LEYES ANTITABACO
Según una noticia fechada recientemente, “El Ministerio de Sanidad y Política Social prohibirá fumar en todos los espacios públicos cerrados, locales de ocio y restaurantes en 2010, según ha asegurado la ministra del ramo, Trinidad Jiménez, quien ha destacado que existe un “grado de consenso bastante amplio”.
La ley antitabaco en vigor- Ley 28/2005, de 26 de diciembre, de medidas sanitarias frente al tabaquismo y reguladora de la venta, el suministro, el consumo y la publicidad de los productos del tabaco (B.O.E: del 27)- ya es restrictiva con los fumadores al establecer que “los propietarios de bares, restaurantes y otros locales de ocio deberán elegir si en sus establecimientos se puede fumar o no”, y que “los locales de menos de 100 m2 deberán indicar la opción elegida en los accesos al establecimiento y en toda su publicidad. La entrada de menores a estos locales está permitida en las mismas condiciones que hasta ahora”.
Una ley que debemos a la ministra Salgado,- quien por entonces dirigía el ministerio de Sanidad-, que quiso hacer de los españoles unos tipos flacos como ella, de arterias diáfanas, corazón fuerte y pulmones limpios, y que ahora dirige los destinos de nuestra economía.
Y casi siempre que se habla del tabaco y de su pernicioso consumo, me vienen a la mente un par de tipos que conocí hace años: uno de ellos, en el ámbito laboral; el otro, con el que mantuve una amistad de muchos años.
Un año en que el otoño dibujaba de tristeza almas y paisaje, y mientras visitaba semanalmente al odontólogo que le procuraba unas reparaciones dentales, a Paco le apareció una pequeña úlcera en la boca con la que estuvo más de un mes, sin que ni él mismo ni su dentista concedieran a tal lesión importancia alguna. No era de extrañar. Los dos eran especialistas que sólo sabían de lo suyo: uno, de dientes; el otro, de estados financieros. Pero la ignorancia sobre las cosas que no constituyen tu propio mundo también tiene un umbral para las alarmas, y la consulta del médico de empresa terminó por situarlo ante la realidad más cruda.
Quince días de sesiones de braquiterapia obraron en él la ensoñación de haber eludido la cornada del destino: nadie ve su propia muerte y pocos ponderan los riesgos de la vida.
Sin embargo, tras la implantación de aquellas agujas de iridio radioactivo que a modo de empalizada trataban inútilmente de provocar una remoción en el tumor, la muerte ya presentaba sus credenciales en aquel semblante que entró por la oficina un mes más tarde pidiendo tabaco.
Después de haber sufrido una resección facial que lo dejó irreconocible y sin poder apenas hablar, el cáncer de lengua- uno de los que los especialistas le achacan al tabaquismo- se lo llevó al fin cuando apenas contaba veintiocho años.
Francisco, aunque había hecho magisterio, trabajaba en Sanidad, y disponía de esa “retaguardia” de sabiduría que casi siempre he encontrado en los gallegos. Tenía el regusto en el saber que aportan los seminarios, y mientras lo traté jamás me habló de religión salvo para contarme chistes de curas.
Un día se encontró con lo que parecía ser un resfriado común que le empezó a cursar con fiebre y sudoración. Como aquello no remitía, su mujer lo llevó al médico: tenía un cáncer de pulmón localizado en el mediastino que resultaba inoperable, negándose a pesar de ello a los tratamientos paliativos sustitutorios al uso: se trató con el bio-bac hasta que el ministerio lo retiró, y mientras aquello duró, nunca le faltó una sonrisa.
Cuando ya descendía a toda velocidad por el precipicio, lo visité en su casa de Vigo. Comimos una caldereta de pescado con una botella de albariño mientras se fumaba unos cuantos pitillos.
Creí verle la sombre de la guadaña en el semblante cuando empezamos a hablar del más allá y de la idea que cada uno de nosotros tenía de Dios. Se aferraba al fin a lo que le había quedado del seminarista que fue, y cuando me despedí de él supe que no volvería a verlo con vida.
De forma divulgativa, hasta los profanos nos hemos enterado de que el primer determinante del cáncer es el mandato genético, y de que en el caso del tabaco su papel es el de coadyuvante. El cálculo de probabilidades de que, en la conjunción o no de esos dos vectores, un determinado individuo vaya a desarrollar o no en un momento de su vida un tipo de tumor está tan sólo al alcance de los expertos.
Aun así, esta prohibición de fumar en bares y restaurantes no deja de ser un acto cínico, reduccionista y de abuso de poder. En el primer caso porque quien pretende llevarlo a la práctica, el Estado, es uno de los principales agentes no sólo en la red de producción, permitiendo las explotaciones de tabaco, sino en la comercialización, que tutela por ley, y de la que además se lucra a través de los impuestos correspondientes. Es reduccionista porque trata de resolver un problema tan complejo como el tabaquismo con una medida simplista. Y es un abuso de poder porque contempla sólo el derecho de los unos a disponer en esos locales de una atmósfera libre de humo, en detrimento de la libertad de los otros al privarlos de cualquier zona de ocio donde poder fumar.
Fumar constituye un uso y un complemento sociales, con un arraigo fomentado ya en la adolescencia y con una incidencia que no variará en función de esta nueva prohibición, tan arbitraria como ociosa. Y barrunto además que a los prohibicionistas les queda un tercer paso que dar a la vuelta de la esquina: la prohibición de fumar en tu propia casa, merced a la denuncia que cualquier miembro de la unidad familiar pueda realizar ante la Administración…
Lo que dice un amigo mío: a los fumadores, en un descampado y rodeados de estiércol.
