singapur. Fue llevado dos veces al cine. Una vez, interpretado por Bette Davies y otra, ya más reciente, por la extraordinaria y malograda actriz Lee Remick muerta de cáncer en Los Ángeles en 1991, como sabes, tú que eres tan cinéfilo.

Un rato de lectura. Blanca que baja. Qué haces. Nada especial. He cogido un libro de Maughan. Ven, siéntate. Siéntate tú en el orejero.

Un silencio prolongado con los ojos en la chimenea. El teléfono que suena. Alguien desde la ciudad cercana que quiere saber si estamos bien. Si necesitamos algo. Una pariente de Blanca…Dejo el libro por unos momentos.

Ya te dije antes, querido Pedro, que mis pensamientos iban hacia atrás, volviendo de nuevo a aquel invierno de 1952. También se vivió en mi pequeño pueblo una gran nevada. La mayor quizá que yo he conocido. Una nevada acompañada de gran temporal y fuertes marejadas. Encañonado al Norte entre taludes naturales, aquel rincón entonces perdido recibió una andanada de aire polar a finales de aquel año, y quedó enjalbegado de nieve varios días. La borrasca que venía con ganas inmovilizó los barcos en el puerto, y los hombres, que no podían de aquella manera salir a pescar, destinaron sus artes a cazar pájaros, que, vagando inermes de frío y necesidad por los campos de las aldeas cercanas, resultaron ser una presa fácil de aquella depredación casi de urgencia natural que llenaba de proteínas las mesas a las que el mal tiempo les había hurtado las que procedían de la mar. El arroz con ave, cebolla picada y azafrán fue como el plato único por un tiempo, tan sólo alternado de forma esporádica por alguna que otra sartenada de lapas al ajoarriero o con arroz, si habías tenido la suerte de cogerlas en el pedrero aprovechando el punto de marea favorable, y cuidando mucho que no te cogiese un golpe de mar.

Navidades con turrón de tabique, que para el de almendra no había dinero suelto. Era el tal turrón una especie de argamasa hecha de cacahuete y azúcar caramelizado, expresión navideña del racionamiento aún imperante. A mí me mandaban a comprarlo a la tienda de Genera, a la que recuerdo como una mujer de mucho arranque a quien la “polio” había sometido muy duramente, y que caminaba con bastante dificultad ayudada con dos muletas de aquellas de madera, y medio sujeta también con arneses. Yo ya la conocí algo mayor porque, si te fijabas bien, andaba ya entonces con barba y bigote, a veces sin rasurar, signos que delatan en la mujer cierta prevalencia hormonal tras cruzar los sesenta. Pero de eso, claro, te das cuenta ahora. Actualmente…, bueno desde hace ya algún tiempo, eso se soluciona con rayos láser y tal, pero entonces…, ay, entonces! Genara era también lo que se llamaba una viuda blanca: su marido fue en una ocasión a por tabaco, y nunca más se supo; y la dejó con dos hijos adolescentes, a los que tuvo que sacar adelante. Y además, la carnicera del pueblo, si se puede decir así; o sea, mataba un ternero por la fiesta que era en agosto –bueno, en realidad el ternero lo mataban sus hijos -, que carne sí se comía una vez al año. Recuerdo que íbamos de niños al ceremonial del sacrificio del ternero que tenía lugar en una especie de garaje del que disponía esta gente en las afueras del pueblo. Abrían el garaje. Allí estaba el ternero comprado en la aldea el día anterior. Lo cogían del ronzal y lo conducían fuera. Luego lo sujetaban no recuerdo bien cómo para atizarle a continuación un martillazo en la parte alta de la cabeza. El ternero caía entonces al suelo como un saco y se quedaba así, con un tembleque en las patas. Lo cogían entonces de las orejas y arrastrándolo hacían que su cuello coincidiese con una especie de canalillo hecho en la tierra. Luego le metían al ternero una cuchillada en el cuello y lo sangraban entre estertores. La sangre iba entonces por el canalillo hasta la cuneta de la carretera cuesta abajo, pues el garaje estaba en una pequeña pendiente. Más tarde amarraban al animal por las uñas traseras una vez juntadas y lo suspendían en alto por medio de una roldada para sujetarlo después con unos ganchos a cada pata. Con una destreza increíble le hacían después cortes en esas patas y tirando fuertemente de la piel le hacían una incisión en los garrones para colocar entre ellos una estaca a modo de tensor que separando los cuartos facilitaba así el destripamiento y posterior despiece del animal. Más tarde se le despellejaba totalmente hasta la cabeza. Mientras lo iban abriendo, sus vísceras empezaban a colgar expeliendo un fuerte olor a entrañas frescas. Una vez despellejado, allí se quedaba el animal serenando toda la noche pingándole la sangre por la boca y con sus orejas caídas. Al día siguiente lo despiezaban y así, en trozos grandes, lo transportaban al hombro hasta el despacho de carne.

