IX
Horacio se levantó temprano aquel día con intención de dar una vuelta por el campo. La caminata de media hora que debía hacer a diario por consejo médico quería dedicarla esta vez a patear un poco los caminos forestales, adentrarse en los prados y escuchar los trinos de los pájaros entre la arboleda. La primavera había llegado con su impacto de aroma y frescuras, y cuando abrió la puerta de la cocina que daba al jardín pudo comprobar la humedad matinal que el rocío de la noche le metía en el cuerpo con el hálito de la primera inspiración al aire libre. Su mujer permanecía aún en el dormitorio en ese duermevela de primera hora en el que la consciencia pretende administrar muy lentamente los recursos vitales. Tras desayunar se fue al baño y se arregló un poco la barba antes de ducharse. Llevaba con ella toda la vida porque el afeitado había sido para él un auténtico sufrimiento durante años, sobre todo a la hora de rasurarse el cuello, que terminaba por quedársele cada mañana en carne viva. Ahora simplemente eran las tijeras, un poco burdamente, las que daban cuenta periódicamente de aquella labor. El espejo, siempre el espejo, le devolvía otra vez una imagen poco reconfortante. Pasaba por alto su calvicie, humillación a la que ya se había acostumbrado con los años, el tono apagado del cutis y el triste cepillado de los dientes, convertido con el tiempo en una operación puramente exterior a su boca. Pero eran los signos que el paso de la enfermedad había dejado en su rostro lo que le llamaba más la atención: esas líneas profundas casi cinceladas sobre el declive de la piel que se habían modulado en la incertidumbre, los temores, el dolor y el deterioro orgánico. Y, ay, sobre todo ello, el envejecimiento, sin solución, como una enfermedad sin cura mientras se va vislumbrando el horizonte cercano de lo irremediable. Se resistía a reconocer el tiempo que le quedaba; sabía que era inevitable en cualquier caso la aparición de una nueva crisis cardiaca, y que otro episodio como aquél podía ser el definitivo a su edad.
Pero sacando arrestos de lo más profundo para superar la idea de aquello contra lo que se rebelará de por vida, el ser humano concibe en lo impensable, lo onírico, y en lo lejano, lo imposible, como remanso temporal al pensamiento fatalista. La naturaleza te deja recobrar así cierto resuello permitiéndote alejarte de lo más terrible para el ser humano que ya se sabe mortal al nacer. De tal manera, va alternando sus pensamientos negativos con otros de signo más optimista; cambiando con la edad su escala de tiempos para reducir las vivencias en un corto espacio de medida: a una gradación más corta, un año es un siglo, y en veinticuatro horas se puede vivir toda una vida; se ven los trazos muy gruesos, y el mismo detalle, insignificante en magnitud normal, se extiende en profundidad en el corto plazo. Horacio abandonó el espejo, y su imagen se perdió en lo improcesable por inexistente, escondida en el desván de la memoria a corto. Antes de salir pensó en subir al dormitorio; su mujer podía acompañarlo. Ella abrió los ojos y se lo quedó mirando con esa expresión que era por un lado cariñosa y por otro reflejo de una cierta opacidad en los pensamientos; pensamientos que Horacio no lograba nunca desentrañar. Algunas veces le preguntaba por ello esperando en cada nueva ocasión la respuesta sincera que Blanca siempre le hurtaba, o al menos eso creía él: “Nada, no pienso en nada…,Ya te lo he dicho muchas veces…”. Él siempre pensaba en una respuesta más franca, como si la mujer hubiese adquirido de repente la claridad del espejo, y así, confesándose cada mañana, encontrase en su explicación la diaria complicidad que terminaría por ayudarlo a sobrevivir…
