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VII

Horacio subía a todo gas diariamente los peldaños del escalerón de cemento que le llevaban hasta la escuela desde la barriada baja del pueblo. Llegaba al aula con el tiempo muy justo y la respiración entrecortada, sobre las nueve de la mañana, que era cuando se entraba, después de haber ido a por la leche a una casería de vacas en lo alto del pueblo. Dos caminos llevaban cuesta arriba a aquella aldea: Uno era paso de servidumbre y discurría en zigzag por el prado ligeramente montañoso de Félix, aquel hombretón fornido y de cara colorada al que la guerra le había arrebatado a su único hijo de diecinueve años, de aquellos de la llamada “quinta del pelargón”, que fue la última que movilizó la República. El otro, comunal, muy en pendiente, trenzado en cantos de piedra dura que se habían asentado desde tiempo inmemorial. Regresar después cuesta abajo dejándole a la madre en casa la cantimplora de porcelana para que hirviese la leche, y, tal como os digo, salir inmediatamente corriendo hacia la escuela para estar a la hora, que si no don Eduardo, el maestro, te ponía unos minutos de rodillas de cara a la pared por tu falta de puntualidad.

El ir a la leche antes de la escuela era la primera labor de los muchachos, ascendiendo a diario sobre la perspectiva del pequeño puerto con las casas en abanico a ambos lados del eje de la ensenada, entre la punta del Olivo y la de la Mesnada encarando la ría de Villaviciosa.

De tanto correr subiendo y bajando, o bien de probar el efecto de la fuerza  describiendo círculos con la cantimplora llena de leche, los golpes en los recipientes eran harto frecuentes, así como la pérdida del líquido que contenían después de los sucesivos ensayos físicos. Tanto los golpes, que hacían desaparecer el baño protector a la lata, como los derrames de la leche, no eran disimulables al llegar a casa, donde podía esperarte en tales casos una buena zurra.

Cada familia del pueblo tenía sus preferencias a la hora de elegir en qué casería comprar la leche; no por el precio, que era el mismo en todas, sino más bien por afinidad con los aldeanos, o quizá por el sabor de la leche; que la leche a veces toma aromas del pastizal.

En casa de Horacio gustaba la leche de Elvidia. Para ellos era la mejor porque ella y su marido tenían las mejores vacas y de los mejores prados del lugar.

Eran vacas ratinas, de color pardo y piel suave, que aunque no eran las de mayor producción, daban una leche de gran calidad en sabor y en abundancia de nata, que entonces se apreciaba mucho, antes de aparecer las leches éstas desnatadas o semidesnatadas y de que te dijesen que llegados a una edad era las que había que consumir, por aquello del colesterol. Antes eso no existía. La gente no sabía qué era eso del colesterol. Yo creo que ni los médicos lo sabían. La gente no moría por que tuviese el colesterol alto y le diese un infarto o algo así. La gente moría- más bien pronto, dicho sea de paso- de muerte repentina, y ahí se englobaban todo tipo de patologías que ahora se desglosan muy científicamente, aunque la gente sigue muriendo de lo mismo, quizá un poco más tarde, pero de lo mismo

En vez del colesterol, ya digo, había que atender otras cosas, había otras prioridades: había que llenar el estómago fundamentalmente, y aportar calorías, que los trabajos eran muy duros, y la grasa era apreciada precisamente por su gran aporte calórico; o sea que no veas la leche…

Bueno, pues aquellas vacas ratinas que digo servían además para trabajar y eran más fértiles, que podían darte un ternero anual. Y si aparte había buen pasto en verano y en el invierno el heno en las tenadas estaba asegurado, la leche resultaba excelente a lo largo de todo el año.

Elvidia era una mujer gorda, con esa edad indefinida que marcaba a las campesinas, vestidas siempre de alivio porque jamás terminaban de quitarse el luto por alguien, con el pelo en un moño entreverado ya de canas, la cara redonda y sonrosada por un excesivo apego a la mesa, y las tetas demasiado caídas porque con el tiempo todo termina cayéndose, no como ahora que todo vuelve a levantarse menos los muertos.