Era de pura fascinación ver cómo cortaban la carne cuando ibas a comprar: desprender primero la carne de la cinta en las chuletas con el afilado cuchillo, ver cómo aparecía el interior con su tono rosáceo, y luego dar el golpe final de macheta y hacer que se desprendiese del trozo la parte del hueso, entre aquel olor a l carne fresca.

Genara, aparte de la carnicería ocasional, tenía una tienda de ésas de pueblo donde había de casi todo; todo a granel y todo te lo envasaban en cartuchos de papel de estraza. No tenía sin embargo aceite; que eso había que ir a comprarlo racionado, como el pan, a casa del Aldeanu; que venía el aceite en unos bidones de doscientos litros, y se sacaba con una bomba de manivela. El aceite aquél a granel era una mezcla de oliva y soja, aunque yo creo que casi todo era soja, más que nada por lo aromático que resultaba al cocinarlo, que casi resultaba pestilente y daba mucho humo en las cocinas.

Digo que con la nevada no hubo escuela durante no sé cuánto tiempo; pues que así, como en medio de la nevada, estaban las vacaciones, en un vértigo de juegos blancos y mojaduras, que con frecuencia condenaban nuestras nalgas a la sanción de una zapatilla o del mango de una escoba.

Cuando el blanco manto lo cubre todo parece como que tan sólo notas el movimiento de la vida en el humo de las cocinas de leña y carbón; aunque para ser exacto, iglesia y cura, sin embargo, siguieron en movimiento tras el despeje con palas del camino sacro, y abriendo a diario como siempre la casa de Dios, que las almas también debían alimentarse, y su cuidado no podía admitir pausa alguna ni siquiera por una nevada. Fervores permanentes que tras la fugaz alegría del villancico, y casi sin solución de continuidad, iban a empalmar con los que se correspondían a la preparación de las almas para la santa misión que en febrero iban a impartir unos padres redentoristas que venían de Burgos.

El último día del año amaneció con mucho frío, dejando la helada nocturna su rúbrica en los cristales. Por ello apenas salí de casa. Mi madre me puso muy caliente la cascarilla de cacao con leche y el pan de pancha sumergido, espesado y sabrosísimo entre el brebaje. Desayuné frente a la ventana de la cocina desde la que podía ver un pequeño huerto que teníamos delante y en el que mis padres solían plantar tomates, coles y patatas. Ahora no había nada sembrado y aparecía todo él cubierto de nieve; pero estaba lleno de pájaros. Había incluso pájaros grandes que seguramente se acercaban tanto a las casas en busca de algo de comida. Mi padre me había hecho una trapa con aro de avellano y redecilla de boliche. Después de desayunar la armé en una esquina visible del huerto, y pasé el cordel atado al tentempié a través de un agujerillo que había en el marco de la ventana; y agarrado a él estuve gran parte del día esperando que algún despistado pardal fuera a picotear bajo aquel círculo de influencia al que le había retirado la capa de nieve y echado unas migas de pan duro.

Creo que aparte de esto, únicamente salí de casa un rato a media tarde, con mis padres, y un viento que te cortaba nariz y orejas, caminando dificultosamente con madreñes entre el amasijo de nieve, guijarros, humedad y barro. Fuimos hasta el chigre del puerto, el de Gelina y Ron, del que ya te hablé, y que estaba como casi todos en el rellano de la escollera, y donde los hombres a aquellas horas bebían sidra, “medias” de vino y copas de coñac, y todo eso. En los sesenta, con el aumento de los coches y el turismo que todo lo invaden, los chigres aquellos se convirtieron en pequeños restaurantes, si quieres un poco cutres, donde en cambio se comía muy bien; si ahora existiesen, que no lo sé, podías ir y pedir unos fritos de pixín, que desde entonces se hicieron famosos. El pixín más rico es el de barriga negra que es el macho; la hembra a la que en Galicia llaman juliana, tiene la carne de peor calidad. Había que ver la alegría de Ron escanciando la sidra mientras te miraba a los ojos; que los escanciadores hacen así: no miran para el vaso; te miran a ti, porque tienen un pulso de miedo para largar todo el culín.

