LO EXTRAÑAMENTE SENCILLO

Dejar un comentario

En el semanal del grupo Vocento aparecía hace algunas fechas esta carta que me permito remitiros, escrita por una enfermera leonesa. Y es que sorprende, en medio de tanta superchería, retórica vana y mamotretos vacuos, encontrar contenido tan profundo en sólo unas pocas líneas. Es la belleza de lo sencillo.

nuestro-tiempo-limitado

ALDEANADAS

Dejar un comentario

ALDEANADAS

Cuando el pasado 1 de noviembre la simpática presentadora del tiempo en ETB2 ( televisión vasca ), Ana Urrutia, dio comienzo a su programa con la sorprendente frase “ Hoy, día de todos los Santos y Santas,…” (sic), pensé que las memeces a soltar por esas bocas habían llegado a lo más alto desde que debutó en el proceso aquello de “todos los vascos y vascas”. A partir de entonces hubo honrosas incorporaciones a tales chorradas, que anunciaban la utilización de un supuesto “lenguaje no sexista”en los escenarios de esta aldea, y así la cantinela de “ciudadanos y ciudadanas” empalagó los discursos de la política “correcta”, tanto como encenagó de ignorancia la utilización morfológica del idioma español. Mas héteme aquí que si la mencionada comunicadora vasca se permitía meter mano al santoral en la víspera de difuntos, por no ser menos, el “Instituto de la Mujer” llega aún más lejos, y entra a saco ahora en la tupida selva de la teología planteando la disyunción sexológica de lo Supremo.

¿Dónde vamos a poner el límite en esta moderna “conjura de los necios”?.

NUESTRO OTOÑO, EL MÍO

Dejar un comentario

No otra cosa que el intento de superación de la angustia que nos asalta con frecuencia ante lo inevitable, es lo que hace que respondamos “estupendamente”, cuando el común nos pregunta que cómo va la cosa. Sembramos así la duda ante el vecindaje en medio de su propia incredulidad, y cubrimos de esa manera un flanco que resultaría demasiado vulnerable ante una respuesta contraria. Así aparentamos una felicidad de la que nadie goza, elevando tal mentira a la categoría de pandemia intelectual, e ignorando – o más bien deseando ignorar- que el fin para el que el hombre fue diseñado en absoluto precisa de la felicidad como función estable del ánimo.

Eso que algunos- o más bien todos – llaman felicidad sólo existe en forma de “crestas” dentro de esa línea en diente de sierra que es nuestra vida, y en la que el gozo se alterna con el dolor que casi siempre termina por superarlo. Cuando llegas al culmen de la satisfacción, ésta siempre es breve, renacen nuevos deseos que, por insatisfechos, hacen que la cadena de infelicidad se perpetúe. Saltar de una “cresta” a otra a fin de prolongar la dicha suele lograrse a veces, aunque casi siempre agrava el infortunio cuando al fin te desplomas de nuevo al “valle” de los sinsabores.

La felicidad- o el goce-, definida ya desde Schopenhauer como el cese temporal del deseo, o como la liberación del dolor y la superación de la necesidad, no tarda en transformarse en aburrimiento para el resurgir inevitable del nuevo deseo de bienestar. La vida así, nuestra vida, no es otra cosa que un eterno oscilar entre deseo y hastío; lo que en definitiva tan sólo puede devenir en dolor.

Tras la añagaza de la Naturaleza mientras somos jóvenes, mientras copulamos, dando de esta manera sentido a nuestro anhelo más vehemente y en el que concentramos toda nuestra voluntad, y mientras, como consecuencia, engendramos para cumplir así fielmente el inexorable mandato genético, aquella nuestra Madre no sólo nos abandona a nuestra suerte en medio del deterioro físico, que en nuestro cuerpo es indicador de que el cumplimiento de nuestra misión ha tocado a su fin, sino que termina además por restar en nosotros ya toda posibilidad hacia el placer; pues hasta aquél que como último permanece cuando ya todos los demás nos han abandonado- el comer- termina por sembrar también de privaciones nuestro frágil ocaso.

No cejamos sin embargo en la ensoñación de creernos siempre jóvenes, pues como le ocurría a Dorian Grey, sólo en los demás vemos el occidente de la vida, lo que por otra parte nos ayuda a sobrellevar la pesadez de esta carga consolidada de sinsentidos, y para la que a duras penas logramos encontrar remansos de alivio en nuestro camino.

