EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES
X
(CLAUDICACIÓN)
El hombre salió de su casa en Getxo poco después de las siete de la mañana. Cruzó con su coche los pueblos vizcaínos de Berango, Sopelana, y Barrika; el de Arminza también; con tiempo de sobra y el regusto que el café con leche del desayuno deja en la boca. Condujo así hasta el aparcamiento de las oficinas; y cuando detuvo el vehículo se dio cuenta de que ni siquiera había pensado en algo coherente en todo el trayecto. Puro nihilismo cuando el cerebro parece querer librarse de reflexiones mentales con algún sentido. Pero eso es esfuerzo. Y dura poco. Llevaba así ya un tiempo. Tratando de pensar en nada. O más bien de no pensar en aquello. Pero indefectiblemente al inicio de la jornada laboral siempre llegaba el estrés golpeándolo en la nuca, horadándole el estómago y colocándole una losa sobre el esternón. El estrés termina por ser el compañero incómodo del hombre en la era posindustrial, y el ejercicio diario al volante casi era de relajación: manos y pies dando solución a las operaciones en el viaje sin recibir órdenes ostensibles de la cabeza. Un buen antídoto, o, si no, una válvula de evasión que le despresurizaba el sistema neurovegetativo. Aunque ya a media mañana había que recurrir al tranxilium. Los ansiolíticos son el remedio final para estas cosas en las modernas sociedades occidentales. Un remedio increíble. Le rebajaban en media hora el número de vueltas al que se veía sometido simplemente por vivir; refractaban los problemas modulándolos desde el exterior para relativizar su importancia y dinamizar con menores esfuerzos todo su sistema vascular. No podía esperar que le diese alegrías pero lo ralentizaban en definitiva para no quedarse de repente sin futuro cuando la aceleración se producía con su “motor” en punto muerto. Bien. De momento no se había producido aquello. Ahora tocaba marcar la entrada. Aún no habían dado las ocho. Tomó después el land rover de 9 plazas que lo bajaría junto con otros compañeros a la explanada de la obra, situada en aquel terreno ganado a los acantilados de la antigua cala de Basordas, en el municipio vizcaíno de Lemóniz. Ya en los vestuarios, se enfundó su ropa de trabajo, se calzó aquellas horribles botas reforzadas que le iban macerando cada día los dedos de los pies mientras se los deformaban en dos horrendos juanetes, y se dispuso a dar comienzo a una jornada más de blandura psicológica y desdoro laboral tratando de ovillar el día en un instante al golpe de una imaginaria manivela que pudiese enrollar el tiempo a trompicones. Pensó, mientras le daba al carrete de las horas que aún le quedaban, en el menú que le esperaría a la una como hito importante en medio de su jornada de laboral. Hito importante efectivamente la comida. Lo demás había ido perdiendo importancia a medida que la adquirían acontecimientos baladíes que hacían también de ungüento espiritual. Pero nada como el tranxilium. Eso de bajar de revoluciones era una gran cosa. Así que después de haber hecho cosas que de nada servían, comprobaría el insultante dispendio de un comedor que en régimen de autoservicio ofrecía menús casi de cinco tenedores a precios irrisorios, como espejo de la sangría económica de un proyecto en el que ya casi nadie creía. Luego, a las dos de la tarde, volvería a sentir la enorme presión ambiental que se hacía agobiante, a pesar de todos sus esfuerzos en el discurrir de cada día. Viviría en plena ansiedad las urgencias inútiles de algo que se ralentizaba por momentos en su desarrollo. Percibiría como propios los fallos en el diseño, los errores en la gestión y el despilfarro en lo administrado. Y sufriría, en definitiva, aquel inmenso telar de Penélope en el que no resultaba difícil averiguar quién o quiénes representaban cada uno de los papeles del mismo, y sobre todo qué era lo que cada noche se destejía para volver sobre ello a la mañana siguiente. Él mismo, tal vez, participaba destejiendo el telar sin darse cuenta. O más bien, tejiendo antes algo inservible ante su irresolución. Y es que sólo hay algo en la vida peor que hacer absolutamente nada, y es hacer algo que para nada sirva; tan sólo para el consumo de recursos y el agotamiento en balde de energías implosionadas. Quizá venía de ahí el estrés.
A media mañana, el hombre recorrió el muelle sobre la escollera para girar una visita de inspección a la estructura y tubería del circuito terciario de refrigeración de agua que llegaba directamente del mar: una tubería mal diseñada que se agujereó en las pruebas, hasta que los gurús del sinsentido cayeron en la cuenta de que el interior debía ir recubierto de goma vulcanizada y no con resina epoxy.
El hastío en su ánimo le impedía contemplar siquiera unos segundos los rizos marinos del nordeste que entre marengos y plata, en la enorme paleta gris del horizonte, reverberaban en mil espejos bajo el joven sol de la mañana. Como un autómata cumplió su función en medio de un proceso que sabía ya sin fin y del que hacía tiempo se sentía cómplice. Volvió sobre sus pasos y sintió la frescura de las olas salpicándole en la cara en su batir sobre los rompientes de hormigón.