( Gracias, Montse, por leerlo de nuevo ).

RES MAGNI LABORIS EST

clip_image001

Viendo la foto que nos ilustra, recuerdo que hace ya mucho, mucho tiempo, había tíos en mi empresa que cuando entrabas en sus despachos tenías que dar una vuelta alrededor de sus mesas para saber si estaban: los legajos de papeles formaban tantas pilas, que cubrían casi por completo el escritorio, dejando un espacio de maniobra de no más de treinta por treinta centímetros.

Eran épocas aquellas en que la “zorrería” disparaba tretas para aparentar una gran actividad administrativa o de gestión, lo que a la postre resultaba imposible desarrollar entre la selva de celulosa. Pero pronto el paso del tiempo terminó por amarillear aquellos ortoedros de papel cuyos componentes estaban clasificados en orden de caída; y así, lo que pretendía ser el escaparate de la laboriosidad se tornó en la evidencia palmaria de la ineptitud.

Recuerdo a uno en concreto que las más de las veces se hallaba ausente, y lo podías encontrar o “haciendo pasillo” mientras silbaba crotálicamente, o brujuleando por atriles vacíos mientras tomaba notas.

En una ocasión en que lo cambiaron de despacho, la gente de servicios generales le dejó todos sus papeles metidos en cajas sobre el suelo de su nueva ubicación: así permaneció el “carpetaje” durante años mientras los estantes aparecían huérfanos de contenido, y la mesa iba adquiriendo por momentos aires de mampostería. Me preguntaba siempre qué diablos contenían aquellas cajas tan inmóviles como intemporales; hasta que una vez, un malvado que a buen seguro puede que esté leyendo esta carta, y yo mismo, hundimos nuestras perversas manos entre el piélago de papeles de uno de aquellos contenedores: había listados – ¡por éstas! – de diez años atrás…

No era de extrañar, pues, aquel continúo vagar, aquella permanente ausencia. Era la huida laboral hacia delante de alguien incapaz de hacerse con la documentación, de despacharla y clasificarla convenientemente y a su tiempo, liberando de espesura el área de trabajo y su propio cerebro.

Un constreñimiento tal, hasta alcanzar límites antiergonómicos debía provocarle al sujeto anquilosamiento de sus extremidades superiores y angostura general, con el consiguiente yerro en las decisiones: su continuo ir y venir por los pasillos adquiría así su justificación.

Aunque, como digo, de esto hace ya mucho, mucho tiempo…

EL LUJO Y LA MISERIA

 

 

TOURIÑO, QUINTANA Y EL  A-8

LA COCINA ECONÓMICA DE SANTIAGO

 

Hace ya tiempo (1/11/2008), y en un blog ya cancelado, me permití escribir esta carta que no quiero olvidar y que ahora reproduzco porque se me quedó en el camino al ir transfiriendo las cosas a la actual bitácora de Veiga do Canto. Lo mismo me ha ocurrido con otras notas que me van apareciendo al repasar viejos apuntes. Disculpen que me repita pero hay cosas que no se pueden olvidar…ni se deben. Dice así ésta: 

Sólo unos días después de que el diario “El Correo gallego” publicase un reportaje sobre “La Cocina Económica de Santiago”, he tenido ocasión de leer en el mismo medio una información sacada a la luz por el secretario general del PPdeG, Alfonso Rueda, quien denunciaba “un nuevo ejemplo” de la “tendencia al lujo irrefrenable” del presidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño, a quien acusó de haber gastado más de dos millones de euros en reformar un despacho que “apenas usa”[…]

Volviendo al artículo en cuestión sobre la institución benéfica compostelana,- porque casi en un trayecto tan corto como saltar de un párrafo a otro, se va desde la sede de Presidencia hasta el comedor social, desde San Caetano hasta la iglesia de San Agustín, en pleno casco histórico de Santiago- éste hacía referencia a cómo las Hermanas de la Caridad que la regentan siguen cada día dando más de cien comidas a los sin techo de la “capital gallega” apelando a la solidaridad de los demás.