Ay este rilar del decadente otoño por tiempo de castañar y ánimas, entre sugerencias de evocación, grises húmedos, olor a musgo y aires de cementerio. Rilar de la frágil ilusión, que por San Martín se tiñe en ocres y se adereza en matanzas, atenuando con plétora fugaz arribadas imparables de nostalgia. Rilar del viajero que con Caronte alcanza el Hades de la nada; porque anhelar la eternidad sabiéndose mortal es un absurdo; soñar con el Valle de Josafat, una celada.

ARDE GALICIA…UNA VEZ MÁS

Dejar un comentario

arde galicia

Estimado señor alcalde de Carnota:

En medio del horror de fuego, pavesas y humo en que de nuevo se ha convertido Galicia, y más concretamente su hermoso concello, he podido escuchar sus declaraciones a los medios en el sentido de que los incendios intencionados debieran ser declarados “crímenes contra la humanidad”. Sus palabras fueron más valientes y también más atinadas y acordes a los tiempos que las de otros políticos gallegos a lo largo de estos días. Y no digamos ya comparadas con las de algún responsable del Gobierno central. Sepa que las hago mías- las suyas- tras solidarizarme con Galicia a la que me unen más que lazos familiares.

Ustedes, que ya conocieron por desgracia los efectos del rompimiento del petrolero Prestige y su mortal vertido a la costa, vuelven ahora a ser “castigados” de nuevo, más por la mano depredadora del hombre que por los propios elementos.

También entonces situar en los mares un buque en precario cargado de hidrocarburos a sabiendas de tal contingencia fue un auténtico crimen contra la humanidad. Permitir con indolencia que tal cosa ocurriera, manteniendo aún en Europa una legislación obsoleta y lenitiva, y gestionar su colapso con ineptitud debieran haber supuesto responsabilidades más que políticas, las que ni siquiera hubo.

En 1972 el premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz escribía cómo “la Humanidad civilizada se encamina por sí sola hacia su ruina ecológica mientras asola, con obcecación y vandalismo la Naturaleza que le circunda y nutre. Tal vez reconozca sus errores cuando sienta por primera vez las secuelas económicas de tal actitud, pero entonces probablemente será demasiado tarde. La ruindad estética y ética de la civilización actual es imputable, en gran medida, al distanciamiento generalizado de la naturaleza viva…”

Es cierto que su propuesta recala exclusivamente en el ámbito punitivo. Pero así es nuestro sistema y así ocurre con el resto de delitos. Es lo que en medicina se llama tratamiento sintomático: se trata el síntoma, no las causas. Más que nada porque éstas se desconocen. Aunque tal vez se pudieran apuntar como concausas la proyección sobre lo inerme de comportamientos agresivos cada día más presentes en nuestras sociedades tan deshumanizadas por el estilo de vida; o, por qué no, el hecho ignorante de creer que en definitiva los recursos de la Naturaleza son inagotables.

Sin embargo y desgraciadamente, en medio de este “asolamiento del espacio vital” y presos de una enorme ceguera, resulta impensable hoy una reforma en nuestro ordenamiento jurídico que diera cobertura a su clarividente propuesta. Y hasta, por qué no decirlo, al establecimiento de una nueva jerarquía de valores que haga prevalecer el árbol sobre el hombre, pues que el orden natural parece indicar que nuestra desaparición como especie ha de producirse antes que la de los vegetales.

El pensamiento sofista, señor alcalde, “El hombre es la medida de todas las cosas” fue vertido en el siglo V antes de Cristo. Desde entonces quizá el hombre haya ido hacia atrás y sea en cambio hoy la desmedida de casi todo.

Reciba con mi apoyo un saludo.

LO INVERTEBRADO

Dejar un comentario

 

Cuando estéis hartos del diario reproche de la compañía (él, ella, lo ); cuando os canséis de la habitual e incisiva advertencia de los hijos, que, ya mayores, han terminado por anidar definitivamente en vuestra casa; cuando os resulten casi insoportables las continuas correcciones que os hagan vuestros padres, ignorando que ya sois algo maduritos. O pura y simplemente, cuando no podáis escuchar ni un minuto más las vacuidades del vecindaje cada vez que os encontráis con la fauna en la escalera…

Pues que eso; que rescatéis un par de horas de ocio, como dos o tres días a la semana, y os larguéis a caminar por el campo, a buen ritmo, con cierta ligereza.

Notaréis cómo el ejercicio físico aligera de espesura el pensamiento haciéndolo extraordinariamente fluido; cómo exploráis así vuestro disco duro con una gran profundidad de campo; cómo de esta manera se esquematiza volitivamente vuestro intelecto. Cómo ello os permite acercaros con nitidez y de forma inmejorable a la resolución de vuestros problemas, o dar certeza a vuestras vacilaciones. Y cómo además de todo ello os podéis permitir el lujazo de contemplar el entorno, sin que esta simultaneidad os deje obtusa la mente; más al contrario, que os ayudará a blanqueárosla proporcionándoos una agradable sensación de relax.

