EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES
VIII
El grupo escolar del pueblo era de niños y niñas, con locales para viviendas de los maestros en la parte alta; aunque curiosamente, y sin saber yo muy bien por qué, aquello no se había terminado de habilitar para vivir, y como el aula de las chicas, también incomprensiblemente, estaba algo desvencijada, la maestra enseñaba en el local correspondiente a la vivienda situada sobre la clase de los chicos convertida así en improvisada escuela.
Era el maestro de manos finas, y en una de ellas lucía un sortijón con una piedra roja que destacaba cuando, al hacernos reunir en derredor de su mesa para explicarnos las cosas, se ponía en los prolegómenos a ordenar cartesianamente las gomas, lapiceros y reglas que tenía desparramados sobre su escritorio, mientras carraspeaba levemente. Carecía de tenacidad para la enseñanza y algunos que eran duros de mollera se quedaban atrás machacando el “Rayas” bajo la tutela de los avispados de la clase. Volvía a reunirnos alrededor de su mesa para tomarnos la lección, para la lectura, para las lecciones de geografía ante el mapa, o frente al encerado para explicarnos las matemáticas, o para que resolviéramos alguna operación. No recuerdo que marcara a nadie con la regla de baquelita con cantos de latón que tenía sobre su mesa, pero a algún listillo le caía alguna bofetada si don Eduardo se daba cuenta de que era el causante de que subiese el rumor de las charlas mientras a lo mejor él se había quedado un poco traspuesto, o simplemente permanecía distraído mirando a través de uno de los dos balcones que casi siempre permanecía abierto y desde el que se divisaba perfectamente la explanada del puerto.
La escuela era de orientación marítima para los chicos, que allí aprendías la rosa de los vientos, los nudos y cosas así, y en manualidades, los que ya por entonces eran “manitas” construían maquetas de vaporas en madera que, una vez pintadas, se colocaban en estantes quedando como recuerdo en la escuela con el nombre del autor. Las enciclopedias te las prestaban allí, así como los libros de lectura. Tú sólo tenías que llevar la pizarra, las plumas de corona y los cuadernos; uno para los dictados y otro que era el de caligrafía. Eran los pupitres para dos alumnos, con respaldo y apoyapiés a modo de escabel, y disponían de un tintero encastrado en la parte superior central para que pudiesen mojar en él los dos alumnos. Hacíamos la tinta con unos polvos y agua, y se guardaba en un bote, y de allí se iban rellenando los tinteros según necesidades. A primera hora, a las nueve de la mañana, don Eduardo pasaba lista y había que contestar “servidor de usted”. No la pasaba por orden alfabético. Él tenía colocada la clase en orden de listeza, y de las tres hileras de pupitres, los dos alumnos más aventajados de la clase ocupaban el primer pupitre de la hilera central; a continuación los dos alumnos del primer pupitre de la hilera izquierda, y luego los dos del primero de la derecha, y así sucesivamente. Las incidencias en la asistencia quedaban reflejadas en un estadillo que tenía sobre el escritorio.
Por mayo, que era como se sabe el mes de las flores, don Eduardo mandaba colocar una pequeña imagen de la virgen, que permanecía guardada el resto del curso en el armario de los libros, sobre el alféizar de una ventana situada cerca de la puerta de entrada, y nos enviaba luego a buscar flores al campo y colocarlas a los pies de la imagen, mientras cantábamos “con flores a María que madre nuestra es”. Íbamos, tanto a por las flores como a los juegos del recreo, a las ruinas de la iglesia del pueblo distantes menos de cien metros cuesta arriba de la escuela.
Quedaban, de lo que había sido el edificio, cuatro muros medio derruidos. La iglesia, construida al final de los años veinte en el barrio de San Roque, donde como digo se encontraba también la escuela, fue quemada en el treinta y seis durante el periodo de eclosión de quema de iglesias en Asturias y también en el resto de España.
No la quemó nadie del pueblo, faltaría más, que la gente en general era creyente, y la que no, respetaba las cosas.
Vinieron unos “milicianos” de Villaviciosa, y entre la exhibición apabullante de correajes y fusiles subieron al tejado a través del campanario, y, después de haber destejado una zona, la rociaron con gasolina y le prendieron fuego ardiendo todo el artesonado como yesca; luego hicieron lo propio con el coro , los retablos y las imágenes. La confusión entre los feligreses, y por qué no decirlo, el miedo, fueron los aliados más fieles para tales desmanes y para que se consumase el desastre sin que nadie moviese un dedo por apagar el fuego. Más tarde se supo que los cabecillas de aquel desaguisado se habían convertido en los falangistas más furibundos, tras la entrada de los “nacionales” en Asturias en el 37.
