Con la asistencia de Autoridades locales, miembros del Jurado y un numeroso público, en una tarde de ésas en las que los meteorólogos nos dicen a veces que se producirán nubes de desarrollo, tuvo lugar en el “Palacio Cimiano” de Panes el acto de entrega de premios del VII CERTAMEN INTERNACIONAL DE POESÍA “MEMORIAL BRUNO ALZOLA GARCÍA”. En un principio, en los jardines del complejo hotelero, y después, cuando los elementos se manifestaron con ruidos y agua, en uno de los salones del hotel peñamellerano.
Ramón Alzola, como siempre, abrió el acto con unas palabras de salutación, y tras la lectura del acta del fallo del Jurado, fue dando paso a cada uno de los intervinientes al acto:
Josep María Martinell, miembro del Jurado, que trazó una semblanza de Miguel Hernández a modo de carta al poeta alicantino en el centenario de su nacimiento. La poetisa gijonesa- ganadora del segundo premio del certamen del año anterior- Isabel Reyes, que entregó el premio a la autora del soneto ganador, y nos recitó dos: uno encuadrado en la efemérides del autor de Orihuela, y otro, sentido, emocionado y vibrante, con dedicatoria a la figura del joven Bruno Alzola, fallecido trágicamente hace ahora once años, y a cuya memoria tiene lugar cada año este certamen de poesía. La intervención de la estudiante de Arte Dramático, María Nieto Noriega, que recitó a Miguel Hernández y el soneto clasificado en tercer lugar. La presentación del escritor Alejandro Céspedes como nuevo miembro del Jurado, y los comentarios a los tres sonetos ganadores: el que obtuvo el primer premio, “Adagio en la laguna”, recitado por su autora, la poetisa manchega Diana Rodrigo Ruiz, con comentario a cargo del miembro del Jurado, Antonio Portero. El clasificado en segundo lugar, “Este rosal sin sombra de mi vida”, cuyo autor es don Santiago Romero de Ávila y García Abadillo, que fue recitado por el también miembro del Jurado, Jaime Vinuesa, y comentado por Cecilio Testón. De la glosa del soneto que obtuvo el tercer premio, “Retrato”, de don Manuel Sáenz Alonso, se encargó el miembro de Jurado, Pedro García, quien ha tenido a bien enviarnos su texto:
Señor alcalde y concejales, señoras y señores, amigos: buenas tardes.
Este inteligente remedo en recursos sintácticos del soneto satírico-burlesco “A una nariz”, con el que Francisco de Quevedo y Villegas “obsequió” a su eterno rival literario y personal, Luis de Góngora, posee en general la estructura sonetista culta de la poesía clásica española, con un ritmo de endecasílabo propio que intensifica el acento en la sexta y décima sílabas de cada uno de los versos, una consonancia idéntica en los cuartetos; y una rima en los dos tercetos- considerados como tales en este caso según definición de la Academia-, que lo es a gusto del poeta, y que en todo caso le concede una notable rotundidad al cierre conceptual de un soneto que siendo anafórico en la emulación de los inicios versales prescinde de la befa quevediana, elude su hipérbole en aras de la moderación y esconde su metáfora en busca de lo conciso.
En el fondo de la composición, el autor de este soneto, don Manuel Sáenz Alonso, hace gala de un perfecto conocimiento de la persona y obra de don Francisco de Quevedo, elaborando un retrato casi siempre laudatorio del insigne poeta áureo, del que resalta cualidades y méritos, junto a actitudes no siempre plausibles, pero que en definitiva vienen a glosar la vida de un genio dedicado fundamentalmente al disfrute y enriquecimiento de las letras.
Glosa de quien acreditó una cultura que le permitió traducir en seis lenguas y escribir en la suya propia, según muchos, como nadie ha podido volver a hacerlo. De hondo pensador, que pudo dejar sentencias para la posteridad como “Donde hay poca justicia es un peligro tener razón.” O como aquella otra de “Como es nuestra infancia, es así nuestra vida. Lloramos porque nacimos, vivimos sin saber qué es vida, empezamos a morir sin saber qué es muerte.” O la más conocida de “Poderoso caballero es Don Dinero.” Y, por terminar, la tan amarga que cierra la “Vida del buscón Pablos”, “Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y de costumbres.”