Una vez fuera de casa, y ya en esta época, adelantas más que presientes cierta frescura en la nona del tardoestío, deseando ya la llegada del otoño con sus tonalidades cálidas y decadentes; sus oblicuas luces de somnolencia y sus colores de madura languidez, y percibes ya con alivio, al iniciar el camino, una cierta ralentización en la fenomenología urbana y una menor estridencia en el bestiario general.

Mientras te vas llenando de campo, de naturaleza, descubres de repente una sintonía crepuscular que los colores van adquiriendo en este tiempo. Cerca de la costa, grises medios, tan serenos, que la mar hurta a la claridad ya casi otoñal, armonizan en el litoral con los tonos suaves y atemperados que cubren la campiña. En pleno receso ya los ardores de la canícula, caminas sin agobios huido de la mordedura del asfalto, jalonado entre la pincelada púrpura de la zarzamora y los ocres dulzones y sugerentes de las madreselvas; entre la salpicadura violácea de los brezales y el gualda cantarino del tojal. Te asomas luego al balcón cortante de la punta Galea. Recibes entonces la agradable invasión de salitre y algas envuelta en el rumor del oleaje.

Ves cómo van regresando ya algunos pesqueros en el inminente ocaso, pesqueros del día que abren espuma en festones sobre la roda, mientras enfilan la ya parpadeante baliza de Santurce, agobiados por un bando de voraces gaviotas suspendidas sobre el borboteo del codaste en plana marcha. Y ves también un velero hinchado de trapo hendiendo los rizos del agua, presto a rendir tal vez una de las últimas singladuras del año, mientras vislumbra la quietud estacional de los pantalanes deportivos de Getxo…

Regodeo de jarcias y velamen en el rumbo seguro a puerto…

Y puestos a pensar, por qué detener lo que espaciosamente me llega sobre este viejo país por el que lucharon y hasta murieron no hace tanto tiempo mis antepasados, y los de algunos de vosotros, y al que ya casi no sabes si perteneces porque de tanto ser innombrable pues como que ya se piensa que no existe . O sí existe pero no se nombra. Elipsis ramplona cuando ya ni sabes dónde estás, adonde perteneces…Aunque crees pertenecer aún a lo innombrable, o a la innombrable.

Viejo país perseguido por una suerte de fatalidad histórica; viejo y cansado país, agotado en desastres desde Lepanto, “aquélla, la más alta ocasión que vieron los siglos”…

Viejo país, perdiendo siempre con heroísmo en las grandes citas posteriores a la derrota del turco; “honra sin barcos” en Trafalgar; aunque ni honra ni barcos en “La Invencible”. Acogotado tras su imperio, y humillado en Marruecos; debilitado entre la arrogancia del norte transpirenaico, y la inquietante rivalidad del sur, y sin otra cobertura, como casi siempre, que la de su propio pueblo…”Qué buen vasallo si hubiese buen señor”…

Viejo país, cuyo papel activo en Europa se había acabado con las guerras napoleónicas. Los antecedentes y resultados de tales guerras dejaron en el ánimo de su pueblo un surco profundo de amargura y rencor. Del imperio francés, este viejo país recibió la criminal agresión contra su independencia. Siguió una guerra atroz que lo dejó sumido en la pobreza y la anarquía por medio siglo. Más tarde la Francia legitimista hizo en él la intervención de 1823 para restaurar el despotismo. El sentimiento liberal, agraviado por la política de Chateaubriand y el patriotismo, inflamado por el recuerdo de las depredaciones napoleónicas, coincidieron en mantener durante todo el siglo XIX la significación antifrancesa de la fiesta del dos de mayo (insurrección de Madrid contra Murat)…”

Queda ese dos de mayo mismo en el recuerdo; queda todo, al norte y al sur, subsumido en terciadas alianzas y abrazos de aparcería. Queda, en la claudicación la afrenta y la melancolía; pues que al fin, aún seguimos vivos, vida mía…

No sé muy bien ahora el destino que le aguarda a este viejo país de nombre, como digo, proscrito hace tiempo ya en el vocabulario coloquial y oficial, cuya sociedad busca, sin encontrarlo, desde hace casi siglo y medio- como bien decía el Presidente Azaña, al reflexionar sobre las causas que dieron origen a nuestra última guerra fratricida- el asentamiento durable de sus instituciones. Es la manifestación aguda- y cito textualmente-, muy dolorosa de una enfermedad crónica del cuerpo español. Las guerras civiles, pronunciamientos, destronamientos y restauraciones, reveladores de un desequilibrio interno, enseñan que los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado dentro del cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo.