Entrabas en aquella casa y te encontrabas de frente con una especie de aparador, arriba lleno de loza; en el centro, dos portarretratos sepia de gente mayor y una sopera vacía que Horacio jamás supo qué hacía siempre allí, y un departamento abajo con dos puertas siempre abiertas que dejaban ver unos estantes llenos de cosas indefinidas. A la derecha, una puerta por la que accedías a la cocina, que lo primero que te decía Elvidia en cuanto te veía era que pasaras a la cocina; una cocina grande como deben ser las cocinas de los pueblos, que es allí donde se recibe a las visitas, en la cocina. Siempre encendido el fuego, atizado con leña de eucalipto, y una encimera enorme de alicatado blanco sobre la que solía haber hortalizas recién cortadas, el puchero grande de les fabes que habían estado toda la noche a remojo y que apuntaba directamente a los fogones, y un bidoncillo de porcelana blanca lleno de leche. Había en el centro de la estancia una mesa grande de castaño natural con un hule algo deteriorado que a duras penas lograba cubrir la parte de arriba, y sobre la misma, una media hogaza de pan, una botella de sidra vacía y un recipiente de medida de un litro. Al pie de la mesa, un banco corrido, y al otro lado dos sillas también de castaño con el asiento de mimbre. En la pared de enfrente justo a la derecha de la encimera había una alacena y sobre ella, una especie de frutero, una fuente de loza con chorizos y un porrón de vino. La cocina disponía de dos ventanas, y en el centro, pendiendo sobre la mesa de castaño, aparecía colgado un jamón que casi iba ya en el hueso, y al lado, el pegajoso y desagradable atrapamoscas que nunca se cambiaba y estaba lleno de los asquerosos inquilinos muertos. Y todo enredador oliendo a leche recién ordeñada, a estiércol de vaca y a olor corporal. Elvidia te sonreía mientras, después de lavarse las manos en un fregadero que había a la derecha de la encimera y de secárselas con el delantal, tomaba el bidoncillo con el brazo derecho y apoyándolo contra el costado vertía el líquido blanco sobre la medida de litro, y de allí a la cantimplora. Era entonces cuando te llegaba el olor más intenso de la leche, un olor como sólido, espeso, desplegante. A Horacio le gustaba aquel olor porque le gustaba la leche recién ordeñada. A veces Elvidia le daba a beber un vaso de una pinta de leche, y él se lo bebía en tres sorbos. Menos mal que en aquellos años cincuenta la leche no faltó en su casa. Algunos días llegaba a la casería tan pronto que aún estaban ordeñando las vacas. De eso se encargaba Ciaño. No sé si era apellido o mote lo de Ciaño. Era tuerto y la inexpresividad casi blanca de aquel ojo te hacía dudar de adónde debías fijar tu mirada cuando hablabas con él, aunque como era de pocas palabras podías fácilmente hurtarle la conversación.

Siempre tenías la sensación de que llevaba la misma ropa cada día, oliendo a sudor añejo y a establo, y si te fijabas en sus manos mientras ordeñaba, te dabas cuenta de que nunca estaban demasiado limpias, pues debía ser que las labores del campo crean pátina terrosa sobre la piel y depósitos estables diversos bajo las uñas.

Ese olor que digo, con el poco aseo que había en las casas, luego se impregnaba hasta en las camas y se hacía general. Horacio recordó esto muchos años después, cuando se fue con su mujer y su hija a pasar una Semana Santa por la provincia de Soria, y, no habiendo encontrado hotel para una de las noches, les mandaron a dormir a una casa particular, según dijeron, de mucha confianza, y que resultó ser la vivienda de un cabrero, que allí todo olía a cabra, incluidas las camas, como digo; y la blancura de las sábanas no pasaba más allá de un tono moreno, que es cuando la mugre ya ha dejado su huella en las cosas. Sólo Inma durmió a pierna suelta aquella noche porque los niños y los jóvenes duermen sobre el filo de un cuchillo, pero el matrimonio no había pegado ojo, que olores tan desagradables te provocan una noche de vigilia.

