ABEDULES

VI

Cuando los cuerpos eran sojuzgados por el poder de la Dictadura, y los estómagos embridados por las carencias y el racionamiento, vinieron los misioneros redentoristas al pueblo, a domeñar las almas en nombre de un Dios que te amenazaba con el fuego eterno y la privación de su presencia en el más allá, si no observabas sus mandamientos en el más acá. Dos frailes de esa congregación, los padres Fuente y Burgo llegaron en febrero de aquel año 52, con la doctrina y el eslogan “Santa Misión. Buscad el Reino de Dios”.

El tal Fuente era un tipo escurrido de carnes, enjuto, y más bien parco en palabras. Tenía ese permanente rictus de amargura asomando a su boca, que hacía plausible la presencia de una úlcera gástrica más o menos estable, lo que por entonces se curaba bebiendo mucha leche, y, el que podía agenciárselas, tomando el antiulceroso ROTER que traían los navegantes cuando recalaban en algún puerto holandés; pues las farmacias de aquí, nada de nada, en aquel tiempo de estrecheces. Era además el fraile aquél poco convincente en su tarea, razón por la que creo se ocupaba en llevar el peso de las plegarias y en decir la misa durante el tiempo de las misiones. Más tarde me enteré que había muerto de cáncer. No recuerdo quién lo comentó en el pueblo.

Burgo sin embargo era el temperamento y la vehemencia para mover las almas al arrepentimiento y a ponerse a bien con Dios; un sujeto bastante joven, metido en quilos, colorado y sensual. Llevaba él solito el peso de los sermones varios de cada día dominando la retórica para el adoctrinamiento, la enervación y hasta el éxtasis.

Las misiones duraban varias jornadas, y constaban de tres partes desde el punto de vista litúrgico: una primera, en la que el clérigo te descubre tus pecados y te abre las puertas del infierno para que veas aquello a lo que te has hecho acreedor por haber ofendido a Dios. En esta parte incluso había una escenificación de fuga de los misioneros que, horrorizados ante tanto pecado, iniciaban su salida del pueblo. “Ya se van los misioneros, ya no os quieren”, gritaba el padre Burgo desde el púlpito, para a continuación salir como escapando de la iglesia junto a su compañero, vestidos ambos con sotana y roquete. En pleno enardecimiento multitudinario, la gente imploraba gimoteando desde el exterior del templo al ver que sus redentores los abandonaban:  “No  os  vayáis,  no  nos  dejéis  solos”. Era algo extraordinario. Los misioneros daban entonces media vuelta, justo antes de doblar la curva de la Pirulera, que estaba como a doscientos metros cuesta arriba saliendo ya del pueblo, y regresaban: “Ya vuelven, ya os quieren, porque os vais a poner a bien con Dios”.

La segunda parte era la Penitencia, y en ella todo el mundo era convocado a Confesión General. Hasta los más reacios a la cosa religiosa pasaron por el confesonario. Y tras el perdón, el acto de fe, con la iglesia en tinieblas y cientos de velitas encendidas en las manos de los fieles, implorantes hacia el Altísimo, con las almas ya en gracia de Dios. Burgo se felicitaba entonces en el púlpito por la pureza que se había abierto paso por fin ante el pecado.

La Comunión era al final la catarsis y el rito apoteósico de la Misión, en la que los feligreses ya en gracia entonaban cánticos a Dios por el reencuentro con el Todopoderoso, cerrando así el ciclo misional.

Una cruz alegórica recuerda aún hoy en aquel templo el paso por el pueblo de los dos redentoristas.

Horacio, muy niño entonces, ayudaba a misa por veces, y le quedó aquel recuerdo del padre Burgo, muy cerca y de espaldas a él, comentando a veces el Evangelio desde aquel lado del altar, con el cuello bañado en un sudor hecho de vehemencias y venas hinchadas.

Servicio ad honorem de aquel niño al templo; pues que a su madre sólo le quedaba la redención a través del culto: En un sentido, debido al mucho pecado que había supuesto en su vida ser hija de un republicano fusilado por los franquistas en el 38 por el delito de ser desafecto al Nuevo Régimen, y merced a la traición de algunos convecinos que habían terminado por acusarlo de querer eliminar a “toda esta morralla de facciosos”.Y es que la delación voluntaria, nacida de la servidumbre, ansía, más allá del reconocimiento por parte del verdugo- que también- , la desaparición del disidente en el que el delator ve cada día reflejada su propia carencia de libertad. Y en otro sentido, por haber pasado además varios meses en la cárcel con el pelo al cero, cuando apenas contaba diecisiete años, por el “horrible” delito personal de que un hermano suyo había desertado de las tropas “nacionales” para pasarse a los rojos.