Tengo presente, asimismo, con parecido diagnóstico el discurso de renuncia del rey Amadeo I ante las Cortes:

Dos años largos hace que ciño la Corona de España, y España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el

primero en combatirlos, pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetran los males de la nación, son españoles. Todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.

Lo he buscado ávidamente dentro de la ley, y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla.

Estas son, señores diputados, las razones que me mueven a devolver a la nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo renuncia de ella por mí, por mis hijos y sucesores.

Palacio de Madrid, 11 de febrero de 1873

Merced al apoyo del sector progresista de las Cortes, Amadeo I fue elegido rey el 16 de noviembre de 1870, y aceptada por él formalmente la Corona, juró la Constitución en Madrid el 2 de enero de 1871.La subida del nuevo rey al trono coincidió con el asesinato de Juan Prim, su principal valedor. A partir de entonces, Amadeo, tuvo que enfrentarse a situaciones difíciles, con una vida política española que carecía de estabilidad; con conspiraciones republicanas y borbónicas; levantamientos carlistas; separatismo en Cuba; disputas dentro de un mismo partido; fugaces gobiernos; atentados…

Sólo contó con el apoyo del partido progresista, cuyos jefes se sucedieron en el gobierno y obtuvieron la mayoría parlamentaria gracias al fraude electoral. Los progresistas se escindieron en constitucionales y radicales, con lo que la inestabilidad aumentó, y en 1872 las actuaciones violentas llegaron al límite. Los carlistas se levantaron en las regiones del norte y catalana, y a partir de ese momento las insurrecciones republicanas tuvieron lugar sucesivamente en varias ciudades.

Ante la imposibilidad de seguir gobernando sin ningún tipo de apoyo, decidió dimitir, anunciando su abdicación a la Corona española en

El detonante que puso fin a la dinastía Saboyana fue el verse obligado a firmar la disolución del cuerpo de artillero. Así, y después de haber vivido un reinado de muchas tensiones, el rey firmaba su acta de abdicación el 11 de febrero de 1873. Ese mismo día, sobre las diez de la noche, se proclamó la república y Amadeo I se dirigió por última vez a las Cortes españolas en donde calificó a los españoles de ingobernables.

 

MÁS DE DOS Y MENOS DE CINCO

Dejar un comentario

  abuelos01

Se ha puesto ahora, digamos, como de moda, y siempre por ese designio atávico de imitarse unos a otros que tienen los primates, el que los abuelos salgan a pasear a los nietos con sus cochecitos en las horas en que los hijos cumplen con sus obligaciones laborales.

Cada día que pasa vas viendo más viejos por los paseos de las ciudades con esos carricoches infantiles de ahora que hasta llevan servodirección y frenos shimano, y vienen a ser, más que la simbología de lo futurible que pretenden, el muestrario rodante y paradójico de auge y decadencia, de flujo ilusorio y melancolía.

¿O tal vez no?

Es una labor ésta para los mayores (palabreja que, junto con la inexpresiva de tercera edad, es uno de los eufemismos del politiqués que sustituye a la mucho más ajustada, aunque socialmente repudiable de anciano) que tiene un carácter obligacional: Hoy en día tienen que trabajar los dos, y además, como según cierto piafar mediático, se está invirtiendo la tendencia progenitora, pues que resulta que hay que tener ahora “más de dos y menos de cinco”, que si no el sistema no se sostiene y la seguridad social quiebra y tú no cobrarás la pensión…; y toda esa suerte de frases que me niego a calificar, porque para eso, que lo haga cada uno y tal.

Queda pues, como muy bien, trabajar ambos, ya digo, y encima pues tener hijos. Entonces, un suponer, vamos y recurrimos al jubileta, que por su condición y edad ha descendido en el organigrama y ocupa ahora un puesto auxiliar: “no te preocupes, hija, que para los niños ya estamos nosotros, faltaría más; que tu padre es lo que tiene que hacer…total sólo hace estorbar en casa; pues que salga…”

Puesto auxiliar, repito, auxiliar de hogar, medio estorbo ocupacional, deambulante asíncrono y sin rumbo, y visitador inerrante de obras urbanas en ejecución.

No es como los de antes, en pleno patriarcado de familia cristiana y todo eso, donde el hombre no perdía categoría hasta su muerte, y no tenía necesidad de ocuparse de nada, sólo de matar el tiempo con el periódico y las interminables partidas de cartas o dominó.

¡Ay, los hombres de antes, los viejos de antes! Ganaban mucho menos y vivían mucho mejor. Eran viejos de oro; en la autoridad, en la veneración, en la tranquilidad y en la servidumbre.

