Con una repetición metódica cada dos años, siempre que la selección nacional de fútbol se enfrenta en fases decisivas de campeonatos continentales o mundiales, los que llevan las riendas del rebaño dejan desmelenarse a Juan Lanas con un patriotismo de tasca y plaza mayor, entre ríos de cerveza y camaradería de fervores coloristas diseñados para la ocasión. A los sones de alguna cantinela con bombo y platillo, o, como en este caso, al ritmo de champeta, con una melodía conocida y bailada por los barranquilleros, el personal sigue la tonada de Shakira que canta al planeta y lo hace menear en el mundial de fútbol Sudáfrica 2010; merced todo ello a los altavoces de esos que detentando la supremacía moral le dicen lo que debe ser en cada circunstancia, y que en la actual no es sino la eclosión del nombre de España, que más allá sin embargo del actual acontecimiento deportivo, y con unas conciencias ya políticamente domeñadas, se volverá a trasmutar con la utilización de ese lenguaje calculadamente promiscuo por parte de los profesionales de la cosa para borrar de la vida cotidiana cualquier atisbo de simbología española, asumiendo el gentío que la palabra y el símbolo de España pase al baúl de los recuerdos hasta el siguiente acontecimiento protagonizado por la selección nacional de fútbol; y que toda otra manifestación popular no esté presidida por la enseña nacional sino por la tricolor o las nacionalistas; las camisetas no sean rojas sino negras; el erotismo de los sostenes rojigualdas de exteriores y los ombligos al aire con los emblemas de la roja se truequen en palideciente androginia, y los bíceps atléticos den paso a la magrosis, el regusto por la suciedad y el desaliño, y esa aversión al bronceado y a la policromía.
España una vez más travestida de Estado Español o “de este país”, y su pueblo, perdido en la carencia de su propia identidad como nación que se ha dejado hurtar por los cancioneros de turno, de cuya música, interpretada en este caso y muy recientemente por el Tribunal Constitucional, ni siquiera se percata. Como muy bien ha escrito el filósofo Albiac en un artículo en el diario “ABC” el pasado 30 de junio, “Si Cataluña es una nación, el sujeto fijado por la Constitución de 1978, la nación española, ha dejado de existir”.[pulsar]
Ese pueblo español que ayer noche salía a la calle a celebrar el triunfo de su selección en semifinales frente e Alemania, tan deseoso y necesitado de alegrías, es el mismo que se rindió tras los atentados del 11M en Madrid depositando en las urnas el voto de la claudicación. Es ese pueblo cobardón, incapaz de reivindicarse a sí mismo, que se ha dejado arrebatar su sentido de pertenencia al grupo que lo identifica como nación. Desdibujada su historia, vaciados sus recuerdos y expósitos de simbología, los españoles tan sólo parecen prender el rescoldo de lo que fue un gran país en la algarabía del fútbol: tan unidos en lo deportivo y tan separados en lo fundamental; tan vociferantes en la calle como silenciosos en sus conciencias. Obedientes y dóciles[pulsar] con quienes los despojaron de sus principios y que en tantos casos les hacen sentirse extraños en su propio país. Huérfanos, en definitiva, de sus propias creencias…
¿Para qué quiere un pueblo que ha renunciado a su soberanía ganar un campeonato mundial de fútbol de selecciones nacionales?