Glosa del humanista, dominador del griego y el latín y conocedor de la retórica aristotélica, autor de los “Grandes anales de quince días”, que con una prosa de ilustre barroquismo, afilada de léxico, conceptista y rotunda, describen los acontecimientos políticos más importantes que tuvieron lugar en la corte de Madrid entre la muerte de Felipe III y la subida al trono de Felipe IV y sus ministros Zúñiga y Olivares. Pretendidamente imparcial, no está exenta su prosa del halago al poder de entonces, ansiando quizá la pronta salida del destierro de la torre de Juan Abad.
Glosa del autor de poemas metafísicos, morales y religiosos. Poemas existenciales en los que reflexiona sobre el sentido de la existencia, el paso del tiempo y la muerte, donde con frecuencia se entremezclan el amor y el culto a lo divino. El estoicismo senequista y cristiano de la vida como camino hacia lo inevitable- cotidie morimur, o morimos cada día-; una vida que se pierde vanamente siendo su paso tan angustiosamente fugaz. Quizá en el mejor soneto en lengua castellana, “Amor constante más allá de la muerte”, es el amor, tan petrarquista en Quevedo, el que da sentido a la vida. En justo catorce versos sintetiza Quevedo el paso mitológico al mundo de los muertos cruzando la laguna Estigia en la barca de Caronte, y dejando el alma obligatoriamente sus recuerdos en esta parte de la orilla, de forma que llegue al destino final, el infierno, sin bagaje alguno: un alma vacía de recuerdos, contra lo que se rebela el poeta en su desafío de intenso amor en este segundo cuarteto:
“mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.”
Glosa del Quevedo de los”Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños, en todos los oficios y estados del mundo”, título que revela a las claras el contenido del libro, en el que Quevedo recurre a la fantasía onírica para dar rienda suelta a la sátira costumbrista.
Y por qué no glosar al “libelista de enredo”, quien escribe por encargo el opúsculo, “El chitón de las tarabillas”, un ataque solapado contra aquellos a los que pretendía defender, Felipe IV y el Conde Duque de Olivares, lo que le supuso la pérdida de confianza de este último y su posterior destierro y encarcelamiento.
Glosa del Quevedo más universal, el Quevedo de la sátira, la mordacidad y la contemplación regocijante de los grotesco, resaltando en tal sentido este soneto que rememora en su poema el señor Sáenz Alonso, “A una nariz”, quizá el soneto burlesco más famoso de Quevedo, con una estructura especialmente satírica y antisemita, de gran calidad y agudeza hiperbólicas que lo engrandecen.
Y glosa en fin y sobre todo de la prosa magistral por antonomasia de la picaresca española, “La vida del Buscón llamado Pablos”, que supera al Lazarillo y al Guzmán- como muy bien refiere Francisco Rico en su prólogo al relato quevediano – “en ingenio lingüístico, en agudezas, sales y conceptos”-con una profundidad descriptiva que nadie ha podido igualar en la literatura española, y que podría condensarse en estos pasajes de la obra, cuando en la presentación del personaje protagonista, él mismo nos da cuenta entre perífrasis de las figuras de sus progenitores. Así sobre su padre dice Pablos:
“Metía el dos de bastos para sacar el as de oros”. Manera conceptual e inimitable de decir que un señor está metiendo dos dedos en un bolsillo de otro para sustraerle una moneda. Sobre su madre, Pablos relata que “todos los poetas hacían cosas sobre ella”, aunque no es que se refiera precisamente a su carácter de musa: los poetas hacen cosas sobre ella, sobre su cuerpo, exactamente. O en este otro que culmina el costumbrismo satírico del gran autor madrileño, con ese retablo de figuras ridículas para la burla, en la definición caricaturesca tan magistral del Dómine Cabra:
“Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aún no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro […] Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul […] Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aún arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria”.
En efecto, érase don Francisco de Quevedo.
Muchas gracias.
Panes, a 27 de junio de 2010