Debía ser cosa más bien de su nulo conocimiento del alma femenina. Algunas veces se preguntaba qué harían al respecto el resto de los hombres. Y la respuesta era que ellos no sabían absolutamente nada de las mujeres; no ya intuir el contenido de sus pensamientos más íntimos sino tan siquiera adivinar sus más inmediatos deseos. Vives al fin con una persona de la que terminas por ignorar casi todo. A veces se encontraba a sí mismo mirando con fijeza aquel rostro marchito tratando de escudriñar un alma que se le resistía al análisis. Recordaba haberle preguntado en alguna ocasión por esas cosas que las mujeres consideran, o tal vez mejor, consideraban, demasiado íntimas, producto quizá de un tiempo en que el recato y la salvaguarda aseguraban la integridad que se les debía suponer. Eran tiempos en que las mujeres habían sabido esconder, con una discreción que a ellos les faltaba, las páginas de su diario anterior: el pasado que se guarda inviolable para rescatarlo a veces y por qué no, como les ocurre también a los hombres, revivirlo con un cierto regusto más o menos placentero en la intimidad. Y en cada ocasión, y cuando ya las preguntas habían salido de su boca, se daba cuenta de su improcedencia: no debes preguntarle a una mujer por sus aventuras anteriores. Es un error. Su opacidad forma parte de su dignidad. Pero él lo volvía a cometer una y otra vez cuando los derroteros de la conversación los conducían a ambos hasta esas orillas, y cuando ese carácter suyo tan directo terminaba por traicionarlo una vez más. Lo de ellas es una cuestión de sabiduría y de afectos: se ahorma en madurez, esgrimiendo sabiamente las fintas precisas para dejar en la sombra aquellos pasajes de su vida que al fin terminarían por serle incómodas a sus compañeros, y se consolida en sentimientos, con esa largura vital para poner afectividad donde el varón sólo encuentra simple implosión genésica. Horacio había conocido a Blanca al comienzo de los setenta, poco después de haber llegado él a Galicia. Con apenas treinta, las moscas no se posaban aún en su cabeza, la vida se le hacía eterna, la vitalidad inconmensurable, y el cuerpo le iba acompañando como molde insensible en un trayecto que nunca se veía acabar. Bailaron en una fiesta popular toda una noche. Después, mucho tiempo después, vinieron otros encuentros, y otros; fueron saliendo, y ya entonces Horacio empezó a no enterarse de nada, tan sólo a darse cuenta de lo mucho que le encandilaba aquella mujer.
Él se había integrado por necesidad, y como pudo, en un mundo que no era el suyo tratando de establecer los vínculos elementales para una convivencia que podía durar años. Vivió con cierta sorpresa al principio la erótica gestual e instintiva de los gallegos, terminando al fin por casarse con una de sus mujeres. Siempre le fascinó aquella sutileza en la expresión, ribeteada de circunloquios que entre disculpas y preguntas obvias abordan al interlocutor como evitando causarle molestia. Respetó el estoicismo gallego ante las dificultades de la vida, y pudo admirar su grado de aceptación de lo irremediable como parte de la propia existencia. Se sació del delicado paisaje, y pudo henchir su alma con los densos aromas de aquellos montes, cuando la eclosión de la primavera entre paleta y perfumes dobla el ánimo, alicaído por el telar plomizo del invierno: aquellos brezales púrpura en las laderas del Bibey, que hacia Trives rompían en fragancia sobre los húmedos y suaves olores del musgo ascendiendo desde el río; tojales y retamas en manto interminable y dulzón en las Rías Bajas; motas de oro por doquier en los retículos seminales de los pinos, en esa Galicia eterna, cuando en el oriente del año, y desde lo alto de sus copas hacen de siembra montes y caminos, y de bálsamo componen musicalidades que terminan por dulcificarte la vida.
“Podríamos ir a dar una vuelta por el campo… Ponte algo grueso. Hace fresco, y hay algo de humedad. No llueve… ¿sabes?…” “Voy ahora. Caliéntame un poco de café con leche y ponme unas tostadas. Bajo enseguida…”
Ya abajo, ante la ventana medio abierta de la cocina, el hombre se vació en ideas mientras escuchaba el canto de los glayos en medio del bosque, y sus pensamientos seguían resbalando pendularmente desde la niñez hasta el ocaso, o viceversa, tropezando en los escollos que casi irremediablemente le había puesto la vida, y arribando en los hitos de los que, sintiéndose satisfecho, libaba retrospectivamente la energía necesaria para seguir. Se puso a prepararle a Blanca el desayuno, y encontró en ello el soplo esperanzador del día. Era la condición humana. La vida: Un tiempo para el desenfreno; otro para lo lúcido; uno más para la tristeza. Y, casi al final, recursos fugaces que actuando de palanca te empujan hacia delante…