Ciaño tenía muchos prados para el verde del ganado y para el heno; y varias pomaradas cayendo en una ladera tendida hacia la carretera que llevaba a Gijón. A una de esas pomaradas, y casi con el verano ya vencido, iban los muchachos a robar manzanas en hora de siesta, que era cuando el personal aprovechaba para esa trasposición reparadora del sueño después de comer, y así, entre el sosiego general y después de quedarse muy quietos durante unos instantes, atisbando por si el tuerto andaba por allí, salvaban la saltadera desde el camino hasta un eucaliptal anejo, y de éste, a la pomarada de Ciaño a través del hueco dejado por un antiguo corte en la alambrada de espino que hacía de linde entre arboleda y prado, mientras el corazón se te salía del pecho por la zozobra. Había sobre todo manzanos de reinetas, reineta panera, que eran las mejores para las muelas, hirviéndote en la boca con cada mordisco porque aún estaban ligeramente verdes; también para el estómago, por lo digestivas que resultaban; y además eran las que mejor sidra daban. El acopio se hacía ciñendo bien la camisa al pantalón y dejándole un cierto vuelo; que de esta manera dentro del seno iban introduciendo las manzanas hasta que la camisa ya no podía más, y antes de que los botones quebraran y se fueran todas las manzanas al suelo. La descubierta no duraba más allá de diez minutos, y en más de una ocasión hubo que salir a toda prisa hacia el eucaliptal al oír los ladridos del perro del aldeano. Por nada del mundo hubiese dejado Horacio que Ciaño le identificase como uno de los que le robaban la fruta, para luego tener que ir al día siguiente a su casa a por la leche.

Elvidia y Ciaño tenían dos hijos. Ondina era ya algo mayor, pero Ximiro era condiscípulo de Horacio y algo tímido, aunque se le daba bien la aritmética, y así había sido de los primeros en entender aquello de la regla de tres directa de “se multiplican los medios y se divide por el extremo”, que tanto le gustaba repetir a don Eduardo.

Ciaño murió años más tarde haciendo fuego en el monte mientras rozaba matorral con que luego estrar las cuadras del ganado. Hace ya ni sé los años que esa labor no se realiza en el campo, como otras muchas, porque desde hace mucho tiempo se compraban fardos de paja que amén de alimento servían para lecho de los animales. Pues como digo, se encontraba solo en estas labores; ni Ondina ni Ximiro vivían ya con ellos, y así la soledad en el monte como en los mares es una aliada estable del riesgo. Él, de viento, no entendía casi nada; eso quedaba para la gente del puerto. Eso de que si rolaba o no, si cambiaba la línea del fuego, o si con el viento de determinada dirección podían coger las llamas más arboladura y espesor y terminar por atraparte no habían entrado en sus cálculos. Así que en la aldea vieron una columna de humo demasiado grande y que Ciaño no llegaba a casa siendo ya casi anochecida.