Ahora la jubilación es una dura travesía del desierto, un banderín de enganche para el cobro de la pensión y una fábrica de bultos informes para la ruptura del equilibrio en el hogar.

Pero cuando los hijos tienen descendencia, esta especie de abuelaje integral como que nos redime de esa condición infame (que eso nos creemos, vaya), nos rescata del papel de meros agentes de recaudación pasiva, y nos devuelve a una dignísima posición de conductores del futuro generacional.

Pero, ¡ay!, es como que, no sé, que no terminan de creerse la cosa; que lo de pasar de descolgar el teléfono y dar órdenes a todo dios, a la cuasirreconocida socialmente aunque íntimamente degradante de conductor de jané, como que no termina de encajarles.

Por eso los ves con la ambivalencia en el semblante, y cuando te cruzas con ellos, que los conociste mandando en el despacho, pues que demudan el semblante y hasta humillan con esa resignación que sólo la edad impone.

¡Ay, el contrato social, la dictadura familiar, la infelicidad al final!

Pero, claro, y repito, la niña tiene que tener hijos. De hecho los tiene; y llega y te los muestra, muy henchida ella de todo, que así queda el asunto como una cordada de generaciones que te hace trascendente, eterno; y tú a su vez le concedes la categoría de madre después de haberlo sido. Son esas miradas de complicidad, ese lenguaje gestual, esa tiesura y ese meleneo, que te están también indicando que ella ya ha cumplido contigo; aunque en realidad con quien ha cumplido sin saberlo es con los genes.

Luego, tras la dictadura genética, el contrato social marca que se le muestre el producto al vecindaje; que así el conjunto adquiere relevancia, que tú adquieres relevancia y proyección social en el último tercio de tu vida…

Lo que haría falta saber es para qué hay que tener “más de tres y menos de cinco”. O, sin más, para qué hay que tener tan siquiera uno.

Yo me lo pregunté hace tiempo.

Recuerdo, cuando inicias el vórtice de los treinta, que en el hombre de mi generación era la plenitud, el auténtico Rubicón de la vida, los parámetros vitales sólidos y la caza furtiva a tope, que llegaba el momento en que ya no estabas con tus padres, y buscabas, sin reflexionar demasiado, más que un sitio donde vivir, un modo de vivir; cuando ibas recibiendo a la vez que los estímulos de la urgencia sexual, cierta necesidad de compañía entre la sancionadora mirada del gentío.

No había (¿hay?) planteamiento serio sobre los hijos. Porque no puede haberlo. Porque la Naturaleza te coloca el instinto para el apareo y una suerte de rara sensación de belleza creadora…sin más…

Es que…con lo bonitos que son…

Acabas de firmar un cheque contra tu propio bienestar y a favor del desarrollo insostenible.

UNA CUESTIÓN DE PELOTAS, O LA PELOTA…EN EL TEJADO

Dejar un comentario

 la pelota vasca

Hay días en los que el subrayado de este pacto de silencio que nos hemos dado tácitamente por aquí arriba, a la hora de tratar ciertos temas (posiblemente porque para muchos de nosotros ni siquiera es ya un aprendizaje tal cosa, pues que ya en nuestra juventud nos tocó vivir entre elipsis y circunloquios), cobra especial significado, haciéndose más elocuente esa mordaza conversacional tan paralizante. Hoy, debo confesar, es uno de esos días.

Pero a estas alturas de mi vida, mientras espero con estoicismo el fatal y horripilante crecimiento de las cejas que dejarán prácticamente invisibles mis menguantes ojos, mientras llega el alargamiento ineluctable de mis pabellones auditivos para poder albergar más cómodamente el sonotone, mientras aguardo con inquietud el proceso de hipertrofia prostática que hará de mis “bajos” una vía para la zozobra permanente; y mientras, en fin, compruebo cómo día a día la curvatura de la zona dorsal de mi columna me acerca cada vez más a los cuadrúpedos; y todo esto ocurriendo, digo, que es como decir perifrásticamente que esperas a y te preparas para la vejez, esa actitud en público, tan silente, llega a ser con toda seguridad, creedme, la expresión de un auténtico manual de supervivencia en medio de una sociedad tan yerta de convicciones.

Nos queda (y lo volveré a repetir) un poco de lucidez, si acaso, y el refugio en la lectura de los clásicos, a la hora de encontrar el camino que nos conduzca a la verdad. 

Dicho lo cual, he de confesaros que no llegué a ver La Pelota Vasca. Y ello, por dos razones: una, porque, como cine de ficción, el español no ocupa un lugar preferente en mis gustos, y dos, porque, en cuanto a los documentales, o al cine testimonial, que traten una parcela tan cruda como la que nos está tocando vivir, necesito la propia percepción de la realidad evitando en lo posible la contaminación inductiva.