Las niñas, como ya dije, debían ocupar el aula de al lado pero el local no estaba ni mucho menos en condiciones porque yo creo que tenía hasta goteras procedentes de la vivienda de arriba. No nos mezclábamos con ellas, que salían al recreo a hora distinta a la nuestra y jugaban en la parte de atrás, aunque sí las veíamos a la hora de entrar o salir, que esa era coincidente. La maestra era ya una señora mayor, que es que la llamábamos “la señora”, y la recuerdo siempre con sus anteojos cuando, al faltar don Eduardo porque estuviese enfermo o por cualquier otra circunstancia, ella debía ocuparse también de los niños, y entonces íbamos todos juntos, niños y niñas, al aula de ellas. Aquello era una debacle, y no lograba la pobre maestra mantener un mínimo nivel de ruido, y pienso que bastante hacía con evitar que no destrozásemos el mobiliario Era precisamente “la señora” la que trataba de inculcarnos a todos el tema del ahorro, y a través de la Caja de Ahorros de Asturias se nos proporcionaron unas libretas en los recuadros de cuyas páginas se iban pegando sellos que nos vendía la maestra por valor de dos reales o una peseta.
Las primaveras ribereñas en los cincuenta eran de un cierto remanso, si es que entonces se podía decir tal cosa de algo. Y en un lugar de pescadores eran también de olores a salitre, a frescura, a pescado del día y a pescado seco, que alguno se ponía a orear en los corredores de las casas para comerlo en invierno con garbanzos o alubias al modo en que se hacía con el salazón de bacalao.
En pleno vientre de la estación reina, íbamos los chicos a esperar la llegada de las motoras que habían salido a la sardina poco antes del ocaso. Era por junio, y por ese mes se iba al abareque, que era una red de malla confeccionada en algodón que se largaba en línea entre dos aguas sobre fondo arenoso, aprovechando la corta migración que al atardecer emprendía la sardina hacia tierra. Ya de anochecida, la visión para los peces litorales resulta escasa, y las redes, a las que se les daba cada dos años un tinte marrón oscuro, suponían así una trampa mortal en el momento en que el banco de pesca viraba casi a ciegas de nuevo mar adentro. Si habías soltado el aparejo en una línea que les cortase la retirada, pronto al ardor del agua se veía el cabrilleo que producían los pobres animalitos al engancharse y tratar inútilmente de zafarse antes de quedar agotadas o de morir en pleno esfuerzo; y también cómo el peso de las inermes prisioneras hacía que se hundiera el sardinal y se perdiesen de vista las boyas que a modo de flotadores trataban de mantener los aparejos sobre el agua. Así, de esta forma, sabían los pescadores que las redes tenían captura, y, casi inmediatamente, procedían a izarlas a bordo en medio de la tenue luz de un farol de carburo colocado sobre un mastilillo en el codaste.
Si la pesca no era excesiva, al recoger las artes, se iba despescando una a una las sardinas, a la vez que las redes se estibaban sobre el panel de popa. Si por el contrario venían a esgaya de pescado, entonces se recogían sin más, y así de apreturas se regresaba a puerto para una vez allí proceder a la despesca total. Cuando regresaban las lanchas era ya noche cerrada, y entonces bajaban los chicos corriendo hacia la ribera porque la sirena de la rula avisaba de la inminencia de subasta en lonja. Y veían cómo desenmallaban el pescado en los muelles de atraque donde abarloaban los pequeños barcos, para lo cual uno de los tripulantes se situaba en lo alto del muro y cobraba poco a poco la red, en tanto que sus compañeros en la embarcación rescataban limpiamente de la misma los peces que saltaban aún al caer al panel de proa dibujando brillos de plata y azul en la semisombra del alumbrado mortecino de los muelles y el farol de abordo, mientras el penetrante olor de aquellos pescados azules recién cobrados a la mar en el Cantábrico preñaba el ambiente. A las sardinas se las desenredaba mediante dos limpios movimientos; uno, hacia delante para librar al animal de la malla y el otro, mediante un leve giro de muñeca haciéndola pasar limpiamente por la diagonal del cuadrado que formaba el mallazo. Así se conseguía que el pescado llegase a la lonja con la cabeza entera; que si no, el precio podía descender en rula considerablemente, si llegaba descabezado o con las agallas dañadas porque ello suponía la pronta descomposición de los peces.
Libre ya el aparejo, iba uno de los tripulantes con la muestra a la lonja para la subasta, mientras los demás terminaban de llenar las cajas de pescado, las izaban al muelle y arranchaban un poco la embarcación. A los redales se les daba una primera pasada con la misma agua del mar y se los dejaba así sobre la motora para ya al día siguiente aguazarlos en el rio y tenderlos a secar al sol hasta la tarde, en que con sumo cuidado se los estibaba sobre el bote para facilitar su posterior largado.
Llegaba la algarabía a la rula cuando las muestras de pescado llenaban el suelo de la lonja. Salía el secretario de la cofradía y ponía orden antes de la subasta. Se rulaba cada lote de embarcación partiendo de un precio supuesto y se iba descendiendo en reales – veinticinco céntimos de peseta -, y lo hacían siempre las mismas mujeres, mientras el secretario tomaba nota: un bombo central albergaba las bolas numeradas que dispuestas en nichos radiales se hacían susceptibles a unos pulsadores situados tras la balaustrada del pequeño anfiteatro desde el que los mayoristas participaban en la subasta.