Don Eduardo, el maestro, era, según dijeron, falangista; tenía la nariz afilada y un bigotillo un poco ridículo; el pelo negro, todo hacia atrás peinado y unas pupilas que delataban carencias. Y cuando llegó al pueblo, vestido con una chaqueta de paño con las coderas demasiado pronunciadas por el uso y unos pantalones con rodilleras harto brillantes, no causó buena impresión a casi nadie; aunque a fuer de ser sinceros tampoco causaban buena impresión los guardias civiles, con mucha mala uva y la mano demasiado suelta. Había cinco o seis en el pueblo, y un cabo. Repartían hostias, ya digo, a la primera de cambio, y que no le pillaran a algún pescador con una captura que no fuese estrictamente pesca. Era el caso por ejemplo que ocurría cuando iban a los centollos por primavera, por marzo más concretamente. Los centollos se capturaban con un garabatu, utilizando para la visión del fondo del mar un artilugio al que llamaban “espejo”, y que consistía en un tronco de pirámide en cuya base menor se había colocado un cristal sujeto a la manera en que se hacía con los vidrios de ventana, y que aportaba estanqueidad al conjunto. Tal “espejo” se situaba en un costado flotando sobre el agua con el cristal hendiendo la línea de la misma, que así se alisaba su enrizamiento para alcanzar diafanidad en la visión, y con el pescador de turno volcado sobre el carel del bote donde había colocado un cojín para alcanzar cierta ergonomía en la postura, la vista a la altura de la base mayor del tronco de pirámide y sujetando el artilugio con sus manos. Se iba costeando con el bote a escasa profundidad y aprovechando siempre la situación bonancible de la mar para que así los fondos resultaran bien visibles. A veces en lugar de la visión de fauna y flora marina, lo que llegaba a los ojos de los pescadores eran los restos del naufragio de un mercante, el Chío, que había zozobrado en los años cuarenta y del que, reducida su estructura de acero a menudencia sin valor alguno entre los golpes de mar y la corrosión, podían aparecer en cambio trozos de plomo o cobre, que eso sí que te lo pagaban bien los chatarreros. Total, que si habías tenido suerte, habías cogido unos cuantos centollos y además llevabas unos kilos de chatarra, pues eso, que habías hecho “la marea”. Pero luego llegabas a puerto y tenías allí indefectiblemente al guardia que estaba de puesto en el muelle, y que te hacía descubrir las tablas del panel de la lancha buscando no precisamente qué tamaño tenían los mariscos. Si te la encontraban- que si llevabas chatarra te la encontraban- tenías que ir al cuartelillo, denuncia al canto, multa, y si abrías la boca, un par de hostias, porque aquello se consideraba contrabando, y eso durante la Dictadura era algo grave, no importaba que sólo se tratase de unos kilos de cobre. A veces, mientras faenaban con cualquier arte, venían a la deriva hacia tierra fardos de caucho o esperma, e incluso tablones, procedentes de las bodegas de algún mercante hundido durante la segunda gran guerra.

En tal caso, y como la cosa era de bulto, se trataba de arribar con ello a algún lugar propicio de la costa antes de entrar a puerto, descargarlo y ocultarlo de la vista de los guardias. Pero, ay, si te descubrían. Que una vez, según contaban, descubrieron los civiles que en un hórreo de la vecina parroquia de Oles que era propiedad de un paisano del lugar que se llamaba Custodio se hallaba a buen recaudo, esperando la ocasión de contactar con un comprador, un gran fardo de goma. Quiso Dios que, estando a tope de sidra en un chigre en el que a la sazón se encontraba la “pareja”, se le soltara la lengua a uno de los tripulantes de la lancha que había “pescado”el fardo. No solamente decomisaron la cosa, sino que cada uno de los pescadores recibió en el cuartel la correspondiente paliza, supongo que cargada de bombo al sentirse en este caso burlados los civiles. De las hostias se encargaba fundamentalmente un guardia apellidado Martínez, que se ensañaba sobre todo cuando iba ya con unos cuantos “culinos” de sidra, y que si la ceguera que alcanzaba en medio de la tunda era mucha o, simplemente, se hacía daño con los puños, entonces recurría al fusil agarrándolo por el cañón y utilizándolo así de mandoble. En tal caso, y con el silencio cómplice del médico de la villa, allá que se quedaba en cama unos cuantos días el pobre de turno mientras su mujer le ponía cataplasmas a sus moratones y paños calientes a sus maltrechos huesos.

De aquella paliza tan sólo se libró el padre de Horacio, a quien pertenecía la lancha captora; y se libró porque su mujer era amiga de una hermana de Martínez, quien al verlo entrar a la sala de hostiaje del cuartelillo le mandó irse a su casa con la advertencia de que aquello no se volviera a repetir.

Don Eduardo, sin embargo y al fin, logró hacerse de amigos, al contrario que los civiles, que cuando se fueron se llevaron las mismas simpatías que al venir. Y no fue mal enseñante. No sabría decir por qué disciplina sentía predilección, que estas cosas casi siempre se les notaban a los maestros de escuela por aquello de incidir más en la materia en la que más fuertes estaban.