Por tanto no voy a hablar o escribir por boca de ganso. Aunque entiendo que, tras la lectura de la nota, no se precisa haber visto previamente la película para hacer cualquier comentario sobre este escrito que a manera de llamada de socorro hace el cineasta vasco, Julio Medem [leer].

He tenido la ocasión de escuchar voces y “leer plumas” de uno y otro signo, en un sentido u otro, con más o menos elocuencia. sobre este tema que nos distrae. Particulares, asociaciones, partidos, sistemas…, han tenido ocasión de emitir ya su veredicto, agilizando una moderada polvareda en un horizonte ya de por sí excesivamente embarrado. Pero sobre todo, he leído el escrito del realizador que a manera de documento adjunto acompaña a ésta mi carta

Por ello, y a modo de resumen grosero, se trata de que un cineasta realiza un documental sobre un tema hartamente controvertido; por utilizar uno de los muchos eufemismos tan en boga, el Conflicto vasco. Y resulta que, como sucede en las corridas de toros, pero también en cualquier acción u orden en la vida con proyección o trascendencia social, ello provoca división de opiniones (y nunca tantas como). Todo tan normal, tratándose España de un país convencionalmente democrático en el que se puede criticar casi todo lo habido y por haber. El listado del “casi”, vosotros y yo sabemos, y sabe mucha gente, la tabla que lo ocupa.

Pero, por desmenuzar un poco la carta, hay en ella una parte en la que Medem dice sentirse sorprendentemente agredido por la AVT(Asociación de Víctimas del Terrorismo). Él y su película.

Una segunda referida a la gente del cine y sus posicionamientos ideológicos sobre cuestiones de rabiosa actualidad, y un último punto que el autor escribe a modo de epílogo, y que tal vez sea el más revelador.

◊◊◊

Tras mencionar el “no puedo más”, el realizador vasco dice en el siguiente punto: “Deliberadamente preferí no responder por escrito a la tormenta de puñales que cayó sobre mí, especialmente desde los medios de comunicación de la derecha, y me recluí frotándome el ánimo con la innumerable cantidad de mensajes de apoyo, en su mayoría privados (comprendo perfectamente tal y como pintan los tiempos, lo comprometido de apoyarme públicamente)…”

Dejando a un lado lo de “los medios de comunicación de la derecha”, frase que entiendo se comenta sola por lo que en sí misma encierra, me gustaría conocer cuál es el riesgo que se corre hoy en día por apoyar públicamente a Medem…

Supongo que es un riesgo parejo al arrostrado por toda la gente que se pronunció con el “NO A LA GUERRA” o con el “NUNCA MAIS”. No obstante el papel siempre lo aguantó todo, y la perversión del lenguaje resulta una vez más gratuita.

En el punto siguiente, Medem reconoce a las “personas que aceptaron mi planteamiento de película polifónica, con una puesta en escena destinada a invitar al diálogo…”

Intuyendo lo que el cineasta quiere expresar con lo de “película polifónica”, cabe reflexionar aquí sobre lo sorprendente que resulta el hecho de que un autor confunda sus propias pretensiones al realizar su obra, con los resultados obtenidos, los cuales siempre estarán, si no al arbitrio, sí al dictamen de espectadores y crítica. Y esto es importante resaltarlo, porque pone de manifiesto uno de los vicios más enquistados en la condición humana, que no es otro que el ejercicio incontrolado de la propia vanidad.

En cualquier caso, ¿no es obligado, no ya pensar, sino aceptar, que haya otras personas entre las víctimas, que consideren que no es precisamente el diálogo lo aplicable al caso?

Y más sobre lo mismo, en el primer punto de la página 2, cuando se dice: “…Es decir, que los miembros de AVT no son las únicas víctimas, aunque sí me parecen las más enfadadas y las más politizadas, y las que se creen con el real derecho a identificar y dar el marchamo de autenticidad al resto de las víctimas. En mi documental las hay incluso de sus mismos colores, y de otros, pero son, me atrevo a suponer, políticamente más independientes. No sé lo que pensarán los miembros de AVT, por ejemplo, de Marixabel Lasa, que tiene varios agravantes para formar parte de su coro. Por ejemplo, es la viuda de un socialista que luchó hasta su muerte por el diálogo político como vía para resolver el conflicto vasco. ¡Qué tiempos son estos en los que “DIÁLOGO” se ha convertido en una palabra maldita!…”

¿Qué se está entendiendo realmente por dialogar? ¿Todo, absolutamente todo, se arregla con el diálogo, o quizá más bien los humanos, desde una consideración empírica, arreglamos con él bien poquitas cosas de ésas en las que se pone en juego el poder, la supervivencia lato sensu , o el propio egoísmo…? ¿No se está más bien expresando algo como si fuera una verdad universal, cuando en realidad se trata de una opinión?