Aquellas mujeres actuaban a veces a su vez de mayoristas, y podían optar también a la venta, si en un momento dado, mientras iban cantando el precio, y sin que el ruido del pulsador anunciase la salida de una bola del bombo, gritaban: ¡miu!. Entonces se quedaban ellas con el correspondiente lote de pescado.
Vigi- por Eduvigis – era una de aquellas mujeres. De mediana estatura, fortachona y algo patizamba, iba siempre de negro como casi todas las mujeres en el pueblo, pasados ya los cuarenta, o antes si habían enviudado. Lo cual que yo nunca supe en realidad si Vigi era soltera o viuda porque- aparte de no haberla visto nunca con ningún hombre – pienso que había cumplido ya entonces los cincuenta; esa edad indefinida para los ojos de un niño que representa la foto fija del viejo estancado siempre en la misma edad…; hasta que te dicen que se ha muerto.
Vigi pertenecía a un reducido grupo de mujeres que debían ir poco al rio a lavar su ropa, pues tenía un olor corporal característico: una mezcla aromática entre sudores añejos y orines secos de varios días impregnando los vestidos. Olía, lo que se suele decir, a demonios, cuando pasabas a su lado; que no se llegaba a saber si en realidad no se cambiaban las bragas o simplemente no las usaban; así cuando tenían ganas de orinar lo hacían sin más, y parte de la micción se quedaba mojando el faldamento sin llegar al suelo, y luego al secar, pues ya se sabe…. Sea como fuese, era la cosa de dominio público, pues que alguna vez se comentó en nuestra casa el olor que despedían Vigi y algunas otras, aunque aquellas señoras gozaban de cierta comprensión, y su pestilencia formaba ya parte del paisaje general de lo insalubre, tan propio de los tiempos.
Horacio recordaba a su madre con el gran barcal de ropa sucia sobre su cabeza, camino de algún pozo del río – cuanto más arriba en su cauce mejor – y cómo regresaba con las manos enrojecidas, sobre todo en invierno, con el martirio añadido de los sabañones, y después de restregar infinitamente la ropa contra la lavadera de pino que cada mujer tenía en su casa. Pasados los años, terminaron por habilitar bajo el puente que conducía al barrio de la iglesia unos lavaderos de hormigón, desviando por medio de una tubería parte del cauce del río.
Así las mujeres lavaban un poco más confortablemente estando al abrigo de lluvia y heladas.
Contando con esa dificultad de ir a lavar al río, no era de extrañar por tanto que determinada gente tratara de estabilizar la suciedad y los olores de la misma en la ropa, economizando esfuerzos en tiempos donde el mucho trabajo requerido para sobrevivir no admitía la distracción en tareas menores.
El aseo de la cara era diario, y de jofaina y palangana. El de tus partes, creo recordar que semanal, y con un balde de acero galvanizado, aunque por lo dicho de la roña estable, no te hiciese mucha falta lavarte, la verdad.
Digo que las casas disponían de una palangana en la cocina, con jofaina al fin o sin ella, y un caldero de cinc con agua que, al menos para beber y cocinar, había que ir a buscar a la plaza, donde había un caño que vertía más bien escasamente y para todo el pueblo. Luego, como para el aseo y cosas mayores, pues al río, con cuya agua terminaba por llenarse un barcal grande como el de ir a lavar la ropa. Para hacer tus necesidades, pues al final del corredor, en la parte alta, había un retrete donde casi tenías que entrar conteniendo la respiración, una taza y recortes de papel de periódico o de papel de estraza, que hasta que llegó “el Elefante” no hubo templanza en nuestras abluciones. Aquello era de caída libre y se recogía en un pequeño pozo negro que había a la entrada de casa.
El componente líquido de la cosa iba saliendo como por una especie de aliviadero, y tras salvar algún que otro camino, pues que terminaba en el río, que es al fin donde terminan casi todas las cosas. Bueno, en realidad no terminaban en el río, que el río vertía en el mar…Las cosas mayores se libraban por medio de baldes, y, con pañuelos en la boca a modo de mascarillas, la gente las distraía donde buenamente podían.
En algunas casas, en la puerta, había una corrada, que era un espacio cerrado con piedras, dedicado en principio al cultivo, y adonde, al conocido grito de “¡agua va!”, iba a parar el contenido de los orinales colmados con las micciones nocturnas; lo cual no dejaba de ser una forma de respiro para el pozo negro, que también se veía aligerado con las costumbres que los hombres del pueblo tenían de aliviarse en terreno público, si es que les daba el apretón en la ribera o por los muelles, o simplemente por economía de esfuerzos; pues justo a dos palmos, como aquel que dice, de la rula había un terreno en forma de montículo, cercado por un muro con una entrada libre, propiedad de la Junta de Obras del Puerto, o algo así, donde nunca se llegó a construir nada, y que terminó siendo defecadero general, donde podías tirar el pantalón con total libertad, en plena socialización de lainmundicia. Sorteabas al entrar los restos mirando de no “cortarte” y haciéndote a los olores, que a los olores te hacías bien, entre la intemperie y el acomodo de la pituitaria a los aromas habituales, como ocurría con las tripas de pescado que terminaban por doquier pudriéndose con hediondez.