A las dos y media el hombre pudo oír nítidamente la megafonía. Era un aviso de bomba. Últimamente ocurría con frecuencia. Los avisos de bomba. El susto y el desalojo. Un cierto tiempo fuera del recinto para volver luego, y en ocasiones, para irse a casa. Cinco mil operarios de regreso a sus hogares; algunas veces antes de empezar siquiera a trabajar. No había presentimiento alguno esta vez. El hombre llegó a imaginar sin embargo, porque ya lo había hecho otras veces, que alguna vez explotaría aquello, después de que hubiese dado tiempo a que el perímetro de la obra hubiese sido desalojado. Y el final. El final de aquella nefasta central. Y que el futuro decidiese.
En este caso lo peor sucedió. La explosión pilló a la mayoría de los trabajadores carretera arriba tratando de escapar del desastre. Nuestro hombre desandaba apresuradamente como tantos otros el camino de regreso hasta las oficinas de Iberduero. Otros no tuvieron tiempo de abandonar la obra. Los agentes del terror habían colocado una carga de goma 2 en el interior de uno de los lazos del generador de vapor número uno, dentro del edificio de contención del primer grupo de la central nuclear. El ruido que habitualmente producen las labores mecánicas de una obra en construcción había impedido a muchos operarios escuchar los altavoces. Dos de ellos que trabajaban precisamente sobre el lazo en el que estaba colocada la carga explosiva fueron a sufrir plenamente el impacto, pues el lugar era ideal para que la deflagración adquiriese enormes proporciones, como así fue: un macabro collage de restos humanos quedó durante días estampado en la cúpula del liner hasta que la investigación y la limpieza terminaron su labor, aunque la crueldad de la condición humana y sus horrores trascendieron a la dispersión del agua y los detergentes haciendo imborrables sus efectos en la mayoría de las memorias de los que allí trabajaban.
El hombre pensó durante mucho tiempo en el atentado terrorista. En cómo un atentado terrorista indiscriminado trae consigo el miedo súbito y su posterior cronificación. En cómo la bioquímica deja paso al enraizamiento en el tiempo ante la irresolución de su origen tangible. En cómo los cambios fisiológicos inmediatos, como el incremento del metabolismo celular, el aumento de la presión arterial, de la glucosa y la adrenalina en sangre, y de la actividad cerebral que excitan de inmediato la pulsión por la supervivencia dejan paso en la víctima a un vivir con el riesgo viéndose impelida a desarrollar mecanismos de elusión y certeza si quiere seguir viva. En cómo llega entonces lo irresoluble trayendo consigo la ansiedad extrema, y una suerte de liturgia del terror que obliga, entre otras cosas, a mirar cada día los bajos del coche. El hombre pensó en ese miedo que aún hoy, al cabo de más de treinta años, muchos confesaban sentir mientras les explicaban a sus hijos pequeños que buscaban un gatito bajo el coche; es el miedo de tantos que aun resistiéndose a su dictadura, debían seguir indefinidamente con escolta o hincando la rodilla en busca de confianza mientras lanzaban miradas de soslayo a su alrededor. Pero casi de forma absoluta era el miedo de los que se resignaban, de los que buscaban el alivio en la claudicación: el hombre pudo comprobar tras el atentado cómo muchos de los trabajadores de “Lemóniz” trataron de superar ese miedo implorando a ETA, mientras imprecaban a Iberduero, causante a la sazón de todos sus males: “compañeros de ETA, la próxima vez avisadnos a nosotros…”; “Iberduero, kampora”, gritaban. Era como si gritasen “¡Seguid poniéndonos bombas pero avisadnos antes!; ¡que se vaya de aquí la empresa que nos da el trabajo!”.
Más que identificar al “amigo” señalando al “enemigo” para que con el “cordero del sacrificio aún caliente en el altar” sus súplicas fuesen atendidas, y poder así alcanzar el “bienestar” mediante el aplacamiento del verdugo, ellos mismos se erigían en el cordero a sacrificar: al fin, dejarse devorar por la fiera era la mejor manera de satisfacerla; y rematar después la vileza exigiendo en asambleas y pasquines la libertad del principal imputado en los hechos sólo fue cuestión de unos días.
El hombre pudo comprobar cómo el miedo y la claudicación prendían también en la acción empresarial dándose la mano con la atonía institucional: la central vasca entró en “fibrilación”, y tras un primer paso por continuar con los trabajos, habiéndose reparado costosamente el generador dañado, merced a una complicada maniobra mecánica de “resucitación”, los asesinatos de los ingenieros Ryan y Pascual en el 81 y en el 82 dejaron definitivamente en “asistolia” el corazón de la controvertida instalación eléctrica.
Para el hombre, para nuestro hombre, claudicar crea servidumbre: la falsa superación del miedo mediante la rendición es un culto a los verdugos, y conduce a la identificación con ellos en sus justificaciones, lleva a la complacencia social en pronunciamientos y acciones de conveniencia, y finalmente desemboca en una distonía psicológica que se identifica con el placer en la atadura; es el placer que llega a confundirse con la seguridad que la víctima anhela: es el miedo a ser libre, aunque miedo al fin, que le da ese falso placer al siervo, cuando ya la esclavitud se ha adueñado de su persona.
“Es toda una experiencia vivir con miedo…¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.” (“BLADE RUNNER”).






