RES MAGNI LABORIS EST
Viendo la foto que nos ilustra, recuerdo que hace ya mucho, mucho tiempo, había tíos en mi empresa que cuando entrabas en sus despachos tenías que dar una vuelta alrededor de sus mesas para saber si estaban: los legajos de papeles formaban tantas pilas, que cubrían casi por completo el escritorio, dejando un espacio de maniobra de no más de treinta por treinta centímetros.
Eran épocas aquellas en que la “zorrería” disparaba tretas para aparentar una gran actividad administrativa o de gestión, lo que a la postre resultaba imposible desarrollar entre la selva de celulosa. Pero pronto el paso del tiempo terminó por amarillear aquellos ortoedros de papel cuyos componentes estaban clasificados en orden de caída; y así, lo que pretendía ser el escaparate de la laboriosidad se tornó en la evidencia palmaria de la ineptitud.
Recuerdo a uno en concreto que las más de las veces se hallaba ausente, y lo podías encontrar o “haciendo pasillo” mientras silbaba crotálicamente, o brujuleando por atriles vacíos mientras tomaba notas.
En una ocasión en que lo cambiaron de despacho, la gente de servicios generales le dejó todos sus papeles metidos en cajas sobre el suelo de su nueva ubicación: así permaneció el “carpetaje” durante años mientras los estantes aparecían huérfanos de contenido, y la mesa iba adquiriendo por momentos aires de mampostería. Me preguntaba siempre qué diablos contenían aquellas cajas tan inmóviles como intemporales; hasta que una vez, un malvado que a buen seguro puede que esté leyendo esta carta, y yo mismo, hundimos nuestras perversas manos entre el piélago de papeles de uno de aquellos contenedores: había listados – ¡por éstas! – de diez años atrás…
No era de extrañar, pues, aquel continúo vagar, aquella permanente ausencia. Era la huida laboral hacia delante de alguien incapaz de hacerse con la documentación, de despacharla y clasificarla convenientemente y a su tiempo, liberando de espesura el área de trabajo y su propio cerebro.
Un constreñimiento tal, hasta alcanzar límites antiergonómicos debía provocarle al sujeto anquilosamiento de sus extremidades superiores y angostura general, con el consiguiente yerro en las decisiones: su continuo ir y venir por los pasillos adquiría así su justificación.
Aunque, como digo, de esto hace ya mucho, mucho tiempo…
