LA OBEDIENCIA DEBIDA
En una reciente columna en el diario “ABC”, “ ¿Qué Estado? ¿Qué nación?“, y refiréndose al discurso de José Luis Rodríguez Zapatero en el último debate sobre el estado de la nación, Gabriel Albiac se hace una pregunta que merece la pena resaltar y plantea una aseveración que destaca en mi opinión sobre las demás.
La pregunta es: “¿Cómo ha podido permitir el Parlamento que una nulidad así dispusiera de siete años para completar su política de tierra quemada?”
Para a continuación lamentarse del hecho en sí:
“Es terrible la responsabilidad de quienes no han sabido —más allá de las siglas de partido— negociar juntos la destitución de un sujeto fuera de sus cabales y, por tanto, perjudicial en igual medida para todos. Un insensato no tiene ni color ni ideología. Tiene sólo peligro.”
La aseveración planteada dice: “[…] No hay Estado. Democrático. Si es que lo que define a un Estado democrático sigue siendo aquella contraposición de poderes que teorizara Montesquieu: la que imponía que, por la fuerza de las cosas, el poder refrenara al poder. Viene de atrás la destrucción: de la felipista ley orgánica del poder judicial, que enterró la hipótesis constitucionalista de 1978. Es lo que llega ahora al paroxismo en esa horrible farsa, que trueca algo que no es poder judicial, el Tribunal Constitucional, en irregular instancia de casación de la última instancia jurisdiccional: el Tribunal Supremo.[…]”
Tan machacón y esclarecedor lamento con el que una y otra vez el filósofo valenciano nos traslada a la victoria electoral del PSOE en 1982 y a las declaraciones que un exultante Alfonso Guerra vestido de pana realizó con la cartera repleta de diez millones de votos y doscientos diputados: “Montesquieu ha muerto”.
Y es que la tozudez de los hechos resulta tan clarificadora que viene a desarmar a veces denuncias como la que hace unos días pudimos leer en la prensa en una carta que Rubén Múgica le dirigió al Presidente del Gobierno.
No fue Zapatero quien “doblegó la ley”. El Presidente se apuntó simplemente en esta ocasión al bando ganador del pulso a la Justicia en 1985, el Partido Socialista Obrero Español, de cuyo Gobierno formó parte como ministro de la cosa Enrique Múgica, tras la aprobación de la nefanda “Ley Orgánica del Poder Judicial”.
Pero la respuesta, no sólo a esas dos cuestiones planteadas por Gabriel Albiac sino al interrogante que nos podríamos hacer tratando de averiguar qué pulsión incomprensible ha llevado al cuerpo electoral español a colocar en ese parlamento a este tipo de gente, quizá la tengamos en aquel lúcido ensayo que García Trevijano publicó en el ya lejano año 2000, el titulado “Pasiones de Servidumbre”; ensayo que el propio Albiac tuvo ocasión de comentar por entonces (22/3/2001) en el diario “El Mundo”, con párrafos como éste:
“[…]Servidumbre y pasión- escribía Albiac- sellan, no hay duda, el decurso del último cuarto de siglo de Historia española. Pasión en el más riguroso sentido etimológico: pasividad, cesión ante el impositivo poder del otro, ante el sistema de imágenes y representaciones que aquel que posee la máquina troqueladora de consciencias que el Estado impone. Servidumbre feliz. Porque, al fin, es el placer del siervo la más dura de las esclavitudes: los hombres rinden culto a sus verdugos. Tal, la esencial tristeza de la condición humana.[…]”
Y es que volviendo al libro del profesor García Trevijano, podemos leer en el mismo párrafos como estos que aparecen en su página 193:
“ Los electores votan pero no eligen. Refrendar una de las listas de partido no es elegir. Los integrantes de lista no son elegidos por los votantes, sino por los jefes de partido. No representan, pues, a los electores ni a la sociedad civil. El régimen político resultante tampoco. La distribución de cuotas electorales entre partidos sólo puede representar a la sociedad política costeada con fondos públicos, es decir, a la sociedad estatal. No se vota a diputados de los electores, del pueblo o la sociedad, sino a puros delegados de los partidos estatales. Esta realidad formal, que todos pueden ver sin emplear apenas la inteligencia, se tapa torpemente con impúdicos velos de propaganda democrática. Todos, gobernantes y gobernados, apuntalan la colosal mentira de llamar legislativas a estas burocráticas elecciones administrativas para cubrir puestos de relieve en el estado; de llamar representantes del pueblo a simples delegados de partidos; de llamar separación de poderes a la simple separación de funciones públicas entre personas de una misma obediencia de partido; de llamar democracia representativa a esta degenerada oligarquía estatal. Esto es lo que se vota, en derecho formal, con la pasión de votar. Aunque de hecho todos saben que están votando- sin tener la menor posibilidad de participación en la selección de los candidatos, ni siquiera siendo militante de su partido- a un Presidente del Gobierno que, haga el crimen que haga, nunca será controlado o investigado por un Parlamento dominado por los diputados de su partido. Diputados que el propio Presidente ha designado a dedo, como a dedo puede tacharlos en la próxima lista si no dan pruebas de abediencia incondicional a las consignas de su partido, del que también es el jefe absoluto. Esto es lo que se vota de hecho con la pasión de votar. Pero en el fondo, esta afrentosa realidad le importa un bledo a la pasión de votar. Porque ella vota, libre de razones que la coarten, por votar. Para hacerse la ilusión de que su voto sirve para algo importante en el Estado.
A falta de razones propias de la sociedad civil, la pasión de votar lo que sea, sin saberlo, está votando por razón de Estado. Por eso tolera los crímenes que se cometen en su nombre. Por eso hay una relación de objetiva complicidad de los electores con los delitos cometidos por los elegidos. Por eso no hay una moralidad civil autónoma con autoridad para enfrentarse a la inmoralidad de los gobiernos del Estado. Votar lo que sea, pues da lo mismo lo que un partido haga o se aventure a prometer, equivale a votar lo que hay para que siga siendo lo que es: un grupo criminal y otro que lo cubre o indulta. A eso se reduce la alternativa de la sociedad, votando lo que sea, para realizar la alternancia en el Estado de lo que hay.”
Aquel artículo de Albiac sobre el libro del profesor granadino terminaba de forma premonitoria:
[…]¿La liberación política? Sólo abordable tras esta larga paciencia de deshacer engaños y pasiones que debe ocuparnos ahora. Pasada la política, Trevijano reflexiona sobre un tiempo sin futuro.”