Mientras, el parlamentario “popular” va desgranando la información referente al despacho de Touriño y a sus obras de remodelación que se adjudicaron “sin ningún tipo de procedimiento”, y cuyo gasto según el señor Rueda fue convalidado por el Consello de la Xunta, lo que significa que la cifra es “muy superior” a la mencionada, o que se hizo “sin ningún tipo de fiscalización previa”, “o probablemente las dos cosas”.

Son cada vez más los comensales que acuden a diario a la Cocina Económica, y los indigentes ya no son los únicos que solicitan ayuda, en el único lugar de la capital gallega donde las personas sin recursos pueden conseguir un plato de comida caliente por sólo ochenta céntimos, y donde se están comenzando a notar ya los efectos de la crisis. La directora de esta institución de las Hermanas de la Caridad, asegura que “cada vez tenemos más gente porque saben que aquí siempre tendrán comida segura”. Pero lo más preocupante es que ya comienzan a tener entre sus comensales a familias con niños. “La semana pasada vino una pareja con tres hijos pequeños, y no es la primera vez… Si esto no cambia puede que se convierta en algo habitual”

A la reforma de su despacho sumó otros “caprichos” el Presidente de la Xunta:

Entre ellos citó Rueda el incremento del número de asesores, que cifró en 74, un 50% superior respecto al anterior Gobierno popular, o el aumento en 20 puntos porcentuales de los gastos de protocolo para “seguir comiendo bien, viajando bien y yendo a buenos hoteles”. También denunció que Touriño “no tuviese reparo” en destinar 480.000 euros a adquirir un nuevo coche oficial- que se vendría a sumar por cierto a los 350 de los que ya dispone el ente regional-, y, al respecto, insistió en que “no hacía falta” renovar ningún vehículo del parque móvil destinado a la Presidencia.

Preguntada sobre cómo afronta la Cocina Económica la crisis, la directora de la institución compostelana asegura que “vamos, más o menos, terciando la cosa, porque hay mucha necesidad y notamos que los precios suben, por lo que nos cuesta más adquirir cosas. Pero seguimos poniendo encima de nuestra mesa un plato caliente y así seguiremos mientras podamos”.

Y es que no es la primera vez que Dolores Diz asegura que “salimos adelante gracias a la providencia, es decir, a la ayuda que recibimos de gente solidaria”.

Cuentan con ayudas del Ayuntamiento y la Diputación de A Coruña, pero la directora de la institución asegura que los voluntarios que les llevan comida, además de vendedores de la Plaza de Abastos que ceden muchos productos de forma altruista a la Cocina Económica, son sus grandes aliados.

[…] La Cocina Económica funciona sin interrupciones durante todo el año. Ni siquiera en Nochebuena o Navidad descansa, y así el año pasado, el 24 y el 25 de diciembre atendió a setenta y cinco personas que, ni siquiera en esas fechas, tienen otra posibilidad de llevar a su mesa un plato caliente. El menú en estas ocasiones es también, dentro de su sencillez, festivo.

Prácticamente todos los medios se han hecho eco de los más que dispendios, despilfarros, de estos personajes que se asientan en el mando regional. Sólo una ausencia en la crítica que resulta más que elocuente; y es la de los conmilitones de los socialistas en el gobierno xunteiro: quienes como “rogelios” parecen haber llegado con más vitola que nadie en todo tipo de “ismos” e “istas” a ocupar despachos en la Xunta, compiten con sus socios en tanta hambre de poder como ansia de ostentación, y en tanta vanidad como resentimiento, para terminar guardando un silencio que los delata en la complicidad.

Acaesció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna […]

- Agora quiero yo- dijo el ciego- usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas y que hayas dél tanta parte como yo […]

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance, el traidor mudó propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y, meneando la cabeza, dijo:

- Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.

- No comí- dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?

- Respondió el sagacísimo ciego:

- ¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres?.En que comía yo dos a dos y callabas.

De “El Lazarillo de Tormes”

Y es que, como ocurre siempre, vienen los clásicos a ilustrarnos en sabiduría, que también lo es el conocimiento de todas las miserias de la condición humana.

Post Navigation

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.