Recuerdo en este punto las negociaciones de Oslo de 1992 entre palestinos e israelíes.

¿Qué queda de todo aquello…?. Queda la miseria de la condición humana, queda una simple nota necrológica en el tiempo de un proceso periclitado para la historia.

En los tres puntos siguientes, Medem presenta su reconocimiento a algunas de las víctimas de los atentados de ETA, con unas “perlas” que me tomo la libertad de apuntar:

En el que se está refiriendo a Eduardo Madina, dice :”…Madina es un auténtico deportista del alma, precioso montañero de la buena fe que yo quiero poner aquí como ejemplo contra tanta atrocidad político-mediática…”

En el siguiente, y refiriéndose a Daniel Múgica, dice: “…ya que es hijo de un concejal de Unión del Pueblo Navarro. Partido que hace las veces del PP en Navarra pero que, por fortuna para mi película, está fuera de la disciplina central y, libremente, aceptó estar en la película. Recuerdo aquí que el Partido Popular se negó, yo diría que, airadamente, a que ninguno de sus miembros fueran entrevistados para el documental.”

A continuación, y en relación con Mireia Lluch: “Quiero añadir aquí el caso de otra víctima del terrorismo de ETA que participa en la película, aunque no prestando su opinión sino como coproductora. Me refiero a Mireia Lluch, que es hija de Ernest Lluch, socialista asesinado por ETA que, como Juan María Jáuregui, se declaró abiertamente a favor del diálogo…”

Bien. Es en efecto encomiable la actitud de determinadas personas que practican, en temas cruciales de su vida, el controvertido valor cristiano del “perdón”, sobre todo cuando se ejercita desde experiencias tan traumáticas.

Pero cuando el autor introduce en su escrito un testimonio favorable a sus opiniones o a sus intereses, sensu contrario, un mínimo de elegancia parece obligado para encajar con cintura los criterios no convergentes, haciéndolos resaltar tan expresa y prolijamente como los anteriores.

Hay un punto, el que hace el nº 8, que es abundamiento de lo que acabo de decir, cuando el autor se está refiriendo a Gotzone Mora e Iñaki Ezkerra. Y con un poco de perspicacia lo entenderéis. Pero además, cuando dice que se han cebado contra su persona [las víctimas], contaminando su imagen, para luego decir que “…mi dignidad me ha hecho establecer un código de respeto a favor de ellos, que dice que mientras una persona esté amenazada de muerte por pensar de una determinada manera, y, aunque piense de forma radicalmente distinta, no me siento capacitado éticamente para criticarle.”

¿En qué quedamos? ¿Es que no les está ya criticando a lo largo de todo su escrito realmente? Y además, ¿cómo deberíamos calificar en este contexto el hecho de omitir la condición de víctima de Gotzone Mora, por ejemplo?

En el punto 11 Julio Medem dice entre otras cosas lo siguiente:

“…alguien que les quiera de verdad debería ocuparse de ir rebajándoles las llamas del odio y el resentimiento, para evitar que su almas, corazones y mentes se perviertan irreversiblemente. Pero me temo que la gente que les rodea, o está ya muy envenenada, o son los auténticos marcadores y guardianes de esas consignas unionistas, patrióticas con las que esta España refranquista se vuelve a sentir Grande.

Vuelve el autor del escrito, yo creo que en un ejercicio incontrolado de preterición, a cargar contra las víctimas de forma, una vez más insultante; contra todas ellas y contra más gente, al referirse a la “España refranquista”. El subconsciente parece volver a traicionar una vez más al realizador, y el ejercicio de una pluma quizá demasiado ansiosa y apresurada siempre termina por delatarnos, sin que la harina logre enmascarar aquello que por todos los medios pretendimos ocultar.

◊◊◊

La parte que el autor de la carta S.O.S. dedica en realidad a determinados comentarios sobre el mundo del cine en España y su postura no sé si únicamente testimonial sobre cuestiones de índole corporativamente ideológicas, merecerían de una acotación mucho más extensa. Pero citaré un detalle de Pío Moa, a modo de muestra, por si a lo mejor, y en otro momento, comentamos algo jugoso. Por supuesto que lo hago mío:

“Yo, cuando hay una película española [le habla a Pío Moa un taxista], no voy a verla. ¿Y sabe usted por qué? Porque casi siempre es lo mismo: puterío barato con un argumento idiota. Hace algún tiempo oí a Alfredo Landa decir que en el cine español que se hace ahora no hay talento, y, oiga, tiene toda la razón. Si quiero ver pornografía, veo pornografía, pero si encima la pornografía te viene con pretensiones de no sé qué, sociales, ya sabe, toda esa mierda, pues ya me dirá usted”.

◊◊◊

Alguien ha dicho que “La Pelota” era un remedo de “La batalla de Argel” (1966).

Vi la película en Bilbao allá por el 79 o el 80. Y leí sobre ella que las aclamaciones en los cines tras la proyección se debían a la habilidad de Pontecorvo para atemperar, para equilibrar las posturas encontradas en el conflicto: “le cambio mi bolsa de explosivos por sus cañones”, le dice el capturado jefe activista del FLN al general francés. Parábola inmisericorde de la guerra, la subversión y el terror, en desgarradora mesura.

Pero esa armonía, en un cine de estas características, sólo viene acompañada de la genialidad. Y es entonces cuando una película se convierte en intemporal porque su mensaje reverdece con el tiempo, transformándose así en obra maestra.

Y tratándose de cine comprometido, dos apuntes obligados:

Uno, el referido a las vicisitudes, o más bien el calvario, de la directora de cine ya desaparecida, Pilar Miró, al rodar en 1979 “El crimen de Cuenca”. Y recordar su valentía para abordar un proyecto tan arriesgado, por el tema en el que entraba: un falso testimonio por el que unos hombres son acusados de un crimen que nunca se cometió, centrándose sobre todo en lo que la Guardia Civil hace para lograr la confesión de estos dos hombres, incluyendo unas escenas de torturas de lo más violento que jamás se halla rodado en nuestro cine.

Y constatar después la entereza, y por qué no decirlo, hasta la elegancia (¿dónde estás?), de las que hizo gala la cineasta madrileña, a la hora de hacer frente a los problemas en los que se vio inmersa su película ya durante su rodaje y antes de su estreno: desde la crítica, al enfrentamiento con la Guardia Civil; desde broncas en el Parlamento, hasta el procesamiento militar de su directora.

Entiendo (corregidme si me equivoco) que no es éste precisamente el caso de Julio Medem, en verdad, filmando, estrenando y escribiendo, dígase lo que se diga, desde una confortable retaguardia. Los riesgos entonces eran otros. O para ser más exactos, había riesgos. Los riesgos en este caso que nos ocupa se miden por alguna o muchas columnas en los medios que lo desaprueban y por algunas pancartas o pegatinas antes de la entrega de los Goya, siempre, y en todo caso, en el terreno de la palabra y el testimonio.

 

Pilar Miró, sin embargo, creo que habló poco, escribió menos, y posteriormente la historia la juzgó con alturas y la ungió con la excelencia, quizá porque allí había talento.

Dos, siguiendo con cine comprometido, mención especial asimismo a “Senderos de gloria” (1957), paradigma del cine antibelicista por antonomasia, en una Europa (con la “libérrima” Francia a la cabeza, donde no se estrenó hasta 1972) que en su momento la proscribió:

«Naturalmente, tendrán que morir muchos (…). Es un precio terrible, pero toda Francia depende de usted», le dice el general francés al coronel Dax (Kirk Douglas) en su visita a la trinchera. «No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista (…) El patriotismo es el último refugio de los canallas».

¿Necesita Kubrick de algún manifiesto para explicar qué pretendía con su película? ¿Hubo algún reproche públicamente manifestado por el veto de Francia, y demás, a su película? ¿Hubo quizá algún escrito voluntarioso de su autor para explicar al gran público cuál era la síntesis ideológica de la película?

No he leído ninguno de él, de Pontecorvo, de Trumbo (“Johny cogió su fusil”), por referirme a las más significativas en cuanto a los temas causantes de controversias en su tiempo.

El creador cinematográfico deja esta retórica para otros. Él dispone ya de guión y cámara como vehículos para la estética, la remoción de los sentimientos y el movimiento a la reflexión.

◊◊◊

Por último, y ya para terminar, la carta termina con un punto en el que Medem se lamenta por haber sido ya condenado [por la AVT], y se recrea en la ovación recibida en el último Festival de Cine de San Sebastián y en el abrazo de Daniel Múgica.

No es la autocomplacencia una buena consejera para la superación en la vida, ni es el refugio en el halago compañero idóneo de viaje para alguien que quiere hacer del arte su proyecto de vida. Más bien convendremos que resultan siempre necesarias grandes dosis de autocrítica, cantidades importantes de humildad y buenas medidas de largueza.

¿Qué nos queda?

Entradas más